los dos cadalsos de Occidente

enero 2, 2017 Comentarios desactivados en los dos cadalsos de Occidente

En tanto que occidentales, venimos de dos maldiciones, la que recayó sobre Sócrates y la que tuvo que soportar Jesús de Nazareth. Sin embargo, nos equivocamos cuando a estos malditos les damos la razón antes de tiempo. Para hacerse una idea del alcance de sus vidas deberíamos, al menos de entrada, ponernos del lado de quienes les condenaron, comprender sus razones, pues, de hecho, no son malas razones. Tanto Sócrates como Jesús hicieron de su vida una desmesura difícilmente asumible por la ciudad. Por un lado, tenemos el exceso de la interrogación socrática, la cual, al corroer las certezas de la vida en común, hace difícil, precisamente, que podamos mantener esos vínculos que se sostienen sobre lo que damos por descontado y que, por eso mismo, no nos atrevemos a cuestionar. La interrogación socrática es desmesurada en tanto que sitúa al sujeto fuera del juego que todos jugamos. La libertad de Sócrates es una libertad que consiste, al fin y al cabo, en un liberarse del carácter impersonal de la propia circunstancia, algo que díficilmente podrán admitir quienes viven tan felices como vacas o chimpancés. El sujeto de la enkrateia —de ese dominio de sí que reposa sobre la docta ignorantia— es alguien que no acaba de encontrarse donde está, lo que Hegel denominará una conciencia instasfecha, alguien que existe en una especie de estado de suspensión. Así, no deberíamos extrañarnos que el destino de Sócrates fuese el del tábano, el de un acabar aplastado por el cuerpo que sobrevuela. Por otro lado, la desmesura de Jesús fue la de los profetas de Israel. Y lo que dijeron los profetas es muy simple: Dios te juzgará por lo que hiciste por los desheredados de la tierra. Pero que no haya otro señor que el Dios que se identifica con los pobres es algo que no podemos sensatamente admitir. Pues, no hay vida que no salte por los aires donde se deja atrapar por la mirada del huérfano. Más aún que el Hijo muera como un abandonado de Dios es algo que no puede fácilmente conciliarse con la experiencia religiosa de Dios. De ahí, el exceso, la desmesura del kerygma de la cruz. La ciudad hizo, pues, en ambos casos lo que tenía que hacer. Tomarnos en serio a Sócrates y a Jesús supone, de entrada, no poder tomárnoslos en serio. Supone apartarlos de un manotazo como apartamos a la mosca cojonera. Ahora bien, Occidente propiamente no es tanto el efecto de ambas condenas como el de un haber invertido sus términos: los que fueron condenados son de hecho quienes nos juzgan. Y que se invierta la situación —que los jueces, el mundo en definitiva, pasen a ser juzgados—, algo de por sí sumamente extraño, si se piensa bien, es obra de Platón y los evangelistas. Ellos son de hecho los poetas —los maestros— de Occidente. Gracias a su obra, somos quienes son puestos en cuestión por quienes murieron justamente. Sin embargo, si podemos soportar la interpelación de quienes fueron condenados por la ciudad es porque su interpelación ha sido transformada, debido precisamente al esfuerzo literario de Platón y los evangelistas, en una interpelación que damos por descontada, una demanda que aceptamos con demasiada facilidad. Pues el riesgo de la justicia poética es, de hecho, el de quitarle al tábano su aguijón, en convertirlo en un tótem cultural —un tópico, un lugar común— al servicio de la ciudad. Pues, lo que ni Sócrates ni Jesús pueden inspirar, al menos inicialmente, es nuestra adhesión o devoción. En cualquier caso, Occidente, como es sabido, fue durante siglos la síntesis política de Atenas y Jerusalén, síntesis no obstante inestable. Y, por eso mismo, la actual crisis del cristianismo supone necesariamente la separación de Atenas y Jerusalén. Así, en tanto que hombres y mujeres de un mundo poscristiano deberemos optar entre una y otra, esto es, entre una concepción del espíritu como elevación indiferente y aquella que no acepta otro espíritu que el que emerge de las cenizas de los hornos crematorios. Entre una libertad entendida como auonomía y una libertad entendida como un encontrarse siendo rehén del pobre, entre la integridad socrática y la de Jesús. En ambos casos, se da una liberación del mundo, por decirlo así. Pero no podemos sostener que se trate exactamente de lo mismo. Sea como sea, porque el cristianismo ya no podrá darse en el seno de la cristiandad, nos hallamos en la situación de quienes deben elegir entre un cristianismo a la oriental o un cristianismo que arraiga de nuevo en sus fuentes judías y, por tanto, en un Dios que se ofrece como eterna promesa de sí mismo y no como dato sobrenatural.

Anuncios

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo los dos cadalsos de Occidente en la modificación.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: