le mot juste

julio 9, 2017 Comentarios desactivados en le mot juste

Métrica y poesía van de la mano. Como la lógica y el pensamiento. Un poema se consigue con las palabras exactas. Un poeta que no cuenta las sílabas con los dedos —que no gasta su tiempo en hallar el verbo justo— permanecerá pegado a sí mismo. Quienes hacen de la poesía la razón de ser de su postureo, tan solo nos hablan de ellos mismos, de sus emociones o zozobras, a las que llaman fácilmente experiencia, lo cual no suele tener mucho interés, salvo quizá para el adolescente que aún debe descubrir el Mediterráneo. La métrica no es una prisión, sino la disciplina que nos acerca a la piedra de lo real. Y lo real es lo que, hallándose más allá del punto de vista, reclama nuestro reconocimiento. No puede haber reconocimiento donde seguimos sometidos a nuestra espontaneidad. El carácter extraño de lo real es inaccesible a quienes dan por bueno lo que les parece bueno. La métrica es, por tanto, la expresión de nuestra servidumbre con respecto al exceso del mundo, de la necesidad de una salida de sí. La métrica es el rito religioso del poeta. En la palabra exacta, el lenguaje deja de ser una representación de lo que nos traemos entre manos, un decir que puede ser puesto en cuestión como simple perspectiva, para coincidir con la cosa misma, al fin y al cabo, con su extrañeza. En el verso justo la cosa es en el lenguaje. Por medio del verso justo, la cosa se hace presente con independencia de lo que nos parece que es. Es así que en el poema, la cosa no puede ser de otro modo. O, mejor dicho, solo dejando de ser lo que es, la cosa puede llegar a mostrarse de otro modo. De ahí que los mejores poemas sean intraducibles. El poeta, aunque, como el niño que es, juegue con las palabras, no es un artífice, sino el pastor que encuentra la oveja perdida. Ante unos versos afortunados no podemos evitar la impresión de que las cosas son tal y como nos las muestra el poeta. Quien escribe If I can stop one heart from breaking, / I shall not live in vain no necesita decir nada más. De hecho, el éxito del poema supone el exitus del poeta, la desaparación del yo que encuentra, precisamente, las palabras exactas. De ahí lo raro del hallazgo poético. En la mayoría de las ocasiones, el poeta fracasa, al menos porque el poeta se resiste a morir. Sea como sea, lo que resulta indiscutible es que la cosa, tal y como se revela en los versos justas, no es según el modo de lo previsible. Hay revelación en el poema, cuando menos porque un poema es un imposible: lo que se hace presente en medio de la palabra no puede ser comprendido como una posibilidad del mundo. En el poema, la cosa se entrega como lo que tuvo que desaparecer de nuestra vista para que pudiéramos disponer de ella. Como Dios mismo. Así, hay Dios, no porque exista —que, en realidad, no existe—, sino porque habita en un decir inaceptable: al principio era el crucificado, y el crucificado estaba junto a Dios y era Dios.

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