King Kong

abril 19, 2017 Comentarios desactivados en King Kong

El otro día volví a ver la versión de Peter Jackson de King Kong. Como es sabido, se trata de una variante del mito de la Bella y la Bestia. King Kong representa la fantasía femenina por excelencia: una bestia que come de su mano. En este sentido, la escena final resulta significativa: Kong muere despeñado, y en su lugar aparece el poeta. La mujer ha realizado su deseo, transformar a la bestia. El problema es que una bestia domada deja de ser una bestia. De ahí que la fantasía femenina, la que representa su deseo, sea insatisfacible. Si tiene a la bestia, no tiene al poeta. Y al revés, si tiene al poeta, no tiene a la bestia. La idea de que Kong sea una bestia de una sola mujer es, de hecho, un imposible. Pues si se trata de una bestia, con una mujer no tendrá suficiente. Ahora bien, el mito de Kong también apunta a la fantasía del hombre. Pues no hay bestia que no quede hechizada por el encanto de la mujer pura. Con todo, si cae en el hechizo y, en consecuencia, llega a comer de su mano, será porque la mujer pura se halla bajo su dominio. Sin embargo, dominio es poder y el poder no se ejerce sin víctimas. De ahí que la fantasía de la bestia, una vez consigue poseer a la bella, exija dejar una puerta abierta. Esto es, la fantasía de la bestia dinstingue entre la mujer necesaria y la contingente, como decía Sartre, o en términos más directos, entre la madre y la amante. El problema es que la madre no aceptará la existencia de la amante —o la amante, si ha habido conexión, no aceptará ser tan solo una mujer contingente. Por eso el deseo del hombre es igualmente insatisfacible. Ambas fantasías, la de la mujer y la del hombre, solo pueden realizarse ocultamente, esto es, mintiendo o traicionando al poeta o a la madre. El deseo sexual no logra satisfacerse por completo, si no es renunciando, como quien dice, a la integridad. Quizá por eso Lacan defendía que no había propiamente relación sexual. O lo que viene a ser lo mismo, hombre y mujer no pueden encontrarse en el deseo. Pueden quizá creerlo, por aquello del chute emocional, pero en verdad no hay encuentro, sino en cualquier caso malentendido. Ambos deseos son incompatibles. De ahí que hombre y mujer tan solo lleguen a encontrarse tras la quiebra de la fantasía y, por consiguiente, como esos indigentes que ya son incapaces de creer en su propio deseo. No es casual que los griegos distinguieran entre eros y agape.

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