superstición y ateísmo

mayo 17, 2017 Comentarios desactivados en superstición y ateísmo

En las Leyes, Platón distingue entre tres formas de ateísmo. Hay ateos que simplemente no creen que los dioses existan. Hay otros que, sin negar su existencia, sostienen que no tienen ningún interés por las cosas humanas. Y, por último, hay quienes se preocupan por agradar a los dioses por medio de oraciones y sacrificios, pues se imaginan que estos son tan manipulables como los hombres. A este tercer grupo de ateos Platón los denomina supersticiosos. En su carta a Meneceo, Epicuro, el cual pertenecería al segundo grupo, decía que impío no es quien niega los dioses de las gentes, sino quien atribuye a los dioses las especualciones de estas. El pretender algo de los dioses sería, por tanto, un error existencial. Así, mientras que para Platón el supersticioso es un ateo entre otros, para Epicuro es el ateo por antonomasia. En cualquier caso, tanto para Platón como para Epicuro cabe un estar en falso en relación con lo divino. La existencia de dioses —su efectiva presencia— no decide por sí misma la posición del hombre con respecto a lo que nos supera. Plutarco, en cambio, es el primero en oponer el ateísmo a la superstición. Según Plutarco lo que define propiamente al ateo no es su respuesta a la pregunta por la existencia de Dios, sino su actitud hacia lo divino. La superstición es esencialmente una pasión, y una pasión fundada en el miedo. El ateo, en cambio, sostiene que no existe nada dichoso, ni incorruptible y que, por consiguiente, no tiene sentido arrodillarse ante ningún dios. Para Plutarco, el supersticioso es, sencillamente, un cobarde. En secreto desea que no hubieran dioses. De ahí que en el fondo envidie al ateo, cuando menos porque vive sin temor. Plutarco incluso llega a decir que un dios probablemente preferiría que los hombres negaran su existencia a que crean que es capaz de devorar niños, tal y como narra el mito a propósito de Cronos. Lo que hay en juego aquí no es tanto Dios como qué tipo de sujeto somos, pues lo que decide quienes somos es nuestra actitud con respecto a lo divino. En este sentido, un cristiano, Hilario, obispo de Poitiers del siglo IV, llega a afirmar que sería preferible la ignoracia acerca de Dios que una fe errónea. La crítica profética a la idolatría podría entenderse también desde esta óptica: el que niega que haya Dios es, sencillamente, un insensato; pero la insensatez no es tan condenable como el culto al falso dios. Para más inri, y nunca mejor dicho, el cristianismo sostiene que el hombre tan solo es capaz de obedecer a Dios —de dar de comer al hambriento y de beber al sediento— cuando se encuentra sometido a un mundo sin Dios, esto es, cuando Dios desaparece como dios. O, por decirlo con otras palabras, cuando un crucificado ocupa el lugar de un Dios en caída libre. Quizá basten estas consideriones para, al menos, poner entre paréntesis la creencia.

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