sujeto y verdad

mayo 4, 2017 Comentarios desactivados en sujeto y verdad

Quizá la cuestión de la verdad no sea, en primer lugar, la del criterio o razones que garantizarían la correspondencia de nuestras creencias o afirmaciones con el mundo, sino la cuestión sobre quién dice qué. Así, ¿qué sujeto puede declarar, pongamos por caso, que Dios existe y me quiere con locura? ¿Un místico? ¿Un imbécil? ¿Alguien que ha dado en el clavo o simplemente delira? Ciertamente, no parece que podamos responder a esta cuestión sin antes responder a la cuestión sobre la verdad. Pues, si no es cierto que hay un Dios que nos ama, entonces quien se atreve a proclamarlo existe en el error. Sin embargo, hoy en día, precisamente porque presuponemos que no hay verdad, sino constructos mentales o culturales que, por los motivos que sean, consideramos verdaderos, la pregunta por la verdad, salvo quizá en lo que atañe a la ciencia, se presenta como impertinente, en el sentido más estricto de la expresión. De ahí que la cuestión de la verdad exija, modernamente, una crítica del sujeto que pretende decir la verdad. Pues en principio, hay dos tipos de sujeto: los que se dejan llevar por lo que les parece y los que caen en la cuenta de que lo real es un exceso que no admite una descripción. Esto es, hay una diferencia, casi de naturaleza, entre quien da por descontado que lo real es cuanto puede ser asimilado por las condiciones de posibilidad del conocimiento —por el marco de una receptividad— y quien cae en la cuenta de que si podemos ver lo que vemos es porque el carácter enteramente otro de lo real permanece como lo siempre pendiente del mundo —lo que da un paso atrás en su hacerse presente a un sujeto. Llegados a este punto alguien podría objetar que la diferencia entre sujetos reposa, en último término, sobre la cuestión de la verdad —que, en definitiva, esta cuestión sigue siendo una primera cuestión. Sin embargo, aquí la verdad no se entiende como correspondencia entre representaciones mentales y hechos, sino como lo que en verdad tiene lugar, esto es, como lo real. Y con respecto a lo real o damos por descontado que no hay más leña que la que arde, y por tanto, estamos en falso, o caemos en la cuenta que lo real solo puede aparecer, hacerse presente, en tanto que su carácter de algo enteramente otro no se muestra a una sensibilidad. Y aquí no nos hallamos ante opiniones distintas, sino ante visiones incompatibles —ante la división entre lo penúltimo y lo último. Se trata, en el fondo, de la vieja disputa entre ciencia, en su sentido más amplio, y filosofía. Pues, la primera se ocupa de las cosas y sus relaciones —incluso si las cosas son divinas—, mientras que la segunda se pregunta por en qué consiste el acontecimiento mismo de lo real, en qué consiste, al fin y al cabo, ser cosa. No hay ciencia acerca de lo último. Por eso, la religión —como ciencia de lo último— es un desacierto. La ciencia puede ser paradójica —como observamos en el caso de la mecánica cuántica— pero nunca dialéctica. En cambio, la filosofía tot court no puede resolverse más que como dialéctica. La dialéctica es, ciertamente, paradójica. Pero no toda paradoja es la expresión de un pensar dialéctico. Sea como sea, el sujeto que hay detrás de la investigación científica sería, literalmente, un idiota, aun cuando pueda ser, ciertamente, listo. En cambio el sujeto del amor a la verdad sería aquel que se encuentra a sí mismo expuesto a un realidad que, en sí misma, no se da —no puede darse, cuando menos porque el sustraerse a la presencia de lo enteramente otro es la conditio sine qua non de nuestro estar en el mundo. Y esto último no es propiamente una representación que exija una prueba, una constrastación, sino la revelación que se desprende inevitablemente de una implacable reflexión sobre lo dado a la presencia. La nada no pertenece al sujeto de la ciencia, sino a aquel que cae en la cuenta de que si hay algo en vez de nada es porque la radical alteridad de lo real no es —no se da a una sensibilidad, queda fuera de su marco. Dicha alteridad es en tanto que no es. Lo real, por defecto, es lo que, siendo otro, se hace presente, se da. Pero, si se da es porque, en cuanto algo enteramente otro, no se da —no es. Así, ni las cosas —el aparecer de lo real— son, pues en tanto que les falta ser algo otro en verdad, no podemos estrictamente distinguir entre el mundo y el mundo soñado; ni lo absolutamente otro termina de ser, pues se sustrae a la presencia. Por eso, lo absolutamente último quizá no sea la alteridad de lo real, sino el acto, en definitiva lingüístico, que escinde la alteridad de lo real de su hacerse presente —el acto que da origen al tiempo, cuando menos porque nada acaba de ser. Y, teniendo en cuento lo que acabamos de decir, el lenguaje, más allá de su uso comercial, quizá sea lo en definitiva impensable. Pues, en tanto que funda la distinción entre lo real y lo aparente —en lo otro y su darse a la presencia—, no puede comprenderse en los términos de esta distinción, la cual establece el campo de lo pensable. En cualquier caso, desde nuestra condición de arrojados al mundo, lo que exige ser pensado es la alteridad. Mejor dicho, el carácter otro de lo real tan solo puede ser pensado, en ningún caso constatado, salvo quizá como sufrimiento o nostalgia, en definitiva, como un echar en falta (Heidegger hablaría aquí de angustia). Si modernamente nos resistimos a aceptar esta diferencia entre sujetos es porque nos hemos empobrecido con respecto a la  noción misma de lo real. Es lo que tiene el haber echado al niño con el agua sucia de la superstición. Aunque también nuestro empobrecimiento puede comprenderse como un efecto de la crisis moderna de la autoridad. Antiguamente quien poseía autoridad es quien había regresado, como quien dice, de las fronteras que separan el mundo de lo real —quien ha visto lo que la mayoría de nosotros, sepultados por las sombras, somos incapaces de ver. Y por esto disponía de una última palabra. Donde no hay autoridad, todo es mercado. Y así las verdades, hoy en día, se ofrecen al mejor postor. Es verdad, sencillamente, el discurso que vende más, aquel retóricamente eficaz. Que seamos iguales ante la ley, no implica que los modos de ser valgan por igual —que las concepciones de lo real se encuentren en un mismo plano. Hay jerarquías. De hecho, siempre las ha habido. Y las hay porque la alteridad de lo real se encuentra por encima de lo visible, aunque no como ente sobrenatural, sino como pasado absoluto —como eso que el mundo, por ser lo que es, tiene eternamente pendiente. Pues lo cierto es que, si hay algo que ver más allá de los que nos parece —si lo que hay que ver es, en última instancia, invisible, no una cosa invisible, sino el carácter esencialmente invisible de la alteridad—, entonces no todos jugamos en la misma liga. No es lo mismo dar por descontado que caer en la cuenta.

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