Frankenstein como cristiano

abril 28, 2017 Comentarios desactivados en Frankenstein como cristiano

Para la predicación habitual, la Resurrección no es un hecho del pasado. Como suelen decir muchos pastores, Jesús resucita cada día, por ejemplo, en aquellos corazones que llegan a perdonar lo imperdonable. No lo tengo tan claro, a pesar de las bondades del perdón. No hay visión que no esté cargada teóricamente. Esto es, toda visión incluye un ver cómo, un cierto saber acerca de lo visto. La interpretación va con la visión. Cuando vemos un lápiz no vemos simplemente una cosa, sino una cosa que sirve para escribir o dibujar, salvo que seamos aborígenes del Mato Grosso. Una visión pertenece a un mundo determinado. Un mundo es lo que se corresponde a una cosmovisión. Y una cosmovisión se encuentra determinada por sus prejuicios, por la serie de afirmaciones sobre lo que se da por descontado. Estos prejuicios funcionan como axiomas matemáticos, como puntos de partida que no se discuten. Así, hay tantos mundos como visiones del mundo. La visión del resucitado no pertenece, por consiguiente, a nuestro mundo. Sus presupuestos no son los nuestros, los cuales tienen mucho que ver con los de la ciencia. Los presupuestos de la resurrección son, por un lado, la división entre cielo y tierra y, por otro, la expectativa de la apocalíptica judía, según la cual los muertos, en los días finales, serán levantados para poder ser juzgados por Dios o, en su defecto, por su heraldo. Sin estos prejuicios, no cabe ver lo que vieron los primeros testigos como resurrección. Esto no significa que no hubiera resurrección. Hubo resurrección, pero no para nosotros o, cuando menos, no en tanto que hecho. Hubo resurrección como hubieron dioses. Erramos el tiro, pues, cuando decimos, con la intención de seguir creyendo en lo mismo, que la resurrección es, en el fondo, un acontecimiento de la vida interior. Que de lo que se trata es de actualizar la experiencia de los primeros cristianos, lo que ellos vivieron, a nuestros códigos lingüísticos. Pero los testigos de la resurrección no proclamaron la resurrección del crucificado como un modo de decir que Jesús seguía vivo en sus corazones. En realidad, fue al revés: si Jesús seguía vivo en sus corazones es porque, de hecho, resucitó. En todo caso, el cristiano de hoy vive en el espíritu de la resurrección, como los discípulos de Emaús. Como en su caso, nuestro punto de partida es “algunos dicen que el nazareno resucitó”. Caemos en la falacia del empirismo cuando suponemos que la verdad del kerigma cristiano depende de que podamos reproducir de algún modo la condiciones de su aparición. La molécula del benceno la obtuvo Kekulé tras haberla soñado. Pero no es verdadera porque la hubiera soñado. Así, hoy en día aún es posible defender la identificación de Dios con el crucificado en su nombre, con todo lo que implica con respecto a la noción típicamente religiosa de Dios, a pesar de que el metarrelato con el que se expresa inicialmente ya no pueda ser el nuestro (y de hecho, no puede serlo gracias, en gran medida, al triunfo histórico del cristianismo, el cual constituye una carga de goma dos en la línea de flotación del barco religioso). Sin embargo, tampoco podemos decir que la verdad cristiana sea enteramente independiente de lo que ocurrió en el origen. Pues la fe reposa en lo que sucedió en Palestina hace dos mil años. En realidad, somos los herederos de una verdad que fue dejada atrás, pero no por eso menos verdadera. Vivimos cristianamente de una verdad que no podemos reproducir en sus términos, como tampoco actualizar sin falsearla. Como los discípulos de Emaús, el espíritu de la resurrección se hace presente en el partir el pan, lo cual es como si, hoy en día, compartiéramos el sueldo. O estás con Jesús —y entonces no te enteras de quién es—, o comprendes, pero en ese caso Jesús desaparece. Habitar en la verdad —y esto podría ser una constante humana— supone que la verdad en la que habitamos se conjuga en pretérito, y consecuentemente como una verdad que, en tanto que habitamos en ella, esperamos que vuelva, por decirlo así. Nuestra relación con la resurrección debe comprenderse como nuestra relación con la verdad. Y nuestra relación con la verdad no es, a pesar del dogma del positivismo moderno, una relación con lo que podamos constatar en el presente como dato. Por eso quizá nos equivoquemos cuando entendemos el gesto de partir el pan como otro modo de ver el acontecimiento de la resurrección. La experiencia de la resurrección se impuso como la anticipación de un inminente final de los tiempos. Y es evidente que el final de los tiempos sigue siendo un porvenir. A menos que el final de los tiempos tenga lugar no en la Historia, sino en cada uno de aquellos que se hallan en los extremos del mundo, dejados de la mano de Dios. Esto es, a menos que dicho final se dé en vertical y no en horizontal. Pero esto último acaso requiera otra reflexión. En cualquier caso, un cristiano existe en un mientrastanto: entre la verdad de una resurrección imposible y la espera de un punto y final de cuyo cómo no tenemos ni idea… como tampoco la tuvieron antiguamente, cuando menos porque las imágenes de la esperanza fueron, en su momento, tan increíbles como puedan serlo actualmente. O casi. Es posible que en tanto que cristianos seamos, hoy en día, como Frankenstein, a saber, como hijos que no se reconocen o, cuando menos no se reconocen por entero, en su padre. Sin embargo, esto, de ser así, no niega nuestra filiación.

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