una alteridad por ver

mayo 3, 2017 Comentarios desactivados en una alteridad por ver

Existir supone que la alteridad tot court —aquel o aquello enteramente otro— se da como eso que está esencialmente por ver. Existir supone habitar un mundo en donde la alteridad se da por descontada, pero, precisamente por esto, no se muestra como tal. La alteridad tot court no aparece —no puede aparecer. O, mejor dicho, aparece como lo que en sí mismo no aparece. Ahora bien, esto último solo puede constatarse en el espacio de una reflexión sobre la experiencia de lo real. Pues en nuestro trato con lo que nos rodea la alteridad, como acabamos de decir, se da por descontada y, por consiguiente, no caemos en la cuenta de que si hay mundo es porque lo otro en cuanto tal retrocede. Pueden, sin duda, haber imágenes de la alteridad. Se trata de las imágenes de lo monstruoso —de lo santo. Pero una imagen, aunque nos permita incorporar, literalmente, nuestra exposición a lo otro, siempre implica una reducción. Lo otro en sí mismo es lo inasimilable del otro —lo que no cabe integrar en las estructuras mentales de la receptividad. Lo otro es, por definición, invisible. En cualquier caso, la alteridad es representada pero en modo alguno presente como tal. De hecho, su fuga —su desplazamiento hacia un pasado absoluto— es la condición misma de nuestro estar en el mundo y, en última instancia, del tiempo. Pues el tiempo es que nada acaba de ser algo enteramente otro —nada permanece como lo que es—, sino que todo se nos da como algo asimilable, reducible y, por consiguiente, como falsificación, cuando menos, porque lo que se reduce —lo que se pierde de vista en su darse a una sensibilidad— es, de hecho, el carácter radicalmente otro de cuanto es. Vivimos —ex-sistimos— de espaldas a la alteridad. En este sentido, desde el punto de vista de una sensibilidad no hay diferencia entre el mundo y un mundo virtual. En ambos casos, la alteridad de lo visto se da por supuesta. Pues bien, lo dicho vale para Dios —y quizá sobre todo. De ahí que Heidegger dijera que la pregunta de la filosofía era, en definitiva, la pregunta de la teología por sus fundamentos, aunque despojada de los presupuestos del mito. Sin embargo, la cuestión que aquí se plantea es por qué un Tú en vez de un Ello. El carácter personal de Dios es el de un Tú eternamente por ver. Pues el punto de partida de nuestra relación con Dios en verdad, al menos de nuestro lado, no es especulativo. El hombre, en lo más profundo de sí mismo, clama por un Tú. La palabra Dios carece de sentido donde no anhelamos una redención. Un océano no salva al hombre, sino que en cualquier caso lo disuelve como muñequito de sal. Y una disolución no restituye la vida de quienes murieron injustamente antes de tiempo. Ahora bien, según lo dicho, el Tú de Dios es un Tú que no puede darse, sin que el quién —ese resto— que en definitiva somos salte por los aires. Pues mundo y Dios son incompatibles. Hay mundo —hay hombre— porque Dios, como el enteramente otro, dio un paso atrás. Creer otra cosa supone reducir la realidad de Dios a la de un deus ex machina. En los cielos, si los hubiesen, Dios seguiría estando por ver. Más aún, si Dios fuera ese fantasma que garantizase un sentido último, un definitivo estar, el yo siempre podría preguntarse, si acaso eso es todo. Si el yo redimido es un yo satisfecho con lo dado, entonces más que un yo sería una larva espectral. De ahí que, cristianamente, digamos que no cabe otra presencia de Dios que la de un crucificado en su nombre. En este sentido, Dios, por decirlo así, responde con la entrega de quienes cargan con el peso de Dios. La redención —el Reino— se da como fraternidad. Más allá de la fraternidad seguimos sin saber. Sobre todo con respecto a la cuestión mesiánica por excelencia, esto es, la de cómo se les devolverá la vida a las víctimas del pasado, la vida que, precisamente, no pudieron vivir a causa de nuestra impiedad.

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