de la resurrección, una vez más

marzo 8, 2017 Comentarios desactivados en de la resurrección, una vez más

Creo que nos equivocamos cuando, a la hora de intentar comprender esto de la Resurrección, nos preguntamos qué experiencia hay detrás. Como si pudiéramos recuperarla desde nuestro marco cultural. Si nuestra fe dependiera de que pudiéramos experimentar lo mismo que los testigos de la Resurrección mal andaríamos. De hecho, no es casual que muchos cristianos de hoy en día crean que el lenguaje de la Resurrección es un modo de decir que Jesús continuaba vivo en el fondo de sus corazones o que el proyecto de Jesús seguía en pie. Pero el lenguaje de la Resurrección no es un modo de exponer una vivencia que podría perfectamente traducirse a otro lenguaje. Pues dicha vivencia dependió de lo que los testigos vieron. Y lo que ellos vieron, nosotros no podemos verlo ya, ni siquiera si Cristo se nos apareciese de nuevo. Las experiencias, o al menos aquellas que dependen de lo que sucede, permanecen vinculadas al marco cultural que las configura como tales. Pues toda experiencia es una experiencia de algo —y el algo siempre se determina desde una cosmovisión. Una experiencia sin concepto no deja de ser un cúmulo de sensaciones que nada revelan. Que nosotros no podamos comprender la Resurrección como algo que sucedió no implica que en realidad no sucediera. Tan solo significa que nosotros ya no podemos ver lo que ellos vieron, entre otras razones porque nuestro mundo está muy lejos de ser el de los testigos de la Resurrección. Así, nosotros, fácilmente entendemos que porque Jesús sigue vivo en nuestros corazones, podemos decir que es como si hubiera resucitado de entre los muertos. Pero en realidad para los primeros cristianos las cosas fueron al revés: porque de hecho Jesús había resucitado, pudieron decir que Jesús seguía vivo en su interior. Y, evidentemente, la presencia de Jesús en nuestros corazones no puede ser la misma si partimos de nuestra vivencia, la cual es cuando menos ambigua, que si partimos del hecho de la Resurrección. Ver es, en cualquier caso, un ver como. No vemos cosas y luego las interpretamos, sino que, por decirlo así, la interpretación va con la visión. Toda visión posee una carga teórica. Así, pongamos por caso, nuestro trato con el dinero no es con un trozo de papel al que, posteriormente, le damos un valor. Si nos ponen en la mano un billete de veinte euros, no vemos un trozo de papel, sino que de inmediato vemos dinero. En cambio, para los aborígenes del Matto Grosso, los cuales siguen con el sistema de trueque, nuestra relación con el dinero es sencillamente ininteligible, salvo como superstición. Desde su mundo, observan, no sin perplejidad, que nosotros le damos un valor, en algunos casos infinito, a lo que para ellos no es más que un trozo de papel. Nos quedaríamos soprendidos, si redujeran nuestra experiencia con el dinero a una experiencia genérica del valor. Más aún, nos extrañaría que ellos afirmarán con rotundidad que de hecho en nuestro mundo no hay dinero, sino un modo de expresar lo que ellos experimentan como valor. Evidentemente, no son capaces de ver lo que nosotros vemos cuando tenemos en la mano unos cuantos euros. Pues bien, nuestra relación con el hecho de la Resurrección es análoga a la de esos aborígenes con el dinero. En este sentido, somos incapaces, como decíamos antes, de ver lo que vieron los primeros testigos. Ni siquiera si, viajando en el tiempo, llegáramos a situarnos junto a ellos. Si proclamaron la Resurrección es porque la tumba vacía y las apariciones fueron vistas desde la expectativa del mesianismo apocalíptico, el cual daba por sentado que Dios pondría un punto y final a la Historia con la resurrección de los muertos. El marco de mesianismo apocalíptico hizo inteligible el dato, mejor dicho, hizo posible la vivencia asociada al dato. Las cosas, en realidad, son un poco más complejas, pues parece ser que el mesianismo apocalíptico no contaba, según dicen quienes entienden de estos asuntos, con la muerte y resurrección del heraldo de Dios. Pero, en cualquier caso, los primeros testigos vieron la tumba vacía y las apariciones como el signo de la intervención final de Dios. Tanto la tumba vacía como las apariciones constituyen el correlato objetivo de la Resurrección. Por consiguiente, dado que nuestro marco no es el suyo, nuestra fe no puede depender de que podamos de algún modo reproducir la vivencia que hay detrás de dicho correlato. De hecho, nuestra situación actual es la de los acompañantes del extranjero en el relato de Emaús: algunos dicen que Jesús de Nazareth resucitó de entre los muertos. De hecho, hubo Resurrección, pero no para nosotros. Para nosotros lo que vale es lo que acontece en la Resurrección —lo que el hecho de la Resurrección revela—. Y lo que acontece es la identificación de Dios con el que fue crucificado como maldito de Dios. Esto es, para nosotros lo que vale es el kerigma. Pues lo que confesamos cristianamente es que no hay otro Dios que el que cuelga de una cruz. Que estar ante Dios es lo mismo que estar ante el crucificado. Que responder a Dios es lo mismo que responder al perdón que desciende de una cruz. Que Jesús es el quién de Dios. En definitiva, que aquel que murió como un abandonado de Dios es el Señor. Ciertamente, las primeras generaciones no habrían proclamado el kerigma sin el suceso de la Resurrección. Pero el kerigma, por decirlo así, desborda el esquema categorial que constituyó su condición de posibilidad. La Resurrección sin kerigma es ciega, esto es, no va mucho más allá de lo que para el mundo del mesianismo apocalíptico era posible. Pero también es verdad que el kerigma sin Resurrección es gnosticismo de la cruz. Pues no caemos en la cuenta del alcance de la Resurrección, si la entendemos solo como la ocasión de una lectura de lo que sucedió en el Gólgota. La Resurrección como acontecimiento revela no solo el comienzo de los tiempos finales, sino sobre todo la identificación entre Dios y el crucificado. Desde la óptica de la Revelación, Encarnación y Resurrección son las dos caras de una misma moneda. Y lo que la identificación de Dios con el crucificado significa es que Dios se entrega a los hombres como hombre para que el hombre pueda ser rescatado por Dios. Ahora bien, este rescate depende en última instancia de la respuesta del hombre al descenso —la caida— de Dios. De ahí que Pablo dijera que solo se hallan ante Dios —o justificados por Dios— quienes confiesan al crucificado como Señor y obran en consecuencia. Que Dios se ponga en manos de los hombres supone que Dios no termina de ser Dios donde los hombres siguen sin responder a la demanda que nace del perdón del Hijo de Dios. De ahí que la Resurrección no termine de acontecer mientras haya quienes pasamos de largo. Pues el final de la Resurrección es el Reino de Dios. En cualquier caso, el kerigma supone algo así como la implosión de la típica mentalidad religiosa que da por descontada la infranqueable distancia entre el hombre y la divinidad. Sin embargo, del kerigma cristiano tampoco se desprende que Dios habite en lo más profundo del hombre como una especie de chispa divina. Como si, en el fondo, se tratara de desprendernos ascéticamente de la crosta del egoísmo para que esa chispa brille como tiene que brillar. Desde un óptica cristiana, la respuesta a la pregunta por si hay Dios no puede ser otra que la siguiente: ya sí, pero todavía no. Pues que haya Dios o no depende de la respuesta del hombre al perdón de aquel que clavamos en un madero. Esto es lo que tiene un Dios que se pone en manos de los hombres para que pueda darse como el Señor. Cristianamente, Dios, al margen del crucificado, es una entelequia. Y esto es de por sí algo incomprensible para la mentalidad típicamente religiosa (y más si el Hijo terminó muriendo como murió). Por tanto, si podemos creer en lo mismo que los primeros cristianos es porque el kerigma cristiano, en última instancia, no puede reducirse a la cosmovisión que hizo inteligible la Resurrección como prodigio. Cuando menos, porque dicho kerigma, al proclamar que Jesús es el quién de Dios, coloca una carga de goma 2 en la línea de flotación del marco conceptual que lo hizo posible. Otro asunto es que pasaría con las víctimas del pasado si finalmente los hombres llegáramos a vivir como hermanos en el Espíritu del Dios. Sobre el papel, tendrían que recuperar la vida que les fue arrancada injustamente. Y esto resulta difícil de entender sin la intervención ex machina del cordero de Dios. Pero, ciertamente, este es otro asunto. Ahora bien, es tan im-posible —tan increíble— la resurrección de las víctimas del pasado como que al final viviremos como hermanos. Y lo imposible es, por defecto, lo que puede comprenderse como una posibilidad del mundo. Mientras haya mundo, los muertos no pueden resucitar, ni los hombres vivir fraternamente. En este sentido, el final de los tiempos es lo impensable del kerigma. Estricta u-topia. Pero en nombre de Dios —de la vida que nos ha sido dada desde el tzimzum de Dios— es lo que debe acontecer, aunque no podamos imaginar el cómo sin falsificar el qué. Y aquí quizá valga aquello de la sola fide.

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