una belleza trans

octubre 23, 2017 Comentarios desactivados en una belleza trans

La belleza, cuanto más alejada, mejor. No sea que, por el camino, pierda su brillo. Así, a la luz del microscopio, la piel de una mujer no deja de ser un paisaje marciano, el desierto donde los ácaros depositan sus huevos. Ya quiso decírnoslo Duchamp. El aura no pertenece a la cosa, sino a nuestra decisión política de no tocarla. Pues tocar es manchar. También, el cristianismo. Pues ya sabemos como acabó el Dios que quiso acercarse al hombre: colgado como un pellejo. El rostro de Dios permanece inmarcesible siempre y cuando no decida morder el polvo. Y, sin embargo, acaso no haya otra madurez que la cristiana. Toda belleza es de otro mundo. Quizá una ficción verdadera. Pero, por eso mismo, no nos incumbe. A nosotros tan solo nos queda acoger su derrumbe. O hacer como Duchamp: al pellejo, ni tocarlo. Noli tangere.

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quijotescas

octubre 22, 2017 Comentarios desactivados en quijotescas

En la vivencia, nunca hay para tanto. Pues no hay sentimiento que sea químicamente puro. No basta la vivencia para vivirla. Necesitamos decirla para destriar la plata de la ganga. Así las palabras con las que intentamos fijarla deben ir más allá, si la vivencia fue significativa. La representación acaso tenga algo de postureo, de forzar la situación. En este sentido, el trabajo de la escritura se asemeja al de la destilación. Decir “ayer fui perturbado por el cuerpo del travesti” posee más fuerza —más reality—que la perturbación in situ. Como si la perturbación no acabará de ser sin la palabra que la condensa. Y es que la vivencia siempre va acompañada de ruido de fondo. De hecho, lo que explota el humor es precisamente ese ruido de fondo, la mezcla. El crucificado sale de su tumba. Y, en ese momento, un soldado romano se tira una sonora ventosidad. Muy Monty Phyton. La escritura —el decir, en general—, en tanto pretende revelar lo significativo, es superior a la vivencia que pretende expresar. La cuestión es si es superior al humor. Cervantes diría que no. El Quijote es una novela realista, siendo cómica. Al fin y al cabo, puede que haya verdad, pero no para nosotros. Pero quizá nos equivoquemos cuando creemos que el carácter significativo de la vivencia —su verdad— es algo que se encuentra por encima de la carne. Sancho no desmiente el delirio del Quijano. Lo encarna.

¿puede un Dios amarnos?

octubre 21, 2017 Comentarios desactivados en ¿puede un Dios amarnos?

El cristianismo proclama, como sabemos, que Dios es amor. Y nos quedamos tan anchos, quizá porque ya hemos perdido de vista el carácter disruptivo, por no decir religiosamente inaceptable, de la declaración cristiana. Pero lo cierto es que esta no tiene nada de obvio. De hecho, se trata de algo que tuvo que revelársenos. Pues, ¿cómo lo superior puede entregarse a lo inferior? ¿Acaso tendría sentido que un hombre se sacrificase por un ácaro? Si nuestro hijo decidiera morir para que su mascota pudiera seguir con vida ¿acaso no consideraríamos su sacrificio como un delirio? Los hombres somos capaces tanto de lo mejor como de lo peor. Y, por lo común, prevalece lo peor. Pues la bestia que llevamos dentro fácilmente sale de su redil cuando el cielo cae sobre nuestras cabezas. En los campos de la muerte hubo padres que incluso llegaron a arrancar el pan de cada día de la boca de sus hijos. ¿Puede haber peor blasfemia? De ahí que quienes sobrevivieron más que dejar de confiar en Dios, dejaran de confiar en el hombre. No parece que merezcamos el amor de Dios. En todo caso, su desprecio. Y, sin embargo, recibimos su misericordia. O al menos, eso confiesa el creyente. ¿Cómo fue posible? ¿Cómo puede amarse lo que provoca nuestro asco moral? El kerigma cristiano sostiene que por debajo de las pústulas morales hay una bondad que merece ser redimida o, mejor dicho, que solo podemos interiorizar como aquella bondad a la que estamos llamados en tanto que es rescatada por el sacrificio de Dios de la podredumbre que la sepulta. Y el sacrificio tuvo lugar en la sima del Gólgota. Sin embargo, seguimos como si nada hubiera acontecido. Si no caemos en el estupor de los primeros cristianos es porque hace tiempo que no sabemos qué hacer con la palabra Dios. Así, tendemos a interpretarla en los términos de un como si. Como si el amor que sostiene cuanto es fuera el de una madre. Pero donde hay un como si, no hay propiamente un sí. De ahí que digamos espontáneamente que el amor es divino, pero no que Dios es amor. Nos resistimos, quizá con razón, a creer en fantasmas, aunque sean buenos. Pero el cristianismo no dice que el amor sea divino, sino que Dios es amor. Y ello difícilmente puede defenderse sin apuntar a un quien. Sin embargo, y esto resulta decisivo, no estamos hablando de un quien que posea la entidad de lo espectral. El quien de Dios es el de aquel que aún no es nadie sin el fiat del hombre (aunque, quizá deberíamos decir que Dios posee, consecuentemente, la entidad del espectro). Hasta el acontecimiento del Gólgota, Dios fue un Yo que sufrió una brutal crisis de identidad —un Yo que, por eso mismo, se da como el enteramente otro, como el que aparece como el desaparecido—. Ahora bien, si Dios solo llega a ser el que es por medio de la entrega incondicional del que sufre el abandono, la impotencia de Dios, entonces no tiene sentido preguntarse cómo un Dios puede morder el polvo. Pues Dios no es con independencia de su morder el polvo, de su ponerse en manos del hombre para ser, precisamente, el que es. Dios es su entrega al hombre (y ciertamente esto no hace muy buenas migas con la divinidad típicamente religiosa). Al confesar que Dios es amor no decimos, por tanto, que Dios tanto puede amarnos como despreciarnos, como si Dios fuera independiente de su identificación con el hombre. El desprecio —la condena— de Dios sería, en cualquier caso, el envés de nuestra indiferencia. En este sentido, el relato de la caída es fundamental para comprender de lo que estamos hablando. La caída no afecta tan solo al hombre, sino también a Dios. Pues, tras la caída el hombre vaga por el mundo como espectro que ignora de quién es imagen y, en definitiva, como aquel que no sabe quién es. Pero del mismo modo que Dios deviene ese yo que perdió su imagen y que, por consiguiente, aún no es nadie mientras no se reconcilie con ella. Que Dios ame al hombre significa, de entrada, que Dios, desde que el hombre es hombre, va en busca del hombre. Pues amar es buscar, perseguir, clamar. El amor de Dios de entrada se manifiesta como su clamor por el hombre, aunque se solo se realice por medio de la respuesta incondicional de aquel que sufre el abandono de Dios. Ahora bien, el hombre, en tanto que arrancado, no quiere saber nada de Dios. De ahí que el amor de Dios tan solo pueda manifestarse como paciencia, esto es, como la pasividad de un Dios que no puede dejar de coincidir con su silencio mientras el hombre le siga dando la espalda a su clamor o demanda. Pues Dios tan solo puede abrazar al hombre —reconciliarse con él, llegar a ser el que es— si el hombre se deja, esto es, donde el hombre, colgando de una cruz, se entrega a un Dios impotente.

sin prójimo

octubre 18, 2017 Comentarios desactivados en sin prójimo

El sujeto de la Modernidad se comprende a sí mismo como una máquina, ciertamente compleja, capaz de reaccionar a los estímulos de su entorno. En este sentido no es casual que el principal tratado de La Mettrie se titule precisamente L’Homme Machine, algo parecido a un panfleto de antropología materialista. Ahora bien, esto es así porque para dicho sujeto la alteridad no es el dato inicial, lo incuestionable de nuestro estar en el mundo. De entrada, no se encuentra expuesto al exceso del otro en cuanto tal —al resto invisible de lo visible—, sino a su representación mental del otro, lo cual hace que la exterioridad a la que apunta esta representación sea, de por sí, problemática. El sujeto moderno no puede fácilmente deshacerse de la sospecha de que acaso cuanto tiene en mente tan solo tenga que ver con su mente. Pues modernamente y en lo que respecta al saber, lo primero no es el carácter otro de lo real, sino la idea que tenemos en mente del carácter otro lo real. De ahí que el sujeto moderno no pueda situarse ante la alteridad como un prius, ni, por consiguiente, comprenderse a sí mismo como aquel que únicamente es en relación con el otro avant la lettre. Ahora bien, si el otro no es el prius de la propia existencia —si en su lugar tan solo contamos con la idea que nos hacemos de él, con su fantasma— , entonces no cabe una respuesta a su demanda, sino en todo una reacción a su imagen. Las reacciones son las mismas tanto en un mundo real como en uno virtual. No así las respuestas. De hecho, estrictamente no puede haberlas. Cuando menos porque en un mundo virtual no hay nadie que nos exija una respuesta, sino en todo caso fantasmas que parecen exigírnosla. Y siempre es posible dejar de creer en fantasmas. En cualquier caso, podemos decirnos a nosotros mismos que esa exigencia no es propiamente algo que tenga que ver con el otro, sino tan solo con nuestra creencia acerca del otro. Quizá el nihilismo más radical, más que revelar la nada que subyace a nuestras grandes palabras, defienda, no sin estupor, que por detrás de la voz que nos invoca no hay estrictamente nadie, sino a lo sumo una representación. Como parece que dijo Lou Andrea Salome, Nietzsche fue, al fin y al cabo, el profeta de una humanidad sin prójimo.

ex-yecto

octubre 17, 2017 Comentarios desactivados en ex-yecto

Heidegger, como sabemos, decía que el hombre es aquel que, al enfrentarse a sí mismo, se sitúa ante su pro-yecto. Sin embargo, esto es así en el caso de aquellos que aún confiamos en nuestra posibilidad. Pues en el tramo final de la existencia, o también en el caso de que logremos anticiparlo, quizá seamos más en relación con la vida que dejamos pasar —la vida que desperdiciamos— cuando intentábamos realizar nuestro proyecto.

boato

octubre 16, 2017 Comentarios desactivados en boato

Las formas —los ritos, los símbolos— son importantes. Pues quizá sea el único modo de permanecer fieles donde el corazón ya no parece responder a lo que en su momento quisimos que fuera para siempre. Si hubo verdad en lo que se nos dió, entonces no podemos confiar la fuerza de los sentimientos. Estos, sencillamente, van y vienen. No podemos querer nada —ni a nadie— donde no guardamos las formas. Querer es prometer. Y no hay promesa que no suponga un com-promiso. La libertad es, en definitiva, un asunto formal. Aun cuando sea cierto que, una vez perdemos de vista a que se deben, las formas terminan siendo algo así como una prisión. La libertad, al fin y al cabo el amor, reposa sobre el memorial. Sin nada que preservar, caemos inevitablemente en la implacabale erosión del tiempo, creyendo, ingénuamente, que cediendo al encanto de la novedad somos más auténticos.   

oigo voces

octubre 15, 2017 Comentarios desactivados en oigo voces

La alteridad no se hace presente como imagen, sino como una voz en la oscuridad. Ante una imagen siempre podemos mantener las distancias. No así ante la voz que nos in-quiere. Así, es posible apartar nuestra mirada de la imagen. Una imagen no deja de ser un espectáculo. Y como suele decirse, ojos que no ven, corazón que no siente. En cambio, nunca veremos a quien nos llama desde su más allá —desde su no ser nadie—. Por eso, no cabe dominar la voz que nos alcanza, la voz de los muertos. La voz es en realidad un cuchillo, y a menudo un cuchillo con dientes de sierra. De ahí que no quepa responder a su invocación sin sangrar.