meditaciones cartesianas (12)

octubre 14, 2017 Comentarios desactivados en meditaciones cartesianas (12)

La sospecha solo puede resolverse por medio de una certificación. Así, la pregunta del sujeto de la sospecha es ¿cómo sabemos lo que creemos saber? Y aquí por saber se entiende la imposibilidad de dudar. Creencia, en tanto que suposición, y saber se oponen, por tanto, como el aceite y el agua. Las implicaciones del giro de Descartes no solo afectan a lo que entendemos originariamente por verdad, sino también, y consecuentemente, a la posición del sujeto con respecto a la verdad. Modernamente, la verdad ha dejado de ser antes que nada el acontecimiento de lo que es —de la alteridad en cuanto tal—. De hecho, no hay alteridad que valga para el sujeto de la verdad moderna. En cualquier caso, la alteridad sería, antes que un factum, el contenido de su idea o representación de la alteridad. No es casual que el sujeto moderno sea un irónico, alguien que no puede creer en lo que supuestamente cree. Pues el irónico siempre se encuentra a una cierta distancia de lo que afirma o defiende. Así, nunca dirá te amo —aunque de hecho lo diga—, sino como suele decirse, te amo. No dirá hay Dios, sino puedo decir que hay Dios porque he logrado asegurar mi idea de Dios (y aquí el cómo es lo de menos). Por consiguiente, el sujeto moderno no se encuentra en primer lugar frente a nada en verdad otro, sino ante su idea de lo otro. Su situación no es la de quien debe responder al acontecimiento del otro, sino la de aquel que, encerrado en su preocupación por la certeza, se pregunta una y otra vez, como el Sísifo de una teoría del conocimiento, si acaso su representación mental del otro no será, en último término, una ilusión. Sin embargo, el sujeto moderno, en su situación, ignora que, una vez se pregunta si hay otro que se corresponda a su idea de algo (o alguien) otro, no puede haber positivamente nada (o nadie) en verdad otro. Pues, la alteridad o es un prius, en relación con el cual comprendemos nuestro estar en el mundo, o no es posible como tal. Quizá podríamos entender la modernidad no ya como la época en la que la alteridad tot court se perdió de vista, pues en cuanto tal, la alteridad siempre aparece como lo que se perdió de vista en su mostrarse a una sensibilidad, sino como la época en la que ya no cabe pensar legítimamente, ni tampoco incorporar, nuestro hallarnos expuestos al carácter trascendente, por ausente, del enteramente otro. Es sabido que Descartes demuestra la existencia de Dios a partir del plus que incorpora en su seno la idea de Dios. La idea de Dios no podría ni siquiera pensarse a menos que Dios existiera. Esto es, lógicamente no podríamos ni siquiera concebirla en el caso de que no hubiera Dios. Dios sería, desde esta óptica, algo así como la pura exterioridad, la cual, desde la óptica del cogito cartesiano, se entiende negativamente como lo que, quedando fuera del yo, da razón de su contingencia temporal, en modo alguno como esa alteridad que nos obliga a salir de nuestro ensimismamiento. La exterioridad de Descartes es una exterioridad anónima, sin rostro. De hecho, desde el marco de la sospecha moderna, no hay otro que pueda valer como tal. Leibniz lo vio con claridad: si a la hora de buscar la verdad partimos de nuestra representación de lo absolutamente otro y no de nuestro inicial hallarnos enfrentados a un otro en falta, no podemos dejar de ser mónadas. De ahí que la posición del sujeto moderno sea, no ya la de quien se encuentra originariamente expuesto a una alteridad radical, sino la de aquel que observa el mundo desde la óptica del espectador. Podríamos decir que sale de la escena en donde la voz del otro se revela como inquisición —como aquella que nos in-quiere—. Así díficilmente, el sujeto moderno podrá distinguir entre el saber y un caer en la cuenta, pues esto último tan solo es posible dentro de la escena. Ahora bien, donde no caemos en la cuenta de lo que supone decir algo de algo otro —donde no caemos en la cuenta que ese decir no puede ser en modo alguno algo primero, sino que lo primero es un haber sido dichos—, dejamos de ser quienes inicialmente fuimos. Como sostiene Charles Taylor, quizá lo característico del sujeto moderno sea su impermeabilidad a una genuina alteridad. La soledad del infierno acaso sea el precio que hemos tenido que pagar por nuestro poder —por nuestro dominio de cuanto es—. De hecho, no hay progreso que, junto al agua sucia, no arroje al niño por el desagüe.

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desire

octubre 13, 2017 Comentarios desactivados en desire

Podemos estar más allá de nuestro deseo del mismo modo que, una vez dejamos atrás nuestra infancia, somos capaces de distanciarnos de cuanto simplemente nos apetece. Ciertamente, pocos llegan a extrañarse de su deseo. Pero es posible. Pues, al fin y al cabo, tan solo deseamos fantasmas. Un deseo es como un implante, algo que, a diferencia de lo que podamos querer, en realidad no nos pertenece. Sin embargo, nadie puede resistirse a la irrupción del otro, a la aparición del indigente que se oculta tras la máscara que provoca nuestro deseo. De ahí que lo que acontece entre indigentes no pueda ser juzgado, salvo por Dios, que es lo mismo que decir por nadie.

Dios te ama

octubre 12, 2017 Comentarios desactivados en Dios te ama

Dios te ama no porque, en los oscuros recovecos de tu alma, sientas que te ama. Este sentimiento, por sí solo, nos habla menos de Dios que de la necesidad afectiva de quien se siente amado por Dios de este modo. Estamos ante una variante del onanismo. Y el cristianismo será lo que quieras, pero en absoluto una fe para onanistas. El amor de Dios es sacrificial. Como cualquier amor. Si cristianamente confesamos el amor de Dios es porque reconocemos al crucificado como el quien de Dios. El Dios que se hace hombre por el bien del hombre es el Dios que se pone en manos del hombre para llegar a ser el que es, un Dios, en definitiva, que aún no es nadie sin el fiat del hombre. Pues el hombre tan solo encuentra su centro en Dios, de hecho en un Dios que se identifica con un crucificado como maldito de Dios. Y esto, ciertamente, no parece homologable al dios que suponemos que nos quiere, a la manera de una madre espectral, desde el más allá. No casualmente, la proclamación del amor de Dios fue, en su momento, algo inaceptable para quien daba por hecho que un dios, en su sano juicio, no puede sacrificarse por el hombre. Es como si nosotros nos entregásemos por amor a nuestras mascotas. Podemos cuidarlas, sin duda, pero en modo alguno morir por ellas. Sería absurdo. Pues bien, el amor de Dios tiene algo de incomprensible para quien sepa qué significa inicialmente la palabra Dios. De ahí que la proclamación cristiana no deje las cosas de Dios como estaban. Podríamos decir que el Dios cristiano es un Dios que ha perdido el juicio. De ahí que nos hallemos bajo su misericordia, la cual no deja de ser una medida de gracia. Sin embargo, la gracia tiene su precio, y un alto precio. Pues que Dios quiera al hombre, hasta el punto de sacrificarse por él, significa que Dios quiere algo del hombre, cosa que no parece que tengan mucho en cuenta quienes experimentan en su interior el amor de Dios como si fuera independiente de lo que ocurrió en el Gólgota. Y ya sabemos qué quiere Dios de nosotros. No debería extrañarnos, pues, que prefiramos hacer del amor un Dios, como tantos hoy en día, que confesar que Dios nos amó como un colgado.

zoológicas

octubre 11, 2017 Comentarios desactivados en zoológicas

Acaso deberíamos tener en cuenta, visto lo visto, que habrá un momento en que el hombre sencillamente desaparecerá. La muerte también es un asunto específico (quiero decir de la especie humana). De hecho, quizá no haga falta que la naturaleza siga su curso. Basta con que el hombre se supere a sí mismo. Pues, lo que, a partir del hombre, suceda al hombre difícilmente podremos admitirlo como humano. Es posible que lo propio de la especie humana sea dejar atrás su originaria humanidad, trascender aquellos límites en relación con los cuales se reconoce a sí mismo como humano. De hecho, no me atrevería a decir que Adán llegara a vernos como hijos (aunque tampoco nosotros reconoceríamos a Adán, si topáramos con él, como uno de los nuestros). En cualquier caso, si esto fuera así —que probablemente lo sea—, entonces Dios se extinguirá con el hombre, al menos en tanto que Dios, mejor dicho, el Dios cristiano no acaba de ser sin el fiat de aquel con el que se identifica. No hay Dios que valga donde el hombre cree ser dueño de sí mismo, incluso de su propia humanidad. Puede que Nietzsche tuviera razón al decirnos que la muerte de Dios comienza con el cristianismo. En realidad, tan solo tuvo que tomarse el kerigma al pie de la letra.

Epicuro y el mal

octubre 10, 2017 Comentarios desactivados en Epicuro y el mal

El filósofo nunca ha hecho muy buenas migas con la tribu. La tribu se organiza alrededor del mito. El filósofo en cambio vive en un estado de suspensión, convencido de que no acabamos de saber de qué hablamos cuando nos llenamos la boca con las palabras sagradas de la tribu. De ahí que su salida sea la de la ironía, el exilio o la comunidad de amigos. Carpe diem, esto es, vive el presente, pues el presente es un milagro, una excepción, y de haber más allá probablemente nada tenga que ver con nosotros. Puede que haya una vida post mortem, pero no para nosotros, cuando menos porque somos en relación con nuestro cuerpo. No hay yo que sobreviva sin su continuo diferir de sí mismo. De ahí, que en cierto sentido el yo, sobre todo si se trata del yo que se desmarca incluso de su propio deseo, se encuentre siempre fuera del mundo, de cualquier mundo. Con todo, cuando ese yo topa con el mal, con el sufrimiento indecente de tantos a causa, sobre todo, de la impiedad de los hombres, difícilmente podrá seguir encerrado dentro de los muros de su jardín. El paso del filósofo al profeta, por decirlo así, es un paso que solo cabe dar en relación con la dura facticidad del mal.

carnaval

octubre 9, 2017 Comentarios desactivados en carnaval

Las imágenes de Dios con las que el hombre se encuentra tan a gusto son, en último término, una fantasía, el intento del hombre de cubrir en falso el vacío que deja un Dios en retirada. La idolatría no deja de ser un ponerle una máscara a la espalda de Dios.

beatnik

octubre 8, 2017 Comentarios desactivados en beatnik

La verdadera razón de la popularidad del oculto Antiguo Oriente la señaló Ruyard Kipling hace tiempo: “Embarcadme hacia algún lugar del este de Suez […] donde no existan los diez mandamientos”. Cuando la religión es suficientemente exótica no es necesario preocuparse por responsabilidades. Uno puede permitirse cualquier cosa.

Kenneth Rexroth