modelno, modelna

mayo 31, 2017 Comentarios desactivados en modelno, modelna

¿Qué significa ser moderno? Pues que todo se reduce a la medida de nuestra receptividad. Así, decimos con facilidad que tal o cual cosa es buena o bella porque así nos lo parece. Platón diría que quien cree que el parecer es la medida de cuanto es vive entre sombras. Ciertamente, la receptividad se halla en gran medida, al menos en lo que se refiere a los asuntos que exigen una valoración, configurada culturalmente. Pero de ahí no se sigue que no quepar ir más allá de la opinión. Que este ir más allá se realice, cuando menos en un primer momento, desde un contexto epocal no quita que no sea, efectivamente, un ir más allá. En cualquier caso, lo que se hace inviable en la modernidad es una crítica del yo, sobre todo, de su deseo. No parece que quepa decir que podamos errar en lo que deseamos, salvo que ese deseo interfiera en el deseo de los demás. Es lo que tiene la tolerancia. Sin embargo, donde no hay nada fuera del yo que pueda ponerlo en entredicho, entonces el mundo tolerante, por no hablar de lo políticamente correcto, es un mundo de idiotas, en su sentido más literal. Lo dicho: un mundo ensombrecido. No se trata, es obvio, de defender la vuelta a la intolerancia. Pero no nos irían mal unas dosis de sensibilidad aristocrática. Pues para dicha sensibilidad la diferencia entre lo elevado y lo vulgar es un punto de partida. Así, pongamos por caso, hay obras como hay personas que, al juzgarlas, nos juzgan. Simplemente, porque han ido más lejos que nosotros —han visto más, y en algunos casos han regresado de la muerte, como quien dice. Quien sostiene que Shakespeare —o Platón o Pablo de Tarso— escribieron textos de los que podemos prescindir no habla de Shakespeare —o Platón o Pablo—, sino de sí mismo.   

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el riesgo del espíritu

mayo 30, 2017 Comentarios desactivados en el riesgo del espíritu

Cuando más te das cuenta de que, en el fondo, no tenemos ni idea de adónde vamos ni de dónde venimos, más fácilmente creerás que el mundo tiene mucho de ficticio, por no decir, de farsa. De ahí a decir que nada de lo que nos traigamos entre manos importa, media un paso. Y si uno posee una mínima sensibilidad espiritual es posible que llegue a la convicción de que la verdadera vida se encuentra en otra parte, más allá. Por tanto, si el mundo es transitorio —o, si se prefiere, un campo de pruebas en donde purgar el alma—, el sufrimiento de los hombres no me concierne, salvo epidérmicamente, esto es, como el dato que provoca mi reacción espiritual. Si se trata de que cada uno purifique su alma, aunque ello exija tener de algún modo en cuenta al que sufre, entonces no hay juicio, sino en todo caso aprendizaje. El otro no es aquel al que le debes una respuesta —nadie es culpable frente al que sufre—, sino la ocasión para tu ascenso espiritual. Pero, en ese caso, ¿qué puede significar que un Dios haya renunciado a su divinidad para descender como hombre?

la línea fronteriza

mayo 29, 2017 Comentarios desactivados en la línea fronteriza

El hecho de que el Dios del monoteísmo bíblico se sitúe más allá de los cielos —y que, por eso mismo, sea el Altísimo— ya nos da entender lo lejos que estamos del paganismo —de la religión tot court. Pues el presupuesto del paganismo es que la línea que separa al mundo visible del invisible al mismo tiempo los une. Y la posibilidad de una unión con Yavhé, incluso la entusiasta, es para el creyente inconcebible. La trascendencia de Yavhé es, ciertamente, exagerada para quien necesita un dios tutelar.  

el oficio de vivir

mayo 28, 2017 Comentarios desactivados en el oficio de vivir

Cómo se sabe Cesare Pavese termina sus dietarios, quizá su obra más relevante, con las siguientes palabras: “Todo esto da asco. No más palabras. Un gesto. No escribiré más.” Y no escribió más. Se mató. El heroísmo pertenece a los comienzos. El tiempo se encarga de disolver cualquier hybris, cualquier pretensión de vivir en conexión. El oficio es la prueba del nueve de la existencia. No está en nuestras manos poseer el sentido de nuestros actos. Y esto si lo hay. De ahí que, al final, tan solo nos quede la liturgia, el ritual. Hay más verdad en la anciana que reza el rosario sin apenas entender que en aquellas dinámicas en donde, tras la debida sugestión, uno cree hallarse en contacto con Dios porque así lo siente.

el fraude de Enrique Martínez Lozano

mayo 27, 2017 Comentarios desactivados en el fraude de Enrique Martínez Lozano

Enrique Martínez Lozano escribe lo siguiente:

“la mente es incapaz de ver la realidad. No percibe sino el mundo que ella misma construye. Lo que ella elabora –en cualquiera de los campos del saber, incluido el religioso– es “verdadero” en ese nivel mental, pero no real. Lo real trasciende la mente. Más aún: se requiere aprender a silenciarla si queremos ver más allá de sus propias construcciones. Ninguna idea ni creencia puede ayudarnos a vivir lo que somos, porque todas ellas nos mantienen en el nivel de lo aparente, es decir, en aquello que no somos. De ahí que sea necesario soltar todas si queremos llegar a nuestra verdad más profunda. Las creencias nos alienan porque nos hacen esclavos de una “idea” determinada, que es únicamente una construcción mental. Pero además nos confunden, porque nos mantienen prisioneros de un concepto que pretende definirnos. Sin embargo, lo que realmente somos se halla más allá de las creencias, ya que no somos nada que pueda ser pensado o nombrado: todo ello no serían más que “objetos” dentro de la espaciosidad que somos. Somos Eso que queda cuando soltamos todos los pensamientos y todas las creencias. Para la mente, la realidad es un conjunto o una suma de objetos separados. Trascendida la mente, se percibe que lo real es no-separado. La realidad es no-dual. Y es esta comprensión la que nos permite acceder a lo realmente real, a la vez que nos hace captar la irrelevancia de las anteriores discusiones mentales.”

No puedo evitar caer en la estupefacción. ¿Acaso esto es serio? Sin duda, no tenemos ni idea de cómo es el mundo al fin y al cabo. Y, probablemente, la humanidad perecerá antes de que llegue a saber algo acerca de las últimas cosas. Más aún, nos iremos con las manos vacías con respecto a de qué va tot plegat. No hay que ser un experto en mecánica cuántica para, cuando menos, intuir que los esquemas conceptuales con los que nos hacemos una idea del mundo quizá sean demasiado estrechos para alcanzar la verdadera naturaleza de las cosas. Sin embargo, por poco que sepamos de Kant o de cualquier pensador que haya ido por ahí, fácilmente diremos que la experiencia que no se ajuste a dichos esquemas —aquello que no pueda integrarse en el marco de los principios de causalidad o transitividad, pongamos por caso—  no es, propiamente, del mundo, sino de una pura exterioridad informe, si es que cabe hablar aquí de experiencia. Pues, según la acertada expresión de Kant, las condiciones de posibilidad de la experiencia del mundo son las condiciones de posibilidad del conocimiento. Ciertamente, Kant sostiene que más allá del mundo se encuentra la cosa en sí, el ignotum X de la experiencia. Pero, por lo que acabamos de decir, la pura exterioridad no es, estrictamente, otro mundo, sino un simple y deforme il-y-a.  Y aunque esto no tenga que ver con la ignotum X de Kant, también es verdad que en ciertos momentos, por ejemplo, aquellos en los que salimos de un sueño, tenemos una percepción de lo que nos rodea diferente a la que tendremos una vez el yo haya levantado los muros protectores que le mantienen a una cierta distancia de cuanto tiene frente a sí. Podríamos decir que en los momentos de entrevela la sensibilidad anda a flor de piel. Como si nos hubiéramos fumado un porro. Caen las barreras. El yo es aquí mera pasividad. Pero lo es en todos los sentidos. Así, tanto es capaz de asombrarse ante el milagro de que haya algo en vez de nada como incapaz de responder a la desgracia. La pasividad es también impotencia. En este sentido, no es casual que la experiencia a la que apunta Enrique Martínez Lozano exija la disolución del yo o, mejor dicho, un estado de conciencia en donde el yo deja de identificarse con un particular modo de ser para fundirse con una exterioridad sin contenido. Sin embargo, uno podría preguntarse hasta qué punto aquí podemos seguir hablando de yo. Pues la experiencia del yo va con la de la inaccesibilidad del otro —o de lo otro— como tal. La alteridad tot court permanece por defecto como lo que no puede ser asimilado por el sí mismo. El carácter otro del otro en cualquier caos se encuentra más allá del aspecto que nos ofrece. En este sentido, el otro es un resto invisible: lo que queda fuera de cuanto podamos ver o captar del otro. Así, el carácter enteramente otro es lo siempre pendiente del otro. Si lo real es algo absolutamente otro que se muestra relativamente a una sensibilidad, entonces la experiencia de lo real tiene mucho que ver con un encontrar en falta, precisamente, ese carácter enteramente otro que damos por descontado, pero que, por eso mismo, permanece más allá. Porque la alteridad propia de lo real da un paso atrás, como quien dice, en su hacerse presente a un sujeto, cultural o epocalmente situado —porque lo otro que es difiere eternamente de su modo de darse, porque lo otro es en tanto que en sí mismo no es, no se da—, la experiencia de lo real como tal no puede comprenderse en los términos de una fusión. Como decía Hegel toda conciencia es una conciencia insatisfecha —una conciencia que existe a la espera de una reconciliación. Ahora bien, la reconciliación no puede darse como disolución de las fronteras del yo, sino como encuentro, teniendo en cuenta que el encuentro preserva la distancia que, de algún modo, supera. De ahí que bíblicamente se insista en que la redención o afecta a la carne o no tiene que ver con nosotros. Y visto lo visto podríamos preguntarnos si acaso la disolución de la conciencia que propone Enrique Martínez Lozano no será más bien una regresión, un camino de vuelta a la conciencia del chimpancé, el cual ciertamente no percibe la distancia que le separa del otro.

Por otro lado, ¿cómo Enrique Martínez Lozano puede decir que las creencias no esclavizan y quedarse tan ancho? ¿Acaso lo que defiende no es una creencia entre otras? ¿Acaso su creencia no está al servicio de quienes tienen necesidad de encontrar un yo auténtico? ¿Acaso podemos decirle a quienes han perdido a sus hijos en el último bombardeo de Alepo que de lo que se trata, en el fondo, es de desprenderse de los límites que constituyen una subjetividad? Ciertamente, una cosa es el yo y otra el ego. Y es verdad que con el ego no vamos muy lejos. Como decía Píndaro, uno debe llegar a ser el que es. O, por decirlo de otro modo, uno debería poder desprenderse de cuanto está en él y no le pertenece. Pero la cuestión es qué nos pertenece en verdad en cuanto hombres y mujeres. Y una cosa es decir que de lo que se trata es de caer en la cuenta de que el yo pertenece a una especie de conciencia superior o transconciencia, cosa la cual constituye propiamente una variante de la alienación que denunciaran Marx, Freud y Nietzcshe, aunque con la excusa de la espiritualidad, y otra muy distinta caer en la cuenta de que el yo es aquel llamado a la responsabilidad, al tener que responder a la demanda que nace de la indigencia del otro. Una cosa es dar por sentado que desconocemos la verdadera naturaleza de lo real y que, por consiguiente, no hay otra plenitud que aquella que consiste en disolver los límites mentales que nos impiden participar del fondo ignoto de lo real, y otra caer del caballo y constatar que la verdadera huella de lo real —la huella de un Dios en falta— es la del cuerpo que sufre, precisamente, la deshumanización de un mundo sin piedad, la del cuerpo de quienes no cuentan para la Historia ni, según parece, para Dios. Sin duda, partimos de la herida. Toda conciencia es, en último término, una conciencia herida. La cuestión es cuál es la herida en relación con la cual somos quienes somos. O la herida es la que nos provoca el grito que dirigen a un cielo de plomo los malditos de Dios o la de aquellos que mirándose al espejo no se aceptan y buscan una y otra vez que el espejo les diga, como la madastra de Blancanieves, que son las más bellas —la herida narcisista. Y en este sentido, parece que el tema de Enrique Martínez Lozano sea este último. Quizá lo que necesitemos no es menos conciencia, sino lo contrario, una hiperconciencia. Diría que lo que en verdad nos descentra —los que nos saca del quicio del ego, lo que interrumpe la continuidad de los días, el principio y fundamento de la vida del espíritu— no es la búsqueda uno mismo, sino el clamor de quienes no son mucho más que ese clamor. Incluso me atrevería a decir que puestos a experimentar lo real, más que fundirnos con vete a saber qué, de lo que se trata es de sentirse atravesados por aquellos rostros que, despojados de sí mismos por una violencia inhumana, nos miran desde el más allá. En esos rostros, la alteridad aparece tot court como alteridad encarnada, como ese otro que no podemos asimilar pero al que debemos responder. Es verdad que somos Eso que queda cuando soltamos todos los pensamientos y todas las creencias. Pero lo que queda en verdad es un rostro que clama por la redención, la cual, y en nombre de Dios, un Dios que, por otra parte, no existe como dios, está en nuestras manos. Enrique Martínez Lozano es, sencillamente, un fraude.

Narciso reflejado en las aguas del océano

mayo 26, 2017 Comentarios desactivados en Narciso reflejado en las aguas del océano

Enrique Martínez Lozano escribe lo sigüiente: “Me parece que la salida de la trampa narcisista, que puede tentarnos a todos, se halla justamente en la respuesta a esta pregunta: ¿desde dónde me vivo? Lo cual remite, una vez más, a la pregunta central de la espiritualidad: ¿quién soy yo?” Tiene mérito seguir colando la cháchara narcisista con la excusa del antinarcisismo. Sencillamente, hay mucho fraude aquí —demasiado ombligo como para que podamos tomarnos en serio al encantador de serpientes cuando dirige su mirada hacia lo alto. Y uno que creía que la pregunta central de la espiritualidad —aquella que nos saca del quicio del hogar— es la que turbó a Caín y que preferiríamos no seguir escuchando —Caín, Caín ¿dónde está tu hermano Abel?

caballo de Troya

mayo 25, 2017 Comentarios desactivados en caballo de Troya

Si nos tomamos al pie de la letra el cuarto evangelio, sin tener ni idea de lo que significa la palabra “Dios”, fácilmente podríamos entender lo siguiente: hay algo así como una civilización superior cuyo jefe decide enviar a su hijo para decirles a los habitantes de la Tierra que andan por mal camino. Pero, parece ser que los hombres no estamos por la labor y acabamos cargándonos al enviado. Evidentemente, aún no hemos madurado lo suficiente como para entender el mensaje. Y puesto que el enviado está hecho de otra pasta, la muerte no va con él. De ahí que algunos de sus discípulos le vean coleando por ahí tras su crucifixión, aun cuando de entrada no le reconozcan, lo cual es de esperar, siendo de otro mundo. La cosa termina con la idea de que el enviado volverá más adelante para ver qué se puede hacer. Ciertamente, en la cabeza de muchos creyentes hay mucho de esto, aun cuando empleen la palabra “Dios”. Sin embargo, una lectura atenta del cuarto evangelio nos impide dar el paso a la ciencia ficción. Pues, lo que encontramos en dicho evangelio no es una muerte aparente. El Hijo muere y muere de verdad. Más aún, muerte y resurrección son como las dos caras de una misma moneda: la crucifixión es una elevación. De hecho, lo que subraya en último térnimo el evangelista es la identificación entre el Padre y el Hijo, de tal manera que la cruz afecta a lo que podamos entender religiosamente por “Dios”. Jesús de Nazareth no es tan solo el representante de Dios, sino el quién de Dios —y de ahí que, desde una óptica típicamente religiosa, fácilmente leamos el cuarto evangelio como si se nos dijera que Jesús de Nazareth fue un dios vestido de hombre, cosa que el evangelista, ciertamente, no dice… aunque a veces lo parezca. La idea de fondo es simple: de Dios no tenemos más, aunque tampoco menos, que a aquel hombre que muere como un apestado de Dios —y, por tanto, sin Dios mediante—, perdonando a sus verdugos… en nombre, precisamente, de un Dios en falta. Esto es mero cristianismo. Casi todo lo que podemos decir de más es algo más cercano a las fantasías con las que intentamos encubrir nuestra incapacidad para tragarnos el kerigma que a la verdad de Dios.

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