de los títulos nobiliarios

enero 4, 2017 Comentarios desactivados en de los títulos nobiliarios

Un rey es lo que representa. Un rey, en cuanto tal, hace presente la realeza. Pero un rey, en cuanto hombre, difiere de lo que representa. Un rey se dice a sí mismo, a menos que sea un idiotés, que nunca acaba de ser lo que parece —que en ningún caso coincide con su real modo de ser. Hay un chorismos, un hiato, por decirlo a la platónica, entre el hombre concreto y lo que ese mismo hombre hace presente de una forma u otra. Quien es capaz de decir yo siempre niega el papel con el que se identifica (y, por eso, somos personas, pues persona, como es sabido, significa máscara). Hay diferencia en la identidad. O, mejor dicho, porque hay diferencia puede haber identificación, cuando menos porque la identificación supone poder decir “yo soy eso“. Ahora bien, sin esta identificación, y esto conviene subrayarlo, el yo no es nada para sí mismo. La dogmática cristológica parece decir algo semejante: si Jesús fue Dios y hombre, entonces como Dios representaría la divinidad —Dios mismo se haría presente en Jesús—; pero como hombre no acabaría de ser el Dios con el que se identifica. Dios, en este sentido, permanecería más allá de aquel que lo representa (y de ahí que los que sostienen que el cristianismo es un modo, entre otros, de mostrar la realidad de lo divino digan que Jesús fue un símbolo de Dios… entre otros). Sin embargo, el cristianismo no es un platonismo, a pesar de que, a la hora de implantarse en la cultura griega, hizo uso de las categorías platónicas (y de estas lluvias los lodos que atraviesan la dogmática cristológica). Pues Dios no es aquí un paradigma que podemos, en mayor o menor medida, ejemplificar. Cristianamente, no confesamos que Jesús es Dios porque ejemplifique a la perfección lo que entendemos previamente por Dios. Jesús, en cualquier caso, intimó con Dios —esto es, se sintió cercano a Dios—, pero no fue un ejemplo, entre otros, de Dios. El dogma de la Encarnación, tiene por sujeto a Dios, no a Jesús. Lo que decimos cristianamente es que Dios se identificó con el que murió como un abandonado de Dios (y por consiguiente la intimidad previa a la cruz que creyó experimentar Jesús deja de ser, por sí sola, el criterio desde el cual podemos cualificar a Jesús, y a cualquier otro santón, como divino). Lo que decimos cristianamente es que Dios es Jesús (y solo por eso podemos darle la vuelta a la frase y proclamar que Jesús es Dios). Y esto resulta muy extraño, por no decir ininteligible, para quien sepa qué significa originariamente la palabra Dios. De hecho el cristianismo, con el dogma de la Encarnación, coloca goma 2 en la línea de flotación del barco religioso. Pues, si es Dios quien se identifica con el crucificado, entonces Dios en sí mismo no es nada fuera de dicha identificación. Dios, en este sentido, sería el eterno diferir de aquel hombre con el que se identifica. Y, por eso mismo, Jesús es el modo de ser de Dios, modo de ser que, sin embargo, no existe por encima del hombre que fue Jesús como si dicho modo de ser fuera algo así como una idea platónica, un paradigma que pueda ser encarnado o ejemplificado. Pensar cristianamente a Dios significa, por tanto, pensarlo como sujeto —como yo—, con independencia de que psicológicamente los creyentes tiendan a dirigirse a Dios como si fuera un fantasma bueno (cosa que no es). Si el cristianismo se asienta sobre la revelación —si la confesión cristiana no es como proclamar que el verdadero autor de Hamlet no fue Shakespeare, sino Marlowe— es porque lo revelado es precisamente que no hay otro Dios —otro Señor— que el que cuelga de una cruz. O, por decirlo de otro modo, el Dios cristiano es un Dios que se pone en manos del hombre, precisamente, para poder realizarse como Dios. Cristianamente hablando, arrodillarse ante Dios es arrodillarse ante el pobre que se arrodilla ante nosotros pidiéndonos el pan de cada día. De ahí que la pregunta no es si hay o no hay Dios, sino si Dios podrá ser o no Dios. Pues, un Dios que se pone en manos del hombre es un Dios que depende de la respuesta del hombre para ser, de hecho, Dios. Cristianamente, no hay Dios sin basilea, sin Reino de Dios. De ahí que entre el cristianismo y el ateísmo haya un paso. Pues, sin basilea —y haberla, no parece que de momento la haya—, no hay Dios. Y esto es, en el fondo, muy judío, cuando menos porque Dios para Israel se da como promesa de Dios, como el por-venir mismo de Dios, y más, si tenemos en cuenta, que para el mesianismo judío dicha promesa solo se realizará, no como irrupción de un deus ex machina, sino solo a través de la figura del Mesías. Dios como Mesias de Dios. Por tanto, nos equivocamos si comprendemos el dogma de la Encarnación según las coordenadas griegas u orientales. Pues donde Dios se concibe al modo de un océano, como suele decirse hoy en día, no cabe la Encarnación, sino a lo sumo la ejemplificación o la participación. De ahí que quienes, hoy en día, sostienen que Jesús fue un representante de la divinidad… como también lo fue Buda, pongamos por caso, partan de una lectura errónea de lo que confiesa el credo cristiano. Una cosa es decir que hay muchos hombres, fuera de la órbita de la cristiandad, que poseen el espíritu de Dios (y esto nadie lo niega). Y otra creer que Dios es Jesús (y que, precisamente por esto mismo, el Espíritu sopla donde quiere). 

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