paradise

abril 13, 2017 Comentarios desactivados en paradise

Si una hoja de parra no ocultara nuestra desnudez, difícilmente podríamos ir más allá del instinto. Pero no porque la hoja represente nuestra altura moral, sino porque seríamos incapaces de desear un cuerpo. Deseo y prohibición, como sabemos, van de la mano. Un deseo es siempre un deseo de transgresión, de cruzar la línea divisoria. Un animal incapaz de avergonzarse de sí mismo es impotente: su modo de ser no se dirige a lo posible, a ningún más allá. Nada hay en él que apunte a lo extraordinario, nada que exija una salida de lo prosaico. De ahí el prestigio de lo oculto, como si el deseo fuera la antesala de una revelación. Como si la frontera que nos separa de lo biológico fuese la que linda con una trascendencia que necesariamente se presenta como tierra prometida, como una oferta de redención. Aun así, el deseo es siempre una falsa promesa. Cuando menos porque una vez realizado, no podemos evitar preguntarnos, erosionados por la decepción, si acaso eso no será todo. Y puesto que no logramos soportar permanecer encerrados en los límites de lo visible, fácilmente llegamos a concebir la distinción entre lo falso y lo verdadero —entre las vanas promesas del deseo y el anhelo de algo nuevo que no sea una simple novedad. Solo que para que el anhelo pueda perdurar —para que pueda seguir distinguiéndose del mero deseo— su objeto debe permanecer como un eterno más allá, como esa alteridad que no cabe alcanzar, incluso donde llegamos a intimar con el cuerpo del otro.

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