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mayo 15, 2017 Comentarios desactivados en hieros

Un Dios, por definición, posee un rostro hierático. Originariamente, la santidad tiene que ver, pues, con la indiferencia. Un Dios es como un piedra —una piedra con poderes. De ahí que la cacareada muerte de Dios, con respecto a la noción primigenia de lo divino, sea una especie de contradictio in terminis. La muerte de Dios tan solo puede afectar a un Dios vivo, cuando menos porque tan solo lo que estuvo vivo puede morir. Y un Dios vivo es un Dios cercano, un Dios que se revela como aquel que quiere algo del hombre. Pero uno podría preguntarse si un Dios que llega a intimar con su criatura, no perderá por el camino el aura de la santidad. No es casual que, ya desde tiempos antiguos, un Dios demasiado humano fuera impugnado como Dios, hasta el punto de verlo como una proyección humana. Y, en este sentido, tampoco casual que el cristianismo tuviera que lidiar de buen comienzo con la dificultad de preservar el carácter inalcanzable de lo divino con el dato de su descenso a los infiernos, tema que solo resolvió, por decirlo así, tolerando en la práctica pastoral el gnosticismo que inicialmente condenó.

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