cambio de chip

mayo 2, 2017 Comentarios desactivados en cambio de chip

Ante la ilógica enormidad del cosmos —ante el hecho de que un átomo para un quark es como el sistema solar para un ácaro— parece difícil que podamos tomarnos en serio la idea de que hay por ahí un ente espectral que se interesa por nosotros desde el más allá de las galaxias. El universo está de sobra para una divinidad doméstica, amigable, próxima hasta el mal olor. Dios o está por encima de la totalidad o no puede valer como Dios. Ahora bien, si hay Dios, entonces nosotros apenas somos algo más que un chispazo en la eternidad. Que concibamos a Dios como espectro ya es, de por sí, el síntoma de nuestro error de perspectiva. Pues, con respecto a Dios, nosotros seríamos en realidad el espectro. La cuestión no es, por tanto, si existe Dios, sino si existe el hombre. Y es que donde un millón de años es un instante, una vida entera se halla cercana a lo invisible. Desde el punto de vista de Dios, sencillamente no existimos. O existimos como pueda existir un leptón para nosotros. Visto y no visto. Para Dios, somos aparecidos, duendes del bosque, hologramas sin consistencia. No es que Dios se le aparezca al hombre, sino que es el hombre quien se le aparece a Dios. El hombre sería propiamente la ilusión, el espejismo de Dios. De ahí que, como decíamos al principio, la idea de una divinidad tutelar sea, cuando menos, ridícula. Y del ridículo al ateísmo hay un paso. Ahora bien, resulta cuando menos curioso que hoy en día la conciencia de nuestra insignificancia con respecto a un cosmos excesivo conduzca directamente a la impiedad, cuando lo cierto es que en la Antigüedad conducía espontáneamente a Dios. Así, cuanto hemos dicho hasta ahora lo hubiera firmado el autor del libro de Job sin dudarlo. De hecho, Job termina de rodillas, lleno de admiración y estupor, ante el Dios al que se le deben tanto las auroras boreales como las chimeneas humeantes de Auschwitz. Job pasa de ser un hombre de Dios a no entender nada. Dios en verdad es la ignotum X de la existencia. Por consiguiente, ¿a qué obedece que en lugar de Dios tengamos un agujero negro al que no nos atrevemos a ponerle el nombre de Dios? Que la fe en Dios se haya convertido en increíble ¿acaso no tendrá que ver con la operación cristiana, aquella que reduce el nombre de Dios —lo único que tenemos de Dios en sí mismo— a un amiguete espetral? Ciertamente, el Dios cristiano es un Dios que se hace hombre y, por consiguiente, un Dios que se nos acerca. Y esto por sí solo debería hacernos pensar sobre qué queda del viejo Dios donde Dios se identifica con aquel que fue crucificado como maldito de Dios. Pero, en cualquier caso, podríamos preguntarnos si la amistad de Dios que proclama el cristianismo no se malentiende cuando hacemos de Dios un amigo invisible con el que podemos conversar desde las equívocas profundidades del corazón.

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