orar en Egipto

abril 11, 2017 Comentarios desactivados en orar en Egipto

Martin Buber decía que el sujeto moderno, a la hora de dirigirse a Dios, no podía evitar preguntarse sobre el sentido de lo que estaba haciendo. Nuestra dificultad para orar sería así la expresión de nuestra dificultad para admitir un Dios que se encuentra tras la línea telefónica. Donde el fantasma bueno que suponemos que es Dios no se da por descontado, el coloquio espiritual resulta, cuando menos, problemático. Uno no puede dejar de sospechar que dicho coloquio quizá tenga más que ver con su necesidad de un amigo invisible que con la realidad de Dios. La oración sería, pues, un asunto psicológico antes que religioso. Sin embargo, nuestra actual resistencia a las prácticas devocionales de la tradición puede que suponga una oportunidad para recuperar el sentido bíblico de la oración. En los orígenes, la relación con Dios —tanto en lo relativo al culto como a la invocación— no era posible sin la mediación de quién era capaz de Dios, en principio el elegido y, con el tiempo, el sacerdote. Podríamos pensar que la fe del creyente de a pie era, por eso mismo, menos auténtica. Pero nos equivocaríamos de pensarlo. De hecho, es al contrario. Muy pocos son capaces del Dios que se hace presente como el ausente. Muy pocos pueden soportar sobre sus espaldas el peso de su extrema trascendencia. Pues un Dios que quepa imaginar no deja de ser un falso Dios, un ídolo, un dios pagano. De ahí que si podemos confiar en un Dios que no aparece como dios es por el testimonio de quienes no son mucho más que su invocación de Dios. Si crees yo soy; pero si no crees no soy, dice un dicho talmúdico. Un Dios que no se haga presente en el cuerpo doblegado del creyente no vale como Dios. Ahora bien, cristianamente, no hay otro sacerdote que el crucificado. Nuestra experiencia de Dios es la de aquel que murió como un abandonado de Dios y, con todo, le fue fiel. La idea de fondo es que nuestra fe no es nuestra, sino de aquel que ha llegado a creer. Algo de esto quiso decirnos Pablo cuando defendía la sola fide. Pues la fe que nos salva es la fe de Jesús, no la nuestra. Mejor dicho, si nosotros, hombres y mujeres lo suficientemente satisfechos, creemos no es porque hayamos experimentado directamente a Dios, cosa la cual supondría algo así como un tomar en nombre de Dios en vano, sino porque el crucificado creyó por nosotros, como quien dice. Y creer, cristianamente hablando, es siempre creer sin Dios mediante. Como creyó el que fue colgado como maldito de Dios. Creemos por adhesión. Algo parecido ocurre con la oración. Quienes aún confíamos en nuestras posibilidades somos incapaces de orar. Por eso fácilmente nos decantamos por la meditación —y por la divinidad impersonal a la que, por lo común, apunta. Nos parece más auténtico. Sin embargo, cuando uno se encuentra con aquel que no es mucho más que un cuerpo arrodillado —un cuerpo, como decíamos, doblegado por el peso de un Dios en falta— resulta difícil no arrodillarse junto a él. El cuerpo que ha quedado reducido a la invocación hace creyentes, por decirlo así. Hay en ese cuerpo mucha verdad, probablemente, la última verdad. Así, si nos preguntamos qué estamos haciendo al orar, tan solo deberíamos desplazarnos a Alejandría o a Tanta y ponernos junto a esos cristianos coptos que han perdido a sus padres, hermanos o hijos en la matanza del ISIS. O, cuando menos, compadecernos de ellos, en el sentido literal de la expresión, el de padecer con, a la hora de dirigirnos a Dios.

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