el sinsentido del sentido

octubre 29, 2016 Comentarios desactivados en el sinsentido del sentido

Mientras sigamos siendo un yo, seguiremos preguntándonos con respecto a cualquier meta que hayamos alcanzado  ¿y eso es todo?  Incluso aun cuando haya un Dios que finalmente ponga las cosas en su sitio. Incluso si es cierto que estamos aquí para purgar nuestra alma, a la espera de un ascenso. Pues para un yo un final nunca es un final. De ahí que la pregunta por el sentido no pueda resolverse satisfactoriamente en ningún caso. Ahora bien, quizá sea porque la vida no tiene sentido que la vida esté cargada de valor

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existens

octubre 28, 2016 Comentarios desactivados en existens

Dios no existe porque Dios siempre se encuentra más allá de Dios. Dios es lo eternamente pendiente de Dios. O, por decirlo con otras palabras, Dios en su hacerse presente como divinidad deja de ser Dios. Dios da un paso atrás cuando se pone de manifiesto como Dios. No puede ser de otro modo, habiendo Dios. De ahí que solo los sin Dios sepan de Dios en verdad.

nihil obstat

octubre 28, 2016 Comentarios desactivados en nihil obstat

Fácilmente decimos hoy en día que no hay Dios—que nada hay por debajo de la palabra “Dios”. Y si no hay Dios, estamos solos en medio de un cosmos inerte. Sin embargo, ¿cómo podemos decirlo y que no nos tiemblen las piernas? Ciertamente, una cosa es dar en el clavo y otra ser capaces de tragarlo. Con lo cual la mayor parte de las veces no sabemos de lo que estamos hablando, aun cuando estemos en lo cierto. 

a propósito de Wally

octubre 27, 2016 Comentarios desactivados en a propósito de Wally

¿Por qué Dios en vez de nada? Quizá porque, en el fondo —o mejor dicho, desde el fondo de la existencia, desde las profundidades abisales del mal— no somos mucho más que una invocación de Dios en medio de la nada. Dios sería aquel al que se dirige la invocación del hombre, mejor dicho al que se dirige absurdamente, al menos en tanto que Dios desaparece en la oscuridad. Ciertamente, podemos darle la espalda a esta invocación, creer que se trata, al fin y al cabo, de una reacción. Pero la reacción es lo propio de quien da por sentado que no hay nada enteramente otro —que no hay alteridad, sino en cualquier caso representaciones mentales de la alteridad. Ahora bien, hay alteridad, aunque se trate de lo siempre pendiente del mundo. Sin embargo, por eso mismo, aquel enteramente otro no va a respondernos en directo. En su lugar, tendremos otro clamor: el de las víctimas que se encuentran a nuestro lado —el clamor del prójimo. Un Dios en falta —un Dios que no aparece como Dios— siempre responde llamando al hombre con la voz, precisamente, de los que no cuentan, de quienes representan la huella de un Dios fuera de campo. Un Dios en falta responde a la invocación del hombre invocando al hombre con el grito de los sin Dios. De ahí que con respecto a Dios en sí mismo siempre permanecemos a la espera. Al menos, mientras siga habiendo mundo. De Dios en sí mismo seguimos sin tener, literalmente, ni idea. Pues Dios no puede valer como Dios donde nos hacemos una idea de Dios. 

Dios en apariencia

octubre 27, 2016 Comentarios desactivados en Dios en apariencia

Dios no es aquel —o aquello— que se muestra como divino. Pues lo que aparece como Dios es, por defecto, un Dios en apariencia. En cualquier caso, un Dios que aparece como tal representa, en cierta medida, a Dios, pero, por eso mismo, no es Dios. Y es que cuanto se muestra bajo un cierto aspecto, se muestra siempre desde un punto de vista, de tal modo que, cuando cambia ese punto de vista, el aspecto pasa a ser otro. Ocurre, ciertamente, con lo que aparece como Dios, pero también con lo que se muestra como bello, justo, bueno… El cuerpo que en un momento dado nos parece bello, deja de parecérnoslo cuando nos acostumbramos a él o lo contemplamos desde una corta distancia. Una decisión justa se muestra como injusta cuando tenemos en cuenta aquellos detalles que consideramos en un principio irrelevantes. Un hombre bueno podemos llegar a verlo como un alma oscura cuando hurgamos lo suficiente. Quien aparece en un momento dado como divino puede, por eso mismo, dejar de aparecer como tal. De ahí que Dios, en verdad, sea aquello que da un paso atrás, por decirlo así, en su mostrarse como Dios. O, por decirlo con otras palabras, Dios sería lo siempre pendiente de cuanto podamos ver como Dios. De Dios siempre tenemos un resto, una huella. Al fin y al cabo, Dios se da como lo que queda de Dios donde ya no queda nada de Dios.

1000, es decir, éste es el post número mil

noviembre 2, 2011 § Deja un comentario

Tomando un café en la terraza del WoW no paro de ver muertos. Todos ya están muertos. Da igual que unos vivan más que otros. La diferencia es en verdad ridícula. Aunque unos lleguen a los cien años y otros mueran a la vuelta de la esquina, todos están –estamos– marcados por la muerte. Otra cosa es que vivamos de espaldas a esta verdad. Y quizá no podamos fácilmente vivir de otro modo. Pero lo cierto es que una cosa es vivir como si la muerte no existiera y otra vivir como si solo existiera la muerte. En el primer caso, no hay vida, sino inercia. En el segundo, no hay nada más que vida. Pues solo hay vida en verdad donde la vida se nos da como vida arrancada de la muerte, aunque sea provisoriamente. Es por eso que quien abraza la vida no puede evitar ciertas visiones del asunto. Por ejemplo, que estamos bajo el amparo de un cierto poder o voluntad, aquél que arranca precisamente la vida de la nada. O también, que la vida nos ha sido dada en préstamo, dentro de un plazo y que, tarde o temprano, deberemos dar cuenta de ella… como si solo pudiéramos abrazar la vida donde, en cierto sentido, nos encontramos sub iudice. Contra toda evidencia, la muerte no puede tener la última palabra para quienes viven en verdad la vida. Sea como sea, lo importante aquí es caer en la cuenta de que estas visiones no se añaden como suposiciones a la experiencia misma de la vida, sino que, en cierto modo, van con ella. La visión aquí no es una posible explicación, una hipótesis de trabajo, sino un síntoma. No cabe, pues, vivir si uno no da por bueno –esto es, si no cree– que la vida es una herencia de la muerte, un don, un testamento. La vida como milagro se nos entrega, al fin y al cabo, como una exigencia imposible, ya que en un mundo en donde la muerte es la condición misma de la vida, no hay vida que sea de hecho eterna. Y, sin embargo, debe ser eterna. Acaso toda la carga de profundidad de la fe judía resida en esto: en creer lo que no puede darse y, sin embargo, debe darse como el sello mismo de una existencia que abraza la vida como excepción. Y todo ello sin imágenes de Dios, pues en el momento en que las imágenes del más allá garantizan la esperanza creyente –ese inviable deber ser– deja de haber muerte y, por tanto, vida.

papito

noviembre 1, 2011 § Deja un comentario

Desde que J. Jeremías lo dijera, los teólogos más o menos progresistas no se cansan de repetirlo: que Jesús empleara la expresión abba para dirigirse a Dios, las sílabas que pronuncian los niños cuando comienzan a balbucear el nombre del padre, nos permite cuanto menos entrever el tipo de experiencia de Dios que tuvo Jesús de Nazareth en contraste con la de los judíos de por aquel entonces. Así, el Dios de Jesús sería, frente al inaccesible YWHW, un Dios cercano, familiar, íntimo. Como si la revelación cristiana consistiera principalmente en haber caído en la cuenta de que el Dios de Jesús es el Dios verdadero. Sin embargo, el inconveniente de esta manera de entender la invocación de Dios como abba es que no parece que se ajuste a la verdad histórica, sino a nuestro interés en confirmar retrospectivamente nuestra confortable experiencia de Dios. Abba, ciertamente, era la expresión que balbuceaban los niños para dirigirse al padre. Pero un niño en la Palestina de la época era poco más que un animalito: un niño no contaba para nada, ni siquiera para los asuntos de Dios. En tanto que su humanidad estaba pendiente de confirmación –en tanto que su relación con Dios se le presentaba como algo porvenir–, un niño era un ser deficiente, alguien aún por hacer. Así pues, la invocación de Jesús no podía ser menos que provocativa para la sensibilidad religiosa del momento. Es como si Jesús les dijera a quienes creían estar mas cerca de Dios por cumplir con sus preceptos, que solo como niños, esto es, como incapaces de Dios, podían invocar verdaderamente a Dios. No es casual que en los evangelios Jesús solo se dirija explícitamente a Dios como abba estando de rodillas en Getsemaní, precisamente donde Dios guarda silencio ante la inminencia del final. Toda una declaración de intenciones por parte de Marcos, de hecho, el único evangelista que pone en labios de Jesús la palabra abba. Nada que ver, pues, con ese dios íntimo del que muchos hacen gala sin haberse levantado de la cama y que, en verdad, no sería más que la imagen espectral de un interlocutor afable. Y es que no hay que olvidar que Jesús fue un judío y para un judío la relación de hombre con Dios es la de quien se encuentra sometido a su radical trascendencia y, por tanto, a su bendición, sin duda, pero también a su silencio. La experiencia de Dios de Jesús de Nazareth no fue, pues, esencialmente distinta que la de los profetas de Israel, aquélla según la cual solo el pobre, el que invoca a Dios desde su falta de espíritu, se encuentra en la correcta situación ante Dios. De hecho, Jesús fue un profeta escotológico, alguien que en la línea de Juan el Bautista, anunciaba la inminencia del final de los tiempos, aunque, a diferencia de Juan, ofrecía el perdón de Dios como última oportunidad para las ovejas perdidas de Israel. La novedad de ese Dios no fue, por tanto, la que muchos hoy en día se imaginan, la de una bondad sin juicio, sin autoridad, la bondad del abuelito de Heidi. Al contrario. Para Jesús de Nazareth el perdón, la compasión de Dios va por delante, pero no a la manera de un cheque en blanco, sino a la manera, como decíamos, de una última oportunidad, de modo que los condenados, los que se apartarán para siempre de Dios, serán precisamente aquellos que creyéndose algo más que niños no acepten ese perdón. Jesús de Nazareth creyó que solo el perdón de Dios decidía el sí o el no de nuestra existencia. Sin duda una novedad, pero no tan radical como para que por si sola dé pié a una nueva religión. No es, por tanto, casual que quienes siguen creyendo que la innovación cristiana se decide por entero en la experiencia de Dios como la de ese buen amigo que está en los cielos, crean a su vez que la Cruz no revela nada de Dios, sino solo nuestra resistencia a aceptar, precisamente, al Dios de Jesús. Para esos creyentes, el significado de la Cruz se cargaría por entero en la espalda de los hombres y no en la de Dios. Ahora bien, si la Cruz no representara el sacrificio mismo de Dios, entonces la Encarnación no sería nada más que la enésima versión de el exorcista pero en bueno. Y quizá sea por eso que los que creen que Dios es el abuelito de Heidi estén tan dispuestos a sostener lo que defendían algunos de los antiguos gnósticos, a saber, que Jesús dijo lo que dijo de Dios porque estaba enteramente poseído por Dios. Pero difícilmente Pablo hubiera atribuido al Crucificado el título de Señor, algo que un judío solo podía decir de Dios mismo, si se hubiera tratado solo de un hombre que sufrió la posesión de Dios hasta su muerte en Cruz.

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