luces en la oscuridad

julio 23, 2017 Comentarios desactivados en luces en la oscuridad

Imaginemos que de repente dejáramos de ver, de tocar, de oler. Que, literalmente, tan solo tuviéramos la sensibilidad a flor de piel, pero que no pudiéramos tocar nada, salvo nuestro propio cuerpo. Y que así nos pásaramos una eternidad, como quien dice. De repente, perteneceríamos a otro mundo. Habríamos cruzado el umbral. Con el tiempo incluso llegaríamos a olvidar quienes fuimos. Como si los recuerdos ya no tuvieran que ver con nosotros. Incluso llegaríamos a sospechar de que tan solo fueron el motivo de un sueño. En medio de este oscuro y silente vacío, la sensación de ser tocados sería un signo. No estaríamos solos. Sin duda, y a menos que fuera un fuerte golpe, la señal sería ambigua, incluso en el caso de que se tratara de una caricia. Es lo que tiene lo inesperado: que tanto es motivo de asombro como de temor. Pero cuando menos podríamos esperar una cierta redención. Hay alguien —o algo— ahí. Con todo, la diferencia tampoco es irrelevante. Pues, si se tratase únicamente de algo, seguiríamos estando solos. De ahí que fácilmente llegáramos a personificar ese algo. Pues lo decisivo es el quien. En cualquier caso, si el tacto que percibimos tuviera una lógica —un sentido y, por tanto, una intención— podríamos suponer que se trata de alguien que quiere algo de nosotros. Es verdad que podría tratarse de una ilusión de nuestra mente y que en definitiva no fuéramos más que un cerebro en una cuneta que va segregando espejismos en medio de una infinitud sin rostro. Pero esta posibilidad presupone que el otro es tan solo nuestra representación mental del otro, en definitiva, que cuanto es se reduce a la idea que podamos tener en nuestra mente. Sin embargo, si lo real es eso otro que se hace presente a una receptividad, entonces deberíamos admitir que nada se hace presente sin que desaparezca de la vista, como quien dice, su carácter de algo enteramente otro. Que creamos que no podemos salir de nuestra representación —que no quepa certificar la exterioridad como tal— tiene que ver con el haber olvidado que la alteridad del otro es, precisamente, lo que da un paso atrás en su hacerse presente. La sospecha moderna de estar dentro de un sueño —de que nuestro mundo sea al fin y al cabo un mundo virtual— se sostiene solo desde el olvido de la naturaleza dialéctica del aparecer, a saber, que el otro se da en la medida que, en sí mismo, no se da. Y en este sentido, dicho olvido se trataría de un desviación, un desvarío, una enfermedad del espíritu, como decía Rosenzweig.

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