la quema

diciembre 24, 2016 Comentarios desactivados en la quema

Tomás de Aquino, Emily Dickinson, Franz Kafka… ¿A qué obedece la pulsión suicida de tantos creadores? ¿Por qué tantos quisieron quemar su obra antes de morir? ¿Quizá porque saben que en el fondo se trata de una impostura —que no hay modo de decir nada relevante? No hay autor que se reconozca en su obra. Como no hay nadie que permanezca pegado a sus excrementos. Crear es defecar. Un autor siempre se halla fuera de su creación. Como Dios mismo. De ahí que un autor —como Dios mismo—necesite del lector para que pueda, cuando menos tangencialmente, reconciliarse con su obra —para poderse decir a sí mismo que ha escrito algo de importancia. Pero incluso en ese caso, fácilmente creerá que se está hablando de otro. Un poeta —un narrador, un teólogo…— es consciente que el hallazgo lingüístico solo vale la primera vez que se pronuncia. Luego, incluso para el mismo creador, ese hallazgo pasa a ser moneda corriente, algo que, como toda adquisición, queda abandonado en el rincón de los trastos. Pues cualquiera que haya dedicado su vida a la búsqueda de las palabras justas acaba convencido de que no hay modo de que la palabra, una vez pasa al dominio público, pueda salvar la distancia entre lo que ya se sabe y el caer en la cuenta. Como dijo Cioran, todo éxito es un malentendido.

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