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julio 1, 2017 Comentarios desactivados en porntheology.com

La imagen es lo más abstracto. Pues tan solo es posible tras un proceso de extracción. Es lo que nos queda una vez hemos separado lo que no podemos tener del otro, esa falta de coincidencia consigo mismo, de lo que le sobra, a saber, su cuerpo, su mueca, incluso su carácter. Como si nos quedáramos con la ganga y despreciásemos la plata… porque somos incapaces de verla. Y es que nadie ve en el otro ese no acabar de ser lo que muestra de sí mismo. Así, la chica del mes, esa diosa, no es mucho más que un fantasma. De hecho, si no lo termina siéndolo es porque hay en ella, en la mujer de carne y hueso, un resto, esa alteridad que como tal no es nada sin su continuo diferir de la máscara que lleva puesta. La chica del mes no es su máscara. Pero tampoco puede prescindir de ella sin hundirse en la nada. La chica del mes es, en el fondo, una indigente, un no acabar de ser en lo que parece o revela. Como todos. De ahí que ella sea, para sí misma, un proyecto, un porvenir. Nadie se encuentra en donde está. Pues bien, lo mismo podríamos decir de Dios en verdad. Dios no es nada sin su identificación con el cuerpo de quien murió como una alimaña, cuerpo que, a diferencia del de la chica del mes, no es que sea, precisamente, deseable. Pero, siguiendo el hilo de la analogía, Dios, en tanto que se identifica con el cuerpo del crucificado, difiere de él. Dios es en realidad un Dios indigente (y ello ciertamente no cuadra con lo que entendemos religiosamente por Dios). Como si en sí mismo, fuera el eterno deber ser, la eterna promesa de Dios. Sin embargo, el dogma de la Encarnación va un poco más allá. Dios al identificarse con el cuerpo, en tanto que no es más su sufrimiento, se reconcilía consigo mismo. Mejor dicho, se reconcilía consigo mismo al identificarse con el que muere en nombre de Dios. Algo parecido ocurre con nosotros: que el yo llega a ser el que es cuando abraza el cuerpo que le acompaña y que no es mucho más que un despojo —o en términos de una psicología de trazo grueso, cuando acepta su deformidad. Ahora bien, si Dios se identifica con el crucificado, entonces Dios es el perdir de Dios por Dios, cuando menos porque un cuerpo dejado de la mano de Dios no es mucho más que su invocación. El Dios que nos abandona es el Dios que se abandona a sí mismo, que abraza su falta de ser. Es lo que tiene un Dios que, al ponerse en manos de los hombres, depende de su respuesta para ser definitivamente el que es. El porvenir de Dios no está en manos de Dios. De olvidarlo, Dios, como la chica del mes, no será mucho más que un fantasía.

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