nietzscheanas 44

abril 25, 2017 Comentarios desactivados en nietzscheanas 44

Nietzsche sostiene que no hay algo así como la verdad. La cuestión de la verdad no es la cuestión del criterio de verdad, aquel que, de satisfacerse, asegura la correspondencia entre nuestras representaciones y los hechos, sino la cuestión de a qué interés sirve nuestra verdad. El amor a la verdad —la filosofía— no es inocente. Por debajo de la verdad siempre hay la oscura intención de servirnos de la verdad. La verdad es, por decirlo así, metáfora. Al apuntar a lo real, el enunciado verdadero indica, aunque ocultándolo, el hecho de que se trata de otra cosa. Word is sword que decía Shakespeare. El propósito de la creencia verdadera es convencer, y el convencer siempre implica un vencer. El uso del lenguaje es, en cualquier caso, retórico. El lenguaje no se halla al servicio de la verdad, sino al del combate. No es posible trascender la perspectiva determinada por el interés. Y el interés, en última instancia, es la expresión de una voluntad de poder. Así, la distinición entre lo real y lo aparente, el punto de partida de la metafísica, es lo que necesita el esclavo para decirse a sí mismo que el noble no es lo que parece: que, en el fondo, el noble es tan débil —tan frágil— como los demás. Que su belleza, su fortaleza es una máscara. No hay algo así como una realidad por descubrir bajo el velo de las apariencias (y, por consiguiente, no hay algo así como las apariencias). No hay realidad que nos permita decidir entre perspectivas diferentes. Cada perspectiva es, literalmente, un mundo. O lo que viene a ser lo mismo, mundo y cosmovisión son dos caras de una misma moneda. Hay tantos mundos como visiones del mundo. Y una visión del mundo se halla determinada por su prejuicio fundamental, por aquello que se da por descontado. Así, pongamos por caso, lo que da por sentado la visión científica del mundo es que el mundo es homogéneo, esto es, que no hay dos mundos cualitativamente diferenciados. En cualquier caso, pueden haber dimensiones desconocidas, y esto es algo que podemos fácilmente suponer. Pero esas dimensiones desconocidas no constituyen una genuina trascendencia —no están habitadas por ningún Dios. Así, creemos que aquel que ingiere una dosis de LSD no entra propiamente en otro mundo, sino que sufre una alucinación. Desde nuestros prejuicios o presupuestos no hay otro mundo en el que entrar. En cambio, un antiguo chamán hubiera aceptado que ve lo que ve porque se ha tomado peyote. Pero hubiera añadido que solo porque toma peyote puede cruzar la puerta que nos separa del más allá. Si ve lo que ve es porque hay algo que ver. En su mundo se da por descontado que hay, precisamente, otro mundo, como hoy en día damos por descontado lo contrario. No hay modo de determinar desde un punto de vista exterior o imparcial cuál de las dos cosmovisiones está en lo cierto. Como decíamos, mundo y cosmovisión van de la mano. No hay mundo objetivo por debajo de las diferentes cosmovisiones que podamos describir con independencia del prejuicio que determina una visión del mundo. Ambas cosmovisiones son incomensurables. Hay una ruptura epistemológica entre su mundo y el nuestro. En este sentido, no hay visión que no posea una carga teórica. Ver es, en cualquier caso, ver como. Ver es saber qué se está viendo. Y este qué está determinado por el apriori del prejuicio, el cual está, como decíamos, al servicio de un interés. Así, la visión científica del mundo, la cual pasa por objetiva, no pretende otra cosa que el dominio técnico del mundo. Pues donde no hay nada sagrado —nada que represente una supuesta trascendencia— todo es susceptible de ser explotado. Incluso donde nos encontramos frente a algo que no sabemos qué pueda ser, lo que sí sabemos, cuando menos, es que se trata de algo otro ahí. Podríamos decir que la interpretación va con la visión. Todo se nos da de un modo particular. Y el modo de ser, en último término, se encuentra determinado por lo supuestos de una cultura o época. De ahí que Nietzsche diga que Dios ha muerto y no simplemente que ahora nos hemos dado cuenta de que Dios no existe —y nunca ha existido. Que Dios haya muerto significa, por tanto, que en nuestro mundo Dios no tiene cabida como Dios. Pues aun en el caso de que topáramos con el creador, este no sería mucho más que una inteligencia creadora. No hay diferencia formal entre un Dios creador, tal y como lo entiende habitualmente un creyente, y un extraterrestre que se hubiera entretenido creando nuestro mundo por aquello de experimentar.

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