relativismo moral

abril 20, 2017 Comentarios desactivados en relativismo moral

Podríamos creer que el hecho de que no haya un consenso sobre la mejor vida para el hombre tiene que ver con la inexistencia de razones que demuestren de una vez por todas que es lo que el hombre debería hacer consigo mismo. Sin embargo, que no parezca que existan dichas razones no es tanto la causa como la consecuencia de suponer que lo originario del hombre —lo que define su humanidad— es la libertad y no un fin natural que deba ser realizado. Para Aristóteles, pongamos por caso, la finalidad del hombre es la vida contemplativa, la vida del sabio, aun cuando admitiera también que, para el común de los mortales, bastaba con vivir con un sentido de la prudencia. Nadie hoy en día se atrevería a decir que una vida dominada por el deseo más o menos elemental —una vida incapaz de diferenciar entre lo que uno desea y lo que uno quiere en realidad— es una vida equivocada. La libertad griega es, en definitiva, una liberación de sí mismo, una libertad que se comprende como dominio de sí, precisamente, para perseguir lo que en verdad importa o es digno de ser alcanzado, teniendo en cuenta quienes somos… en tanto que humanos. Pero hoy en día esto del dominio de sí suena a represión. Es por esto que modernamente la libertad se entiende como la libertad de hacer lo que uno desea o cree que debe hacer y no una libertad para realizar aquello a lo que el hombre está destinado. En este sentido, no es casual que a menudo no sepamos qué decirle, más allá de cuatro tópicos, a quien prefiere las muñecas hinchables a las mujeres de carne y hueso, si eso es lo que le hace feliz. Quizá nos atrevamos a decirle que no es lo normal o que no ha madurado lo suficiente. Pero difícilmente podremos justificar nuestro juicio apelando a lo que es propio de la naturaleza humana. Difícilmente nos atreveremos a decirle que una muñeca hinchable no puede hacerle verdaderamente feliz —que si se contenta con ella es porque ha cercenado su humanidad; que quizá pueda desearla o apetecerle, pero que no puede en realidad quererla. Nuestra concepción de la libertad no admite una crítica del deseo, cuando menos porque damos descontado que el deseo es legítimo, siempre y cuando, su satisfacción no impida que los demás puedan realizar su propio deseo. Pero, desde la óptica de la Antigüedad, no todo deseo es legítimo. Pues, uno siempre es esclavo de lo que desea. Un deseo es un implante, aun cuando nos identifiquemos, equivocadamente, con él. Hay deseos que pervierten aquello a lo que el hombre, en cuanto tal, está destinado, en última instancia, aquello que se encuentra por encima de él, como quien dice. No es lo mismo identificarse con lo que uno desea que con lo que uno quiere, al menos porque lo que reclama nuestra adhesión —nuestra voluntad— no es algo que podamos alcanzar. La integridad —el ser de una pieza, en definitiva, el carácter— no es posible en relación con lo que deseamos, sino solo con respecto a lo que exige una entrega incondicional. Y lo que exige dicha entrega es algo que siempre se ubica más allá de donde nos encontramos. De hecho, con respecto a lo que queremos en realidad, cuanto más cerca, más lejos. Pero esta distinición entre lo que deseamos y lo que debe ser perseguido, si pretendemos llegar a ser quienes en verdad somos, hace tiempo que ha dejado de ser un lugar común. De ahí que nos cueste decirle al chico de la muñeca hinchable que lo que está en juego no es si tiene o no derecho a preferir lo que prefiere, pues modernamente lo tiene, sino qué tipo de sujeto estamos llamados a ser. No juegan la misma liga, quienes prefieren estar con una muñeca que aquellos que ven en la mujer un alma que nunca llegará a poseer aun cuando la abrace intensamente. En último término, no hablamos de preferencias distintas, sino de la diferencia entre el hombre y la bestia.

 

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