lo oculto: una pizca de metafísica hard

mayo 10, 2017 Comentarios desactivados en lo oculto: una pizca de metafísica hard

Podemos creer que no —que no hay más que lo que cae dentro de los límites de nuestra receptividad. Y así, fácilmente decimos que las cosas son tal y como nos parece que son. Sin embargo, no es solo que haya otros puntos de vista —no es solo que lo que nos parezca, pongamos por caso, aberrante no lo sea para otras sensibilidades o modos de ver las cosas—, sino que hay algo en definitiva que se escapa al punto de vista, algo que no puede comprenderse ni siquiera como un modo, entre otros, de captar lo real. En este sentido, lo oculto —lo necesariamente oculto— permanece fuera incluso de la distinción entre ser y no ser. No se trata de algo por ver o incluso entender, pues estrictamente no es algo, sino del carácter esencialmente irresuelto de la existencia, por decirlo así, el agujero negro en torno al cual gira cuanto es, incluso los cielos, de haberlos. De hecho, una existencia consciente de ello no puede evitar caer —y permanecer— en la perplejidad. Pues nuestra relación con lo oculto —con el misterio— no puede articularse en los términos de un saber, ni siquiera hipotético. No hay saber con respecto al misterio, cuando menos porque el misterio no es una cosa por descubrir, ni siquiera espectral. En realidad, ni siquiera es pensable. Podemos llegar a entender que si hay mundo es porque la alteridad de lo real se oculta en su hacerse presente —en su modo de darse a una sensibilidad. Que si vemos cualquier cosa es porque su carácter de algo enteramente otro ahí permanece como algo por ver, aunque lo demos descontado (o quizá precisamente por ello). Una cosa se da, ciertamente, como algo determinado. Una cosa solo es experimentable en tanto que podamos decir algo de algo. Ahora bien, por poco que reflexionemos nos daremos cuenta de que nunca vemos como tal el algo que subyace a sus características, aquellas que percibimos. El algo, en tanto que enteramente otro, siempre da un paso atrás cuando intentamos determinar su qué. Por consiguiente, la cosa siempre se nos ofrece en el seno de la escisión entre el algo-otro-ahí y su hacerse presente como algo determinado. Pero el acto, como quien dice, que da pie a la división entre lo enteramente otro y su mostrarse a una sensibilidad  —acto cuyo eco escuchamos en el lenguaje— es impensable. El lenguaje está preñado de misterio. El lenguaje solo es posible en torno a lo impensable. Al menos, porque lo pensable solo puede concretarse en el marco de la distinción entre el carácter otro de lo real y su mostrarse a una sensibilidad, esto es, en el marco de la diferencia entre el predicado y el sujeto lógico, no gramatical (pues el sujeto lógico de la pelota es roja no es la pelota —este sería el sujeto gramatical—, sino el esto: esto es una pelota y además roja). El uso instrumental del lenguaje —el uso habitual—, aquel que nos permite un trato con las cosas que nos rodean, oculta el misterio que constituye, precisamente, su condición de posibilidad. El uso instrumental del lenguaje inevitablemente enmascara el sujeto lógico con el gramatical. Así, lo absolutamente oculto —el acto que produce la escisión— se halla más allá de la distinción entre lo invisible y lo invisible, más allá del continuo diferir de lo enteramente otro con respecto a su hacerse presente como cosa; más allá tanto de la alteridad propia de lo real —lo invisible de las cosas que vemos— como de las cosas del mundo, de cualquier mundo. Y, si nos ponemos místicos, podríamos incluso decir que Dios no es siendo más allá de Dios. Dios —el ground de la totalidad— es lo impensable de Dios, o cuando menos del Dios que concebimos como el enteramente otro. Es verdad que Dios como el enteramente otro, permanece fuera del todo como esa alteridad que el mundo tiene eternamente pendiente. Y en este sentido podemos sostener que el todo no lo es todo —que el carácter enteramente otro, absoluto, de lo real es el no-todo. Pero lo que decimos aquí es que esa alteridad no es lo último. En cualquier caso, podemos concebirlo como lo último solo desde una ultimidad en realidad impensable. De hecho, por ahí fueron los tiros del idealismo alemán. Y en este sentido, no es casual que los escritos de Hegel y compañía nos recuerden a las paranoias lingüísticas de los místicos renanos. Al fin y al cabo, Dios es anterior a Dios, incluso anterior al Dios que se nos da como aquel que, siendo enteramente otro, no se da, sino que está esencialmente por ver. Dios es en verdad im-posible. De ahí que judíamente se creyera que la imposibilidad de Dios solo pudiera hacerse presente en la figura del Mesías.El Mesías es aquel que posee el estigma de un Dios imposible. Dios como el Cristo de Dios. Un Dios entre los hombres y como hombre es el único Dios para los hombres. Pero, precisamente, porque Dios, en tanto que imposible, hace de Dios la eterna posibilidad del mundo.

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