metáforas del Juicio

febrero 1, 2017 Comentarios desactivados en metáforas del Juicio

Que no nos sintamos sub iudice, ni siquiera cuando recitamos aquello de que “volverá con gloria para juzgar a vivos y a muertos”, es de por sí el síntoma de que ya no nos encontramos ante Dios, ni siquiera como creyentes. Así, para intentar cuadrar el kerigma cristiano con nuestras dificultades con el Dios bíblico, fácilmente decimos que, en el fondo, lo que se proclamó en su momento, por medio de un lenguaje que hoy en día nos resulta ciertamente hostil, es que Dios nos interpela con la mirada de los excluidos, y que, con todo, prevalecerá la misericordia de Dios. Por consiguiente, no habrá condena. Dios, por decirlo así, mantendrá el mundo pendiente de un hilo hasta que el último hombre se convierta a la bondad. El credo deviene así metáfora. Y, sin duda, esto resulta consolador. Pero no es esto lo que confesaron los primeros cristianos. Pues, una cosa es la interpelación —que la hay— y otra el juicio. Cristianamente hablando, nos equivocamos, pues, donde creemos en una interpelación sin creer al mismo tiempo que podemos condenarnos a una eternidad sin piedad. Nos equivocamos cuando reducimos el juicio a la interpelación. Por otro lado, la fe en la resurrección de los muertos, la cual también declaramos con facilidad insultante, creyendo quizá que de lo que se trata es de la inmortalidad de las almas, va de la mano de la esperanza en un Juicio Final. Al menos porque lo que hay detrás de dicha fe es la convicción de que el triunfo histórico de los opresores no constituye una última palabra —que en nombre de un Dios que se identifica con los dejados de la mano de Dios, las cosas no pueden terminar con la derrota de los oprimidos. Si hay Dios, al final nos veremos las caras con Él. Si hay Dios, entonces incluso los muertos deben resucitar para que puedan pasar cuentas con el que se tomó un tiempo de descanso. Y deben resucitar porque, y esta es la convicción de Israel, no somos nada donde no vamos de la mano de nuestro cuerpo. Es verdad que cristianamente lo que nos sitúa sub iudice no es tanto el mandato del Padre como el mandato que se desprende del perdón maternal de Dios, el que se ofrece como el perdón de un crucificado en nombre de Dios. Pero que el perdón vaya por delante no nos libra de nuestra responsabilidad para con los estómagos del hambre. Dar por sentado que, en definitiva, no habrá juicio —que no nos hallamos, aquí y ahora, en la encrucijada que decide entre la vida y la muerte eternas— es, de hecho, el síntoma de que, ni siquiera para quienes creen que creeen, no hay Dios que valga (y de paso el síntoma de que nuestra existencia carece de seriedad). Y si no hay Dios que valga, entonces tanto da, salvo sentimentalmente, que el verdugo se salga con la suya. Que la vida —y no ya simplemente nuestra felicidad— dependa de que el pobre sea o no nuestro Señor es algo que difícilmente podemos admitir, a menos que nos encontremos en los tiempos de Dios, aquellos en los que, precisamente, y sometidos a una violencia sin cuartel, Dios no aparece por ningún lado. Al menos, como dios. Pues, en tanto que no aparece como dios —como deus ex machina—, podemos encontrarnos sujetos por entero al imperativo divino de la compasión. Y es que Dios se hace presente en la historia como voluntad —como mandato, como Ley—, aunque también es cierto que se incorpora en aquellos que la cumplen (y la cumplen, de hecho, sin Dios mediante). Nihilismo significa, en último término, que desde el punto de vista de una eternidad sin Dios, las masacres de la Historia se encuentran en el mismo plano que la bondad. Y ello aun cuando emocionalmente nos sintamos del lado de las víctimas.

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