geometría plana

diciembre 28, 2016 Comentarios desactivados en geometría plana

El mundo del creyente, cuando menos originariamente, es un mundo dividido en varios planos. Así, tenemos el cielo, la tierra y el inframundo. Entre estos tres planos, diferenciados cualitativamente, hay vasos comunicantes. De ahí que el mundo del antiguo creyente esté habitado por presencias de otros mundos. Hay señales, aun cuando deban ser interpretadas. No siempre está claro qué indican o si son en realidad señales. La fe no es, por tanto, independiente de la cosmovisión en la que encaja. De ahí que, una vez dicha división deja de tener sentido con la percepción científica del mundo, la fe tenga que ser actualizada. La división cualitativa entre los mundos es, sencillamente, ininteligible para quien da por descontada la homogeneidad del cosmos. En este sentido, no es casual que hoy en día la divinidad pase a comprenderse fácilmente como un asunto interno, como algo que habita en lo más profundo de cada uno. Agustín sería, en el campo cristiano, el primero en dar el paso hacia la interioridad y, por consiguiente, el primero en comprender la posibilidad bíblica de la restauración del mundo como la posibilidad de una salvación personal. La cuestión es si la vieja fe puede en verdad seguir siendo la misma fe donde la esperanza en una nueva creación se convierte en la esperanza en una vida más allá de la muerte o donde, en definitiva, Dios pierde por el camino su carácter de alguien enteramente otro. Pues no parece que sea lo mismo dirigirse a un Tú, o cuando menos invocarlo, que creer que de lo que se trata es de participar de las buenas vibraciones de un ello que subyace en las profundidades de la existencia. Ciertamente, con la crisis moderna del imaginario religioso, no cabe ya concebir honestamente a ese Tú en los términos de un ente espectral. Como decía Martin Buber, el sujeto moderno no puede evitar, en el momento de dirigirse a Dios, verse desde fuera y preguntarse si acaso no estará fingiendo que cree. Buber no tenía claro que estuviéramos ante un logro. Más bien creía que nuestra dificultad con el Dios del teísmo era el síntoma de una enfermedad espiritual. Pero en cualquier caso, va con la época. Ahora bien, es posible que hayamos errado el tiro donde el marco conceptual que nos permite actualizar la vieja fe sea el propio del budismo y no el de Israel. Pues, desde el prisma del budismo, la fe cristiana pasa a ser otra cosa, aun cuando esta sea, sin duda, más digerible para el desgastado espíritu occidental. Así es posible que nuestro rechazo del imaginario cristiano tire al niño con el agua sucia. Y es que para el monoteísmo de Israel, el Tú de Dios no fue estrictamente el de un ente espectral, sino el de aquel que, en el presente, está esencialmente por ver. O, por decirlo con otras palabras, para el creyente bíblico, el Tú invocado en medio de la oscuridad es un Tú siempre pendiente, alguien que se resiste a aparecer como Dios. Su trascendencia es la de un pasado absoluto, anterior al tiempo, pues es el mundo es lo que es debido a la contracción —al paso atrás— de Dios. Y, precisamente, por eso mismo, el creyente permanece a la espera de Dios. Como aquel huérfano que no sabe quién fue su padre y que, por eso mismo, tiene pendiente encontrarlo. De ahí que una y otra vez, Israel se preguntara quién es Dios. Y de ahí también la respuesta cristiana que reconoce asombrosamente a Dios en el despojo que cuelga de una cruz.

Anuncios

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo geometría plana en la modificación.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: