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abril 26, 2017 Comentarios desactivados en pluralism

Es un tópico de nuestros tiempos dar por sentado que hay diferentes maneras de ver las cosas. Esto es, de por sí, indiscutible, pues se trata de una constatación. La cuestión es si estas diferentes maneras de ver se encuentran o no dentro de un mismo plano, incluso si no atentan contra el denominador común de nuestra sensibilidad moral. Aunque, quizá haya una cuestión previa y es la de qué sujeto hay detrás del tópico. Y me atrevería a decir que este no es otro que el espectador. Así, no es lo mismo lo que podamos ver como protagonistas de la escena que como aquellos que permanecen en las gradas. Para quien no sabe de vinos o, simplemente, se sitúa a una cierta distancia del tema es fácil decir que hay tantas apreciaciones como bocas. Sin embargo, para el catador, un Vega Sicilia no es lo mismo que un Don Simón. Desde su óptica, quienes prefieren una tetrabrick de Don Simón, sencillamente, ignoran lo que se pierden. No se trata tan solo de que su punto de vista sea uno entre otros, aun cuando convencionalmente se considere superior, sino de que su punto de vista es realmente superior. Y lo es porque así lo exige la realidad, aunque, ciertamente, podamos discutir si es propio hablar en estos términos con respecto a lo que, en definitiva, no es mucho más que una cuestión de sensibilidad. Pero, en cualquier caso, un Vega Sicilia pide, por decirlo así, un reconocimiento y un reconocimiento público. Quizá esto se capte con más claridad con respecto a otros asuntos. Por ejemplo, no es lo mismo creer que lo que está en juego en la relación entre hombre y mujer es, aunque de entrada no nos lo parezca, un contrato —un comercio— que creer que de lo que se trata, en última instancia, es de abrazar la indigencia del otro. En el (con)trato, sin duda, damos por descontada la alteridad del otro. Un contracto no implica dejar a un lado la amabilidad. Pero no es lo mismo dar por descontada la alteridad del otro que enfrentarnos a ella, pues la alteridad en cuanto tal solo aparece como ese no acabar de ser lo que el otro muestra ser —como ese continuo estar más allá de sí mismo. Si hay alteridad —que la hay—, entonces la alteridad del otro debe ser reconocida. Y esto es así, aun cuando el reconocimiento de la alteridad solo pueda darse como la aceptación de lo que no admite, de hecho, un trato, sino propiamente un culto, en el sentido más amplio de la palabra. Así, en nombre de la realidad misma del otro, no es lo mismo darla por supuesta que reconocerla como ese resto que no puede ser asimilado por nuestro deseo o interés. Un espectador únicamente constatará que unos creen una cosa y otros, otra. Pero, no verá nada que exija ser visto o, mejor dicho, reconocido. Esto es, no verá la nada que soporta cuanto es, en definitiva, el continuo diferir de lo real —de lo enteramente otro— con respecto a su modo de darse. Y, sin duda, no es lo mismo caer en la cuenta de esto último que permanecer en medio de sombras, donde fácilmente confundimos lo real con lo que nos parece real —donde permanecemos presos de nuestra sensibilidad. Quizá el error de la Modernidad consista en haber despreciado las lecciones del platonismo —en creer que el sujeto del saber es el espectador y no aquel que, en medio de la escena, cae en la cuenta de que si hay algo en vez de nada es porque, al fin y al cabo, lo real se hace presente solo en la medida en que, como algo enteramente otro, no se hace presente a una sensibilidad. Porque, en definitiva, lo que enteramente otro no es nada, sino un eterno porvenir. Un espectador no sabe de presencias. Pues, en tanto que solo ve cuerpos sometidos a fuerzas —cuerpos que reaccionan a estímulos como bolas de billar e interpretan su circunstancia a su modo— es incapaz de darse cuenta de que no hay otra presencia real que la de la ausencia. El otro es en verdad un fantasma —un aparecido—. Y no hay fantasma que no nos haga temblar.

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