eidōlon

abril 10, 2017 Comentarios desactivados en eidōlon

En griego, eidōlon significa imagen o fantasma. Un ídolo —la traducción castellana de eidōlon— sería, desde una óptica bíblica, una imagen de Dios, un Dios en apariencia, un falso Dios. Con todo, la uso peyorativo de eidōlon tan solo lo encontramos en los textos judíos o cristianos. Para el paganismo la divinidad se halla presente en su imagen. Un devoto entra en comunión con la divinidad por medio de su expresión sensible. Se trata de algo natural, desde el punto de vista de una experiencia inmediata de lo sagrado, la cual se articula a través del principio de simpatía. Así lo entendemos hoy en día, pongamos por caso, con respecto a aquellas cosas que han quedado tocadas por el pariente muerto: el mechero que tu padre te entregó antes de morir se carga, si eres lo suficientemente sensible como para verlo, con el aura de lo santo. Ese mechero conserva, por decirlo así, la presencia del ausente, del invisible. El mechero de tu padre es algo más que una cosa útil. Sigues en comunión con tu padre en la medida en que preservas la santidad del mechero —en la medida en que lo apartas de la erosión propia del uso. Deberíamos entender la crítica bíblica a la idolatría desde la legitimidad religiosa del culto a las imágenes de Dios. Pues dicha crítica resultó, cuando menos, algo extraño, por no decir insultante, para quien poseía una típica sensibilidad religiosa. Sencillamente, que Dios en verdad no admita imágenes —que Dios no se manifieste sensiblemente en su imagen— es ininteligible para quien da por descontado que el mundo está lleno de dioses. Que no haya otra imagen de Dios —otra huella— que la de aquel que no goza del amparo de ningún Dios supone decir que lo que entendemos religiosamente por Dios no es en verdad Dios. Que no haya otra comunión con Dios que la que acontece donde compartimos el pan con el hambriento; que el sin Dios  —el impuro, el que huele mal, el degradado por la impiedad de los hombres—  sea el que ocupa el lugar de un Dios ausente, lo único en verdad sagrado o intocable, es algo que debería, cuando menos, poner entre paréntesis la devoción por el Dios que, según imaginan todavía muchos, habita en lo más profundo de la intimidad como una especie de colchón espiritual. Pues es posible que hayamos hecho, sin darnos cuenta, el cambiazo, y así, en vez de un ídolo de piedra, tengamos uno hecho a base de efluvios, dando por sentado que nuestra fe es, por ello, más auténtica. Pero tan solo ingénuamente podemos creer que un efluvio es más verdadero que una piedra.

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