las palabras y las cosas (2)

diciembre 12, 2017 Comentarios desactivados en las palabras y las cosas (2)

Si es cierto que cuanto es tan solo se resuelve en el porvenir —si mientras tanto no salimos de la mezcla—, entonces el espiritualista trans se equivoca cuando da por descontada la entidad de lo divino, aun cuando, rechazando al viejo Dios, prefiera imaginársela como una especie de vapor. Pues Dios, como vio el viejo creyente, se da como el futuro de Dios, el cual, cristianamente hablando, depende del fiat de quienes han sido dejados de la mano de Dios. Sencillamente, Dios es la historia de Dios. Es lo que tiene un Dios que se entrega al hombre para llegar a ser el que es.

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las palabras y las cosas (1)

diciembre 11, 2017 Comentarios desactivados en las palabras y las cosas (1)

La pregunta por la verdadera definición es tan antigua como la filosofía. Pero la entendemos mal cuando creemos que lo que hay detrás es simplemente un déficit lingüístico. La pregunta no se la plantea, o al menos no como el filósofo, quien comienza a aprender una lengua, sino aquel que percibe su insuficiencia. Quien se pregunta por la verdadera definición sospecha, cuando menos, que no acabamos de saber, aunque por lo común creamos lo contrario, de qué hablamos cuando hablamos de lo que es o nos parece que es. Ahora bien, ¿por qué no acabamos de saber? ¿Es realmente así? ¿Acaso decimos de un ciempiés que no sabe andar, aun cuando no sepa decirnos cómo? Quizá el saber al que aspiró Sócrates no sea el de quien posee el secreto del significado, si acaso fuera posible poseerlo, sino el de quien busca deshacer la ambigüedad de las palabras y, en última instancia, de las cosas a las que apuntan. Pues, todo —o casi— se nos da equívocamente. El amor, pongamos por caso. A veces se nos presenta como chute hormonal, a veces como encuentro. A veces como cariño y a veces como perdón. ¿De qué hablamos, por tanto, cuando hablamos del amor? ¿Qué es, en definitiva, el amor? La pregunta es, al fin y al cabo, normativa, lo cual supone que no podemos responderla haciendo una encuesta. Y es que quizá tan solo quepa dar una repuesta teniendo en cuenta lo que debería ser el amor. Al fin y al cabo, lo que presupone la pregunta es la distinción entre lo que nos parece que es y lo que es. Y el salto de lo uno a lo otro resulta difícil, si no es en referencia al amor ideal. Ahora bien, ¿en relación con qué criterio se determina lo que debería ser el amor? No cabe responder a esta última cuestión apuntando a lo que de hecho es el amor, pues de hecho son demasiadas cosas. El amor es lo que debe ser el amor. Y aquí es donde perdemos pie. Pues intuimos que este deber ser, al menos en lo que respecta a los asuntos humanos, se determina en gran medida culturalmente y, por tanto, relativamente. En cualquier caso, y aceptando lo anterior, lo cierto es que no es posible responder a la cuestión diciendo que el amor es el conjunto de las cosas que denominamos amor. Esto es, no basta con decir que la palabra amor forma parte de un juego del lenguaje. La pregunta por qué es en verdad el amor no podemos tacharla de malentendido. Pues no todos los rasgos que caracterizan lo que de entrada nos parece que es el amor son compatibles entre sí. Sencillamente, no son integrables. Pues si hay encuentro, por ejemplo, el chute hormonal es lo de menos. Donde los amantes se encuentran y no solo se tratan amablemente, las emociones de los primeros días aparecen como irrelevantes o, mejor dicho, como un amor en falso. De ahí que no podamos contentarnos con la descripción de los diferentes usos de la palabra amor. El ser, como decía Hegel, se despliega dialécticamente. De lo que se sigue que no podemos decir qué sea el amor, si no es contando una historia. Y una historia ejemplar.

desconocida alteridad

diciembre 10, 2017 Comentarios desactivados en desconocida alteridad

La alteridad no puede permanecer bajo sospecha. La duda tan solo alcanza a nuestras representaciones del mundo. Y la alteridad es, precisamente, lo que queda fuera de cualquier representación. Es lo inasimilable de cuanto asimilamos. Si hay realidad, hay alteridad. Aunque sea como lo perdido de vista en su hacerse presente como si fuera algo o alguien otro. La alteridad, en cualquier caso, es lo obviado en la representación y, por eso mismo, lo que dejamos de tener presente. Para el presente nos bastan las máscaras.

un Jesús anciano

diciembre 8, 2017 Comentarios desactivados en un Jesús anciano

¿Y si Jesús hubiera vivido más años? ¿Y si hubiera muerto de viejo? ¿Habría dulcificado su mensaje? ¿Se hubiera vuelto más sapiencial? ¿Acaso no se hubiese convertido en un profeta del desierto? Si hubo cristianismo es porque la tropa la tomó con él. De haberlo considerado un iluminado, probablemente no estaríamos escribiendo estas líneas. En una sociedad tan tolerante como la nuestra, el cristianismo no habría sido posible.

la puta y el filósofo

diciembre 7, 2017 Comentarios desactivados en la puta y el filósofo

Todos —blancos y negros, hombres y mujeres, obreros y brokers— nos encontramos a una cierta distancia de nosotros mismos. Hay algo en lo más profundo del yo que no termina de ser en lo que es. Se trata del yo propiamente dicho, el cual pugna por su reconocimiento, por alcanzar una identidad. Sin embargo, mientras siga habiendo un yo, su identificación con un particular modo de ser seguirá siendo más o menos problemática, aun cuando sea cierto que sin cuerpo no hay propiamente alma. Un yo siempre difiere de su aspecto —siempre se encuentra más allá de sí mismo—. En este sentido, todos somos unos irónicos, aun cuando no en el mismo grado. La diferencia pasa por ser consciente de ello o no. Y cuando se es consciente, uno difícilmente se encuentra en donde está. Así, el filósofo, en tanto que hiperconsciente y a diferencia del ιδιωτης (idiotes), se caracteriza por su ironía. Como las putas, aunque desde el lado duro de la vida. Pues ellas saben, quizá mejor que el filósofo, que a pesar de la deformación profesional, no son el papel que encarnan, el único que les ha tocado representar en esta tragicomedia que es la vida. Ellas probablemente estén más cerca de la tuétano de la existencia, pues existir es, literalmente, hallarse fuera de sí, que aquellos que aún podemos ir, porque ignoramos de qué va el asunto, con la cabeza erguida. Como dijo el nazareno, ellas entraran primero.

el error moderno

diciembre 6, 2017 Comentarios desactivados en el error moderno

Es sabido que el viejo homoreligiosus iba sobrado de imágenes. Sin embargo, puede que reguemos fuera de tiesto donde fácilmente tachamos su imaginario de superstición. Que fácilmente tomemos las típicas imágenes de la antiguas religiones como una desbordante fantasía probablemente tenga que ver con nuestra incapacidad y no con el que, como tales, estén huecas. Pues, teniendo en cuenta que no cabe imaginar a Dios —¿cómo puede siquiera concebir una pulga la existencia del hombre?—, quizá una buena manera de permanecer expuestos al exceso de Dios sea cargándolo con el peso de unas imágenes, literalmente, increíbles. Nos equivocamos cuando damos por sentado que el antiguo creía que Dios era tal y como figuraba en sus imágenes. Y no porque Dios estuviera más allá de las imágenes que en principio lo representaban, sino porque estas funcionaban irónicamente, en tanto que imposibles, como una contra imagen. Nos equivocamos, por tanto, cuando suponemos que con el amigo invisible de nuestra infancia o, si se prefiere, con la reducción del Dios del teísmo a espíritu de interconexión, estamos más cerca de la verdad de Dios. Quizá como idea sea más adecuada a su objeto, cuando menos para el hombre moderno, pero lo que perdimos por el camino tirando por el desagüe las imágenes inviables de Dios sea la posibilidad de incorporar su desmesura, esto es, de vivir su extrañeza a flor de piel. No es casual que Max Weber defendiera la tesis que con la crítica profética a la idolatría comenzó la secularización del mundo. Por no hablar de su identificación con el hombre. Con todo, tampoco cabe volver atrás. De ahí que, una vez caemos en la cuenta de que no hay otra imagen de Dios que la de aquel que se entregó a Dios colgando de un madero como un apestado de Dios, el exceso de Dios, al margen de su Encarnación, tan solo pueda sufrirse como el exceso de su silencio.

el vértigo

diciembre 5, 2017 Comentarios desactivados en el vértigo

Morir es dejar de existir. Pero no se enfrenta a su propia muerte quien, cuando menos, no se plantea la posibilidad de que no haya nadie esperándole tras el velo. De hecho, hasta tiempos tardíos, Israel no creyó en la resurrección. Quizá solo en su primera época Israel estaba en situación de valorar la vida como don de Dios. De ahí que, donde se cree en la resurrección, la posibilidad de que no haya vida post mortem, posibilidad sin la cual la vida carece de valor,exija algo así como un Juicio Final. Por consiguiente, que la vida posea el valor del milagro depende de que o bien demos por sentado que no hay más allá de la muerte, al menos para nosotros, o bien de que estemos sujetos a una demanda insoslayable, en el sentido jurídico del término. Tertium non datur. Por eso, quienes dan por descontado que la muerte es simplemente una puerta de acceso a otra dimensión harían bien en preguntarse si su confianza acaso no tendrá que ver solo con que no pueden soportar que todo termine aquí, lo cual remite, en última instancia, a su incapacidad para aceptar su finitud o, por decirlo a la religiosa, su condición de criaturas.

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