criaturas

enero 4, 2017 Comentarios desactivados en criaturas

Un creyente es, por definición, alguien que se siente criatura ante Dios. Ciertamente, que no nos sintamos así, no implica que no seamos en realidad criaturas. Pero, puesto que hoy en día Dios no se da por descontado, muchos devotos creen fácilmente que la fe se sostiene sobre un inicial sentimiento de dependencia. Ahora bien, no es lo mismo sentirse criatura donde Dios se da por descontado que donde no se da. En el primer caso, Dios es lo primero. No en el segundo, pues aquí dicho sentimiento sería el dato a partir del que se afirmaría la realidad de Dios. Y de ahí a reducir el lenguaje sobre Dios a una proyección del sujeto hay un paso. En cualquier caso, el problema de esta manera de entender nuestra relación con Dios es triple. En primer lugar, Dios sería algo así como un ángel de la guarda pero a lo grande. Sin embargo, no parece que el Dios de Israel pueda concebirse de este modo, sobre todo a partir del exilio. En segundo lugar, reduce la experiencia de Dios al factor sentimental, por decirlo así. El sentimiento pasaría a ser, así, el criterium de la misma experiencia de fe. Pero, el sentimiento de dependencia, por sí solo, es demasiado ambiguo como para poder comprenderlo inmediatamente como referido a Dios. Por lo común, donde Dios no se da por descontado, dicho sentimiento expresa más nuestra necesidad de Dios que la realidad misma de Dios, una realidad que, en verdad, según atestiguan los textos fundamentales del monoteísmo bíblico, no puede declinarse en presente indicativo. De hecho, una genuina experiencia siempre apunta a lo perdido, a la falta que se halla en el centro mismo de lo experimentado y más si hablamos de Dios. No es causal que en aquellas comunidades cristianas en donde se potencia el factor sentimental como si fuera el último clavo ardiendo al que agarrarse, los creyentes acaben confundiendo la fe con el onanismo espiritual. En tercer lugar, si la experiencia de Dios dependiera de que inicialmente nos sintiéramos criaturas, entonces el lenguaje sobre Dios resultaría ininteligible para quien no parta de dicho sentimiento, esto es, para el sujeto moderno tot court. Sin duda, la palabra de Dios solo resulta elocuente en aquellas situaciones en las que el hombre se encuentra despojado de cualquier confianza en sus posibilidades. Pero esto es muy distinto a dar por hecho que somos criaturas donde la presencia de Dios es, cuando menos, problemática. De ahí que un cristianismo que pretenda restaurar el antiguo vigor necesite recuperar el lenguaje de la experiencia judía de Dios.

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