sobre la búsqueda de Dios

enero 13, 2017 Comentarios desactivados en sobre la búsqueda de Dios

Dios no se encuentra al final de nuestras búsquedas religiosas. Dios no es la cima o la profundidad que debamos alcanzar por medio de nuestro esfuerzo ascético. En cualquier caso, ese Dios es un Dios a la medida de las urgencias espirituales del hombre, esto es, un falso Dios, un Dios que se muestra como una especie de divinidad interior, a la espera de que el hombre se desprenda de la costra de egoísmo que la encubre. Pero lo que decimos cristianamente no es que el hombre pueda reconocerse en Dios, sino que Dios quiso reconocerse en el hombre (o, mejor dicho, que si el hombre puede encontrarse a sí mismo como hijo de Dios no es porque sea, en el fondo, divino, sino porque Dios se identificó con el hombre). Dios, por tanto, no se halla en lo más profundo del hombre o en las cimas de la existencia. La exterioridad de Dios es radical. Dios, en verdad, interrumpe nuestra existencia con la llamada que reclama nuestra respuesta incondicional, nuestra entrega. Y ya sabemos cómo Dios nos llama: con el llanto de los abandonados de Dios, de aquellos cuyo cuerpo soporta, precisamente, la extrema trascendencia de Dios. Un creyente no es aquel que busca a Dios porque sienta la necesidad de Dios —porque le gusten las cosas de Dios—, sino aquel que viene de Dios, por decirlo así. Dios está, pues, en el origen de nuestra espera de Dios. Mejor dicho, si cristianamente buscamos a Dios es porque hubo Dios, porque Dios al interrumpir nuestra existencia, dió un paso atrás. Mejor dicho, si interrumpe nuestra existencia es porque dió ese paso atrás. Cristianamente, buscamos un Dios que se nos dió desapareciendo del mapa. Como acabamos de sugerir la búsqueda cristiana de Dios es, propiamente, un permanecer a la espera de Dios, un aguardar su regreso —y ello sin que podamos dar ese regreso por descontado—, mientras obedecemos a su voluntad, al mandato que se desprende de su contracción. Como proclamó Israel al pie del Sinaí: primero obedeceremos y después comprenderemos (si es que hubiera algo que comprender).

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