ambivalencia de lo divino

mayo 16, 2017 Comentarios desactivados en ambivalencia de lo divino

Dicen quienes dicen haberlo experimentado que Dios es más como una madre que como un padre. Vale. En cualquier caso, Dios es, para ellos, alguien vivo que nos quiere con locura —aunque esto del alguien tampoco es que lo tengan muy claro y en este sentido suelen decir, jugando el juego del trilero, que siendo persona no es solo persona o es más que persona—. Dejando a un lado aquello que decía Bonhoeffer que un Dios que existe, no existe, lo cierto es que en la cabeza de muchos creyentes el amor de Dios o, si se prefiere, su bondad se halla exenta de ambigüedades. Su amor o bondad es sin resquicios. Pero entonces podríamos preguntarnos hasta qué punto se trata de un Dios vivo. Quiero decir que cuanto vive, vive en la ambivalencia. Del mismo modo que el fuego, la vida se despliega consumiendo aquello que la hace posible. O, por decirlo a la manera de Heráclito, no hay luz sin sombra. Si todo fuera luz, evidentemente, no habría luz. Por eso quizá estuvieron más cerca de experimentar al Dios vivo aquellos viejos creyentes que soportaron no solo la bondad de Dios, sino también su ira. Y la ira de Dios es la posibilidad de la condena eterna. La bondad de Dios no puede darse sin que el hombre se encuentre contra las cuerdas, esto es, sub iudice, precisamente, debido a esa misma bondad. Aceptemos que Dios es amor de madre. Pero se trata de un amor que nos arroja a la necesidad de responder. Es como aquella madre que siempre tiene un plato en casa para ese hijo drogadicto que gastó en heroína los ahorros de sus padres. Lo que le salvará no es la ración de lentejas, sino el tener que responder a la misericordia de su madre. Nos juzga más la compasión de una madre que los edictos de un padre. De ahí que, siguiendo a Nietzsche, la pregunta no sea tanto si es verdad que la bondad de Dios es una bondad sin ira, sino quién necesita decirse a sí mismo esto último. Y podríamos sospechar que detrás de esta creencia se halla un sujeto que ha hecho de la espiritualidad naïve la excusa de su narcisismo.

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