la jaula de hierro

marzo 30, 2017 Comentarios desactivados en la jaula de hierro

Hemos sido fácilmente convencidos de que el mundo occidental es el mundo libre. La sociedad liberal es aquella en la que la libertad ocupa el centro de la vida política como antiguamente lo ocupaba las prescipciones de la divinidad. Esta es nuestra convicción —nuestro lugar común. Pero también nuestra ilusión. Pues si lo pensamos bien, nos pasamos media vida en ese régimen carcelario que es la escuela para luego entregarnos a jornadas laborales de doce horas como quien no quiere la cosa. Ciertamente, nos hemos acostumbrado a ello. Pero que nos hayamos acostumbrado a la prisión no significa que no estemos en una prisión. Un zulú, pongamos por caso, difícilmente entendería que nuestro modo de vida es el propio de hombres y mujeres libres. Si adoramos la libertad —si la consideramos sacrosanta y, por consiguiente, intocable— es porque, de hecho, nos falta. Ocurre aquí como el moderno culto al cuerpo: que más que expresar nuestro amor hacia el cuerpo, indica nuestro desprecio del mismo. Pues lo que revela dicho culto es que tan solo podemos aceptar un cuerpo, si es perfecto. Y esto es muy distinto que amar un cuerpo. Nuestra libertad es, en el fondo, la del consumidor. Nos creemos libres porque en el super podemos elegir entre diferentes marcas de mayonesa. Nos sentimos libres si, durante el tiempo de ocio, podemos comprarnos unas cuantas cuches. Pero no es lo mismo sentirse libres que ser libres. No es lo mismo poder hacer lo que uno desea, que hacer lo que uno quiere. Al menos, porque lo segundo no es posible sin trascender el horizonte del deseo. Aun cuando de entrada deseemos lo que podamos llegar a querer, lo cierto es que lo querido se da siempre, en último término, como lo que reclama de nosotros una respuesta, una entrega, una voluntad, en definitiva, un atarse al mástil. Y esto resulta cuando menos hostil para quien ha sido educado en la cultura que entiende la libertad como satisfacción del propio deseo. De hecho, nadie es libre con respecto a lo que desea. Al fin y al cabo, un deseo es un implante. Nuestro error consiste en identificarnos tan fácilmente con él.

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