el coloso en llamas

diciembre 30, 2016 Comentarios desactivados en el coloso en llamas

La sensibilidad religiosa se asienta sobre lo gigantesco. En este sentido las dimensiones colosales de las estatuas de los antiguos dioses  no son simplemente representaciones: en ellas la divinidad misma se hace presente. O, mejor dicho, el dios se halla en su exacta (y por tanto desmesurada) representación. La divinidad es, en sí misma, un coloso de piedra: hierático y descomunal. Que el monoteísmo no es propiamente “una religión como otras, pero de un solo dios” se ve fácilmente en el hecho de que para Israel, ese pueblo de hormigas, no haya nada más gigantesco que el silencio que sucede a la catástrofe, la hierba que cubre las fosas comunes de la historia, el momento en que un padre se ve obligado a introducir los cuerpos de sus hijos en los hornos de Auschwitz. Lo asombroso de Israel es que no haya visto en el desastre el rostro de Moloch —la victoria de la divinidad del pueblo enemigo—, sino el signo de la lejanía de Dios, la manifestación del lado oscuro de su trascendencia, la única posible. Podríamos decir que Dios se hace verdad en el empecinamiento de Israel, en su fidelidad a un Dios que está por ver, un Dios que aparentemente prefiere huir —desaparecer— que morder el polvo de la derrota. Es como si Israel hubiera elegido la vía mística antes que plegarse a las divinidades que gobiernan el mundo. Por eso y para quien viene del paganismo, el Dios de Israel no puede ser un Dios de verdad. Un Dios que no participa de la pugna por la supremacía no puede ser, sencillamente, divino. A ojos del paganismo, Israel es un pueblo descreído, un pueblo sin Dios. Pues un Dios que solo se da como promesa de sí mismo es un Dios que carece de la efectividad de lo divino y, por tanto, un Dios ilusorio. El truco de Israel consiste en invertir, precisamente, los términos: la verdad se da del lado de la promesa —de lo que está por ver—, mientras que la constatación del poder divino se tilda de ilusoria. De ahí a decir que un Dios que existe, no existe, hay un paso. Tot plegat, resulta muy extraño. Pues es como si se nos dijera que un señor feudal es en verdad aquel que abandona su castillo y sus tierras (aunque bajo la promesa de volver) y no aquel que sigue ejerciendo su poder sobre sus siervos. En cualquier caso, lo cierto es que el silencio prevalece como última palabra. Y por eso Israel está, a pesar de su resentimiento (o quizá por ello mismo), más cerca de la verdad. Pues es verdad que el silencio se encuentra por encima de la victoria, siempre provisional, de los imperios. Aunque también por encima del clamor de sus víctimas. Sin embargo, solo porque se halla por encima de dicho clamor, podemos decir que ese silencio es de Dios. Al menos porque quien exige de Dios una respuesta no obtendrá más que silencio. O, por decirlo en cristiano, es el silencio de Dios el que nos revela que no hay otro Dios —otro Señor— que el que cuelga de una cruz. En el fondo es más terrible un Dios que calla que aquel que se empeña en demostrarnos que la tiene más grande.

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