judaicas (12)

diciembre 20, 2016 Comentarios desactivados en judaicas (12)

Un judío se descubre a sí mismo como aquel que quiere aprovecharse del débil —como aquel que se halla originariamente inclinado a asesinar a Abel. Nuestra congénita tendencia a la maldad va con nuestro deseo de pureza. Pues el enemigo, en tanto que simboliza la tara que queremos arrancar de nosotros mismos, es el que se presenta como aquel que tiene que ser exterminado para que podamos vivir en paz. Ciertamente, nos hallamos en una situación muy distinta a aquella en la que damos por sentado que el hombre sufre porque se equivoca de camino —porque, en el fondo, ignora por donde pasa la verdadera felicidad. En el primer caso, el hombre clama por la redención, por el rescate, cuando menos en tanto que sabe que, a la hora de liberarse de su sujeción a lo demoníaco, no puede confiar en sus fuerzas, ni siquiera, espirituales. En el segundo, por la gnosis, el conocimiento, la iluminación. Lo primero exige un Dios. Lo segundo, tan solo un maestro, aunque se vista circunstancialmente de Dios. De entrada, un judío es un culpable. Un budista, pongamos por caso, un ignorante. Un budista no cree que tenga que rendir cuentas ante nadie. Evidentemente, no estamos hablando de lo mismo. La lucidez, diría, no es la misma. Pues, si el judío es un problema para sí mismo, es porque termina haciendo el mal que no quiere hacer —porque deja morir a su hermano, porque pasa de largo ante su sufrimiento, aunque sepa que eso está mal. No es casual que la moral judía sea, en verdad, una moral de esclavos —de aquellos que se comprenden a sí mismos, en último término, como estando sometidos al poder de lo diabólico, aun cuando crean lo contrario y continuamente se llenen la boca con el impronunciable nombre de Dios.

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