los ojos de la carne

julio 24, 2017 Comentarios desactivados en los ojos de la carne

Con respecto al sexo, llega un momento en la vida en el que tan solo nos interesa yacer con una mujer que pueda aguantar la mirada. Pero lo cierto es que el cuerpo, mientras pueda, sigue ahí, a lo suyo. Y como sabemos a un cuerpo solo le interesa comer otros cuerpos. Sin embargo, una vez alcanzamos cierta altura vital, si cedemos a las exigencias del instinto —si yacemos con cualquiera mínimamente apetecible—, fácilmente nos sentiremos como si hubiéramos sufrido una degradación. Pues donde no cabe el encuentro, el vacío ocupa su lugar. Cuesta levantar de nuevo el ánimo. Hay, por tanto, alma como hay cuerpo. Aunque sea un modo de hablar. El problema del moderno es que el tener que tomar una distancia con respecto al cuerpo se le pone muy cuesta arriba. Modernamente, cualquier deseo —cualquier inclinación— es la ocasión de una experiencia. Y ¿quién se atreverá hoy en día a negarse nuevas experiencias? Únicamente, el timorato, el impotente, el cagao. Aquí el dogma es que cualquier deseo es legítimo, mientras no haga daño a nadie. En este sentido, hoy en día tan solo cabe una crítica política del deseo, y de ahí el lema la libertad de uno termina donde comienza la de los demás, pero no una crítica estrictamente moral. Así, el moderno cree que no hay deseos en sí mismos degradantes, sino en cualquier caso deseos que uno percibe, debido a la mala educación, como degradantes. Todo deseo o inclinación se sitúa, por consiguiente, en el mismo plano. La cuestión acerca de con qué deseo uno se identifica o debería identificarse en tanto que humano carece, pues, de sentido. El hombre, modernamente, deja de comprenderse por medio de la antigua metáfora del jinete y su montura. Ya no nos entendemos a nosotros mismos como ese jockey que debe aprender a gobernar el pura sangre que es el cuerpo. Y así el dominio de sí —la libertad de los antiguos— fácilmente se califica de represión. Gran error. De ahí que modernamente, como decía Kojéve, seamos unos perfectos idiotas, en el sentido literal de la expresión. O lo que acaso sea peor, idiotas que andan con aires de superioridad con respecto a los antiguos, esos supersticiosos. Sin embargo, al antiguo no le iba tan mal, con respecto a la posibilidad de llevar las riendas de uno mismo, cuando se imaginaba que estar poseído por el instinto era lo más parecido a estar poseído por un espíritu extraño. Pues lo que aleja al hombre de sí mismo es, en el fondo, no tener en cuenta la mirada con la que el otro le busca.

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