neuroteología

marzo 12, 2017 Comentarios desactivados en neuroteología

Parece ser que las experiencias místicas en donde la diferencia entre el yo y el otro se disuelve como azucar en el café, tienen que ver con la inhibición de la parte derecha del área de atención asociativa, ubicada en el lóbulo parietal superior-posterior. El área de atención asociativa se ocupa del sentido orientación, de tal modo que quien, a través de diferentes técnicas, bloquea la entrada de estímulos espaciales va perdiendo gradualmente la capacidad para orientarse corporalmente. ¿Qué se desprende de esta constatación? Algunos dirán que, visto lo visto, la experiencia mística no tiene nada que ver con Dios, sino con la anomalía cerebral. Sin embargo, no me parece que estemos ante una objeción seria, pues presupone que no hay nada ahí afuera con lo que podamos unirnos. En este sentido, un místico fácilmente podría decir que es a través de la anomalía que cabe alcanzar a Dios, o mejor dicho ser alcanzado por Él. Por eso la objeción de fondo que aquí podríamos aquí plantear no es tanto de naturaleza epistemológica como estrictamente teológica. O Dios es el enteramente otro o no. Y si lo es —y bíblicamente lo es—, entonces no cabe algo así como una unión mística, tal y como se entiende por lo común. De ahí que la categoría que quizá exprese mejor la relación creyente con Dios no sea la de la unión, la cual siempre acaba en una especie de fusión magmática, sino la del encuentro o, si se prefiere, la de la comunión. A diferencia de la fusión, el encuentro preserva, al superarla, la distancia de la alteridad. En realidad, buena parte del kerigma cristiano —desde el dogma de la Encarnación hasta la proclamación de Dios como amor— salta por los aires donde el horizonte regulativo de la relación con Dios es el de la experiencia mística de trazo grueso. Donde Dios es algo en lo que disolvernos y no el nombre que tiene pendiente su referente no es posible confesar que el crucificado es el imposible quién de Dios. Del mismo modo que la máxima expresión del amor no la hallamos en el éxtasis de los amantes, sino en el momento en que cruzan sinceramente su mirada. Pues la mirada del otro siempre procede del más allá de sí mismo, de su indigencia o debilidad. El otro es, en última instancia, lo inalcanzable —lo intocable, lo santo— del otro. De ahí el carácter extraordinario del encuentro. Pues donde hay encuentro el otro nos alcanza desde su no ser. Y de ahí que ante el otro solo quepa preservar su alteridad de la amenaza de la muerte o disolución. Nadie en verdad posee el cuerpo que exprime o abraza.

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