la mamma

enero 8, 2017 Comentarios desactivados en la mamma

Quizá el punto de partida a la hora de pensar la subjetividad sea el hecho de que, en tanto que podemos decir yo, nunca nos acabamos de encontrar en donde estamos. Un yo es un desplazado de sí —de su mundo o circunstancia, incluyendo aquí al cuerpo y sus preferencias, aquellas con las que tan fácilmente nos identificamos. Un yo, en lo más hondo de sí mismo, siempre juega al solitario. O, por decirlo de otro modo, un yo en los momentos de soledad, por otra parte tan raros como difíciles, siempre esta frente a un Tú que permanece como alguien eternamente pendiente, como aquel que está por ver. El Tú que reclama nuestra soledad es, en definitiva, un estricto deber ser. En cualquier caso, lo dicho: nunca nos hallamos del todo en el lugar en el que arraigamos. Siempre a medias o hasta cierto punto. Es por ello que la cuestión de la subjetividad se plantea como la cuestión de la integridad, de cómo llegaremos a ser de una pieza, la cuestión, en definitiva, de la sinceridad. Esto es especialmente claro —o debería serlo— en lo que respecta a nuestras verdades. Aparentemente se trata de convencer al otro, pero es muy posible que de lo que se trate es de convencernos a nosotros mismos. Así, el sacerdote puede declarar que el solo vive para Dios. O el heroinómano, despojado ya de cualquier resto de humanidad, puede creer que tan solo le queda vida para entregarla a los demás. O el músico cuya obsesión sea Bach probablemente esté convencido de que no pretende otra cosa que desentrañar su secreto. Pero todos mienten. La integridad que mostramos —nuestra identificación con las verdades que pregonamos— es, en cualquier caso, problemática, por no hablar de impostura o farsa. Pues si es cierto que estamos hechos de capas, la verdad que confiesa el yo más consciente de sí mismo probablemente sea una coraza, un muro de contención de los temores —el desamparo— del niño que seguimos siendo. Incluso donde lo que confesamos es que, en el fondo, nunca dejamos de ser los huérfanos que fuimos. El juego de la verdad, a pesar de sus pretensiones, no está tan lejos del común baile de máscaras. Proclamar la verdad es seguir con la cháchara de todos los días, aunque sea sofisticadamente. Ya que la verdad siempre es proclamada por un yo que, en cuanto tal, difiere de la verdad. Esto no significa que no haya verdad, sino que el hombre no puede poseerla. Cuando menos, en tanto que de lo que se trata con respecto a la verdad no es propiamente de reconocerla, cosa que sí podemos hacer, al menos hasta cierto punto, sino de un caer en la cuenta. Y cuando uno cae en la cuenta se queda sin palabras. Pues el síntoma del caer en la cuenta es el silencio, mejor dicho, el asombro o estupor —el temor y temblor— del niño que llevamos dentro. Podemos suponer, por tanto, que incluso Sócrates, en el momento de morir, experimentó un estremecimiento que, de algún modo, impugnaba la serenidad de sus últimas palabras. Resulta por tanto inútil preguntarle por la verdad a quien está a las puertas de la muerte. Diga lo que diga, sigue siendo alguien que no es de fiar. De hecho, un moribundo, de ser honesto, nos dará la callada por respuesta. Pues, si lo que acabamos de decir es cierto, nos iremos tal y como vinimos, con las manos vacías, esto es, como aquellos a los que les falta, precisamente, ser. De ahí que el sello de un caer en la cuenta, como comprendió perfectamente Israel, no sea una mayor coherencia interior, sino la obediencia —la fidelidad— al mandato que se desprende de la revelación. Y ello por ser quienes somos —por nuestra irreparable insinceridad.

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