el despertar

abril 19, 2017 Comentarios desactivados en el despertar

Hay niveles de conciencia. La habitual —la que nos extraña del mundo, la que conduce a un yo acentuado— y la profunda, por olvidada. Esta última la alcanzamos fácilmente en los momentos de entrevela, aquellos en los que, por ejemplo, sentimos a flor de piel lo sobrecogedor de hallarnos en medio de una habitación. Es la conciencia de quien aún no ha levantado los muros protectores del yo, los muros que nos permiten reducir la naturaleza inaprehensible de lo real a lo que puede ser dominado. La conciencia profunda es una conciencia hecha cuerpo, por decirlo así, la que hace posible entrar en comunión con lo que nos sobrecoge. Las técnicas espirituales, sobre todo las de procedencia oriental, pretenden, en definitiva, recuperar el estado primordial de la conciencia, permanecer en la medida de lo posible ahí. Evidentemente, aquí no hace falta suponer la existencia de ningún Dios personal. Basta con hablar del espíritu de interconexión, como hace Paul F. Knitter con razón. Sin embargo, la otra conciencia, la que reposa sobre un yo robusto no es algo que podamos despreciar sin arrojar al niño con el agua sucia. Pues es la conciencia que nos abre los ojos, aunque no necesariamene, al sufrimiento indecente de tantos y nos convierte en su rehén. Tanto en un estado de conciencia como en el otro, hay desnudez. Es la desnudez que acontece ante lo sobrecogedor. Pero, a pesar de su aire de familia, no se trata de la misma desnudez. O nos desnudamos, por decirlo así, ascéticamente, o somos desnudados por la impiedad del mundo. Lo que tenemos presente en ambos casos no es lo mismo. En el primero, tenemos presente el carácter sobrecogedor del milagro, de que haya algo en vez de nada. En el segundo, el carácter sobrecogedor de la impiedad de los hombres. Reunir ambos estados de conciencia está al alcance de muy pocos. Job, por ejemplo (y no es casual que Job sea, en realidad, un personaje, una figura paradigmática). Pues, lo que se le revela a Job es, precisamente, que el asombro y el escándalo son las dos caras de una misma moneda. Donde nos quedamos solo con lo primero —o solo con lo segundo— no podemos evitar el lado oscuro de cada uno de los dos estados de conciencia. Donde solo apuntamos a la conciencia que supone la disolución de los límites que circunscriben al yo —donde solo nos quedamos con el asombro, aunque sea teñido de piedad—, la alteridad con la que entramos en comunión carece de rostro. Pero donde solo nos quedamos con lo segundo, es posible que no podamos ir más allá del compromiso ético, aunque sea con la excusa de Dios. Es posible que, al fin y al cabo, partir del asombro o del escándalo sea una cuestión de carácter o, si se prefiere, de sensibilidad cultural. Pero, por eso mismo, quizá la vida espiritual consista en tensar la propia existencia hacia el otro polo —o cuando menos tenerlo vivamente en cuenta. Con todo, es muy difícil para una sola existencia. De ahí que la presencia del espíritu no sea una asunto personal, sino, en último término, comunitario.

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