Jacob

marzo 22, 2017 Comentarios desactivados en Jacob

El problema de una aproximación naïve a Dios —una aproximación que da por sentado que Dios es algo así como el osito de peluche que habita lo más profundo de cada uno— es que no se aproxima a Dios, sino a la imagen que satisface nuestra necesidad de un dios mimosín. Dios en verdad se da como la voz imperativa que nos saca de quicio o, mejor dicho, del quicio del hogar. Y la voz de Dios, como sabemos, no es una voz interior, sino la de aquellos que claman por el pan de cada día. En todo caso, la voz interior que escucha el creyente es el eco de ese clamor. Ciertamente, una vez te encuentras en la intemperie, encuentras también la paz de Dios. Pero la paz de Dios no es la que anhela el hombre para sí mismo. La paz de Dios no se halla exenta de in-quietud. No hay que olvidar que, en el Antiguo Testamento, el creyente —el que se encuentra sujeto a Dios— es alguien que se ha visto obligado a pelearse con Dios. Como Jacob en Betel. Nada que ver, por tanto, con los ositos de peluche. Y es que nadie, en su sano juicio, puede preferir encontrarse con el Dios que te arranca de tu posición de confort, como suele decirse hoy en día.

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