judaicas (11)

diciembre 17, 2016 Comentarios desactivados en judaicas (11)

Como es sabido Dios se revela a Moisés como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Aquí encontramos implícitamente una concepción de la presencia Dios que en modo alguno podemos comprender en continuidad con la propia del paganismo. Para este último, la experiencia de la divinidad se halla ligada a la tierra, en concreto, a su fecundidad, al menos en lo relativo a su lado más amable. Un pagano es, literalmente, un campesino. Que la divinidad es el poder de la fecundidad, aunque también de la devastación, es lo que espontáneamente podemos o, mejor dicho, pudimos decir de Dios. Se trata de un dato natural para quiene habitan un mundo atravesado de presencias invisibles. Sin embargo, para la religión mosaica Dios en verdad solo se hace presente en el cuerpo de sus testigos, en aquellos que soportan el peso de su hiriente trascendencia. Cualquier intento de alcanzar directamente a Dios topa con el tautológico Yo soy el que soy (o también el que seré, mejor dicho, y recogiendo la ambigüedad de la expresión hebrea, soy, en tanto que no soy, esto es, en tanto que tengo pendiente ser). No hay por tanto encuentro con Dios que no sea un encuentro con sus testigos. Y aquello de lo que da fe el testigo no es propiamente una intervención prodigiosa, sino una inquietante falta de prodigios donde más los necesitamos. Es en medio de esta falta de prodigios que el hombre escucha el clamor de los huérfanos de Dios como el mandato mismo de Dios (y no es casual que, en el relato del Éxodo, los prodigios, por decirlo así, vengan después: como si se nos dijera que Dios se revelerá religiosamente una vez el hombre obedezca a su mandato). En este sentido, la idea de la encarnación de Dios encuentra su raíz, no en Grecia, sino en la experiencia judía de Dios. Pues, por encarnación no debemos entender, como sí lo hicieron los griegos, la adopción por parte de la divinidad del aspecto del hombre, sino un modo de comprender esto de la presencia de Dios, modo que, dicho sea de paso, constituye una carga de dinamita en la linea de flotación de la sensibilidad espontáneamente religiosa. Ciertamente, el cristianismo da un paso al frente al identificar a Dios con el crucificado. Pero, en cualquier caso, y dejando al margen los problemas teológicos que se desprenden de dicha identificación, lo cierto es que Dios en verdad no es -no se hace presente- al margen de quienes le obedecen. Dios, en sí mismo, no es nada o, si se prefiere, el eterno porvenir de Dios. Es por faltar a la verdad de Dios que Moisés pasó a cuchillo a quienes adoraron al becerro de oro, esa representación de la fecundidad. Es como aquel que, habiendo rescatado a unos cuantos muchachos de la heroína, proclamase: “y a quien vuelva a contactar con el camello, lo mato” (la idea me la dio Alexis Bueno hace unos cuantos años). Estamos, pues, ante algo lo suficientemente serio como para llegar a este extremo. Que hoy en día lo veamos como una pasada de rosca inaceptable es, de por sí, un síntoma del carácter irrisorio de nuestra fe en Dios. Aunque también es verdad que, por mucho que intentemos mantenernos en la verdad de Dios, tarde o temprano, hablaremos con el camello, y que, por tanto, no hay violencia que nos mantenga en la pureza de los inicios. Mejor dicho, incluso donde pretendemos seguir cerca de la verdad de Dios, nos hallamos en falso en relación con Dios. Pues, no cabe realizar políticamente la verdad de Dios sin traicionarla.

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