enseñar a pensar

marzo 25, 2017 Comentarios desactivados en enseñar a pensar

En la mesa de al lado, mientras estoy tomando un café, unas mujeres de mediana edad y de clase alta hablan de las escuelas de sus hijos. Una de ellas se refiere a la importancia de que una escuela enseñe a pensar. Cierto. No hay quien prefiera que sus hijos acaben siendo unos estúpidos. Sin embargo, no tengo claro que sepan a ciencia cierta de lo que están hablando. Pues, aun cuando cualquiera de ellas esté dispuesta, por lo que parece, a comprar el producto, diría que no todas están dispuestas a pagar el precio. Me atrevería a decir que lo que de hecho quieren es que sus hijos sepan pensar… sin que tropiecen por el camino. Comprensible. Pero nadie dijo que pensar fuera fácil. De hecho, cuesta y mucho. Lo fácil es dejarse llevar por lo que se dice, el tópico, la opinión común. Aprender a pensar es aprender a hacer, cuando menos, buenas preguntas. Y las buenas preguntas te obligan, por lo común, a nadar contra la corriente. Y ello no es posible sin musculatura. Aprender a pensar es como aprender a jugar al ajedrez. Una cosa es conocer las reglas e incluso poder resolver algunos problemas básicos y otra ser capaz de jugar —y ganar— una partida de un cierto nivel. Y para llegar a jugar bien, uno ha de estar dispuesto a perder unas cuantas partidas. En realidad, bastantes. Y aquí está el problema: que queremos viajar en primera con billete de segunda. Resulta difícil enseñar a pensar donde lo que se da por descontado es que el chico debe aprender a pensar, mientras se divierte. Esto es, donde se presupone que esto de picar piedra es de la vieja escuela. Aprender a pensar no es cuestión solo de procedimientos, sino también, y quizá sobre todo, de actitud. Uno ha de estar dispuesto a volver sobre lo hecho una y otra vez, aunque tampoco hay que pasarse de rosca, cuando menos porque también necesitamos algún logro —alguna zanahoria— durante el trayecto. Sin embargo, resulta difícil perseverar donde lo que se da por descontado es que sin pasarselo bien no hay aprendizaje que valga. Si de lo que se trata es de preparar al chico para la vida que le espera, no me parece que sea una buena política no educarle en la cultura del esfuerzo. Esto parece obvio, pero en las escuelas de vanguardia hablar de la necesidad de picar piedra es casi una herejía. Ciertamente, la mayoría de los chicos de hoy en día no están dispuestos a esforzarse demasiado. Viven rodeados de estímulos que ofrecen una gratificación casi inmediata. Y así no es casual que el trabajo que exige la etapa escolar se les presente como una especie de palo entre las ruedas. De ahí que a la mínima tiren la toalla. Pero no les hacemos ningún favor donde les ponemos las cosas demasiado fáciles, creyendo que así nos hemos adaptado a los nuevos tiempos. Más aún: no les hacemos ningún favor donde no damos por sentado que el objetivo es saltar el listón. Pues donde de lo que se trata es solo de intentarlo, entonces, con el tiempo, dejamos de intentarlo. No es lo mismo fracasar, por decirlo así, donde tenemos claro que hay que saltar el listón que fracasar donde no lo tenemos claro. En el primer caso, fracasar no es fracasar. En el segundo, ya fracasamos de entrada, aun cuando nos den una palmadita en la espalda. Es verdad que hay que tener en cuenta donde se encuentran los chicos de hoy en día, pues de lo contrario la enseñanza cae en saco roto. Sin embargo, el centro no es el alumno, sino lo que hay que aprender (y esto, como debería ser obvio, no es lo mismo que lo que hay que poder recitar como si fuéramos papagayos). Donde damos por sentado que el centro es el alumno, lo más probable es que el alumno se lo acabe creyendo. Y probablemente el resultado será el de un chico que se mira demasiado al ombligo. No deberíamos olvidar que el chico madura donde intenta situarse a la altura del maestro, y no donde el maestro, reconvertido en una especie de instructor, se limita a monitorizar aprendizajes autónomos. Con el tiempo, quizá nos daremos cuenta de que una escuela de vanguardia es más selectiva que una tradicional. Pues, el alumno con capacidades acaba tirando, a pesar de todo, mientras que el alumno medio, el que se mueve entre el cuatro y el seis, termina en la zona del cuatro, aun cuando en su currículum figure un seis o incluso un notable, precisamente, porque nunca tuvo que enfrentarse a la exigencia de un trabajo serio. Pues esto último implica que quien no esté dispuesto a picar piedra, sencillamente, se halla fuera de juego. Y una buena escuela debería hacérselo saber, aunque no solo hacérselo saber. Cuando menos, debería también acompañarle para que fuera capaz de digerir lo que, al principio, parece indigerible. En cualquier caso, el interés por aprender, y en concreto por aprender a pensar, se despierta donde el maestro transmite su saber con pasión. Y no hay técnica o procedimiento que sustituya a la pasión. Como decía Araguren, un maestro se recuerda, no tanto por lo que dijo, sino por lo que encarnó. Y, ciertamente, es difícil que alguien pueda darse cuenta de lo que encarna un instructor.

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