filosofía y retórica

diciembre 15, 2016 Comentarios desactivados en filosofía y retórica

El filósofo siempre procede del mismo modo: cogiendo el bisturí con el propósito de aclarar los términos que se discuten. Pues, supongamos que se trata de preguntarnos si entre hombre y mujer puede haber amistad. Si nos ponemos a debatirlo, fácilmente constataremos una aparentemente irreductible falta de acuerdo. Unos creeran que sí y otros que no. A unos les parecerá que sí —y, por tanto, fácilmente dirán que es tal y como les parece— y a otros les parecerá lo contrario. Sin embargo, si cabe la discusión, esto es, si no se trata tan solo de contraponer gustos distintos, es porque damos por sentado que tiene que haber una razón —un argumento— que resuelva la discrepancia inicial. No todos pueden tener razón —no todos pueden estar en lo cierto—, y por eso discutimos. Pues bien, lo que el filósofo hace, una vez llegados a este punto, es definir los términos, en este caso, especificar qué deberíamos entender por verdadera amistad. Y es que si de entrada no estamos de acuerdo es porque, aun cuando empleemos la misma palabra, en el fondo no estamos hablando de lo mismo. O, mejor dicho, no todos entendemos lo mismo cuando hablamos de la amistad. No obstante, si empleamos la misma palabra es porque, en cierto modo, estamos hablando de lo mismo. ¿Cómo es posible que, por un lado, hablemos de lo mismo, pero, por otro, no?  Pues porque la palabra amistad, como muchas de nuestras grandes palabras, admite grados. Hay amistades de bajo nivel y amistades de alto nivel. Y, ciertamente, si hablamos de la amistad como si el amigo fuera simplemente aquel con el mantenemos una cierta confidencialidad y compartimos momentos de ocio, entonces fácilmente podemos creer que puede haber amistad entre hombre y mujer. Sin embargo, si la amistad es algo más —si por amistad entendemos un mascar la vida juntos—, de tal modo que el amigo es, por decirlo así, el autor de lo que, en definitiva, eres, entonces será difícil que un hombre puede ser amigo de una mujer y vicerversa. Una amigo de quita y pon no es en realidad un amigo, sino alguien que, en un momento dado, pasa por amigo. Un amigo es alguien que se ha incorporado a tu vida, de tal modo que forma parte de ti como las partes de tu cuerpo. De ahí que, cuando hombre y mujer intiman como solo pueden hacerlo los amigos, entonces la relación fácilmente pase a ser otra cosa. O, por decirlo con otras palabras, los códigos por medio de los cuales podemos comprender esa otra cosa —códigos que son en buena medida de naturaleza política— no son los mismos con los que comprendemos de hecho el vínculo de la amistad. La intimidad de los amantes no es exactamente la misma que la que mantienen los amigos entre sí. Los amantes no son amigos. O, mejor dicho, porque no son solo amigos, no son propiamente hablando amigos, aunque sin duda su relación tenga que ver, y probablemente mucho, con la amistad. Pues hay cosas, por ejemplo, que el amigo sabe de ti que la mujer que amas no sabe… y es mejor que no sepa. Aquello que le exigimos al amigo no es exactamente lo mismo que lo que le exigimos a nuestra amante. Ciertamente, de lo anterior se desprende que si nuestra existencia planea sobre la superficie, difícilmente llegaremos a ser amigos de alguien, al menos en tanto que no habría vida que mascar. En este sentido, podríamos decir que únicamente el carácter inquieto —aquel que ha llegado a ser un problema para sí mismo— es capaz de amistad. Ahora bien, en cualquier caso y llegados a este punto, podríamos zanjar la discusión. Y es que quien posee la suficiente competencia lingüística fácilmente tendrá la última palabra en aquellos asuntos en dónde no está claro de qué estamos hablando. Sin embargo, teniendo en cuenta lo dicho hasta ahora, la operación del filósofo —aquella por medio de la cual se decanta una sensibilidad, un modo de ver las cosas— es indistinguible de la que realiza el sofista. Ambos, a través del trabajo lingüístico, nos obligan a ver las cosas de un determinado modo —y el filósofo, a diferencia del sofista, podría aquí decirnos que este modo se encuentra determinado, precisamente, por cómo son las cosas en verdad. Ahora bien, si el filósofo como el sofista pueden decantar una sensibilidad es porque los asuntos de los que se ocupa tanto el filósofo como el sofista no pueden resolverse señalando a lo que son las cosas en verdad —como, pongamos por caso, podríamos resolver nuestra discrepancia con respecto a si el vaso que tenemos en la mano es de vino o calimocho. Y el que no podamos apelar a la naturaleza de las cosas, aunque retóricamente lo hagamos, se ve en el hecho de que no hay contraejemplo que pueda desmentir lo que acabamos de concluir con respecto a la amistad. Pues, y esto conviene subrayarlo, si una mujer dijera sinceramente que es amiga de un hombre con el que, sin embargo, no mantiene una relación sexual —y se supone que no la mantiene porque no quiere—, el filósofo siempre podría decirle que no sabe de lo que está hablando, que su amistad no puede ser una genuina amistad, sino en cualquier caso una amistad de bajo nivel. Si por definición la verdadera amistad es la amistad tal y como ha quedado establecida por la intervención del filósofo, no hay manera de que la experiencia pueda desmentir su argumentación. El discurso del filósofo, como el del sofista, es autorreferencial. Pues este no saber de lo que se habla no solo se halla determinado por la definición de lo que es una verdadera amistad, sino sobre todo por el juicio que recae sobre la experiencia y por medio del cual la experiencia deja de estar sujeta a lo que nos parece que son las cosas, para someterse a lo que debe ser una verdadera experiencia, en nuestro caso, una experiencia de la amistad. Y lo que debe ser, insistimos, no se halla únicamente determinado por la definición de la que se parte, sino también y principalmente por lo que decimos que se desprende inevitablemente de ella. Solo teniendo en cuenta esto último se establece una definición operativa, esto es, una definición que deje de ser simplemente formal y, por tanto, vacía. En este sentido, el discurso sobre la verdad no es sobre la verdad sino sobre lo que vamos a considerar como verdad. Lo que hace el filósofo es cortar el pastel, esto es, delimitar un continuum como si las diferencias de grado fueran de naturaleza, esto es, como si la verdadera amistad no se hallara en continuidad con lo que habitualmente tomamos por amistad. El filósofo, con su intervención, crea una cultura. Podríamos decir que el carácter autorreferencial del discurso filosófico sobre la experiencia es el propio de un sistema axiomático. En el fondo, lo que está en juego en la discusión no es el reconocimiento de la verdad, sino su producción, el establecimiento de un sistema sobre una realidad compleja que, en sí misma, no admite una reducción axiomática, un corte tal y como lo realiza el filósofo. La verdad en lo que respecta a asuntos político-morales se da únicamente dentro de un campo semántico, campo que establece, precisamente, el discurso de quien tiene, en virtud de su autoridad o poder de seducción, la última palabra. El filosofo delimita un mundo —establece distinciones— sobre una realidad de por sí borrosa. Por consiguiente, si la genuina amistad es lo que el filósofo dice que es y si el vínculo de los amantes no puede comprenderse con las categorías de la amistad, entonces —y solo entonces— una mujer no puede ser amiga de un hombre (y ello aunque así lo crea). La cuestión, sin embargo, es que el discurso del filósofo, precisamente por lo que acabamos de decir, no puede convencer a quien crea lo contrario como si puede hacerlo un matemático con respecto a la resolución de problemas matemáticos. Y es que una chica podría estar de acuerdo con la definición proporcionada por el filósofo y, sin embargo, creer que se aplica al caso de su amigo. Dicho de otro modo, la verdad del filósofo —en este caso, su concepción de lo que es una amistad verdadera y, por tanto, lo que se desprende necesariamente de ella— no nos permite cruzar el umbral de las apariencias, de lo que nos parece que es. Pues en cualquier caso cabe discutir que lo que se desprende de la verdadera amistad sea, necesariamente, lo que se desprende de ella. Ciertamente, en el momento que aceptamos que la amistad genuina no puede cruzar el umbral de lo físico, entonces  la conclusión es inmediata: hombre y mujer no puede ser amigos de verdad, pues si lo fueran fácilmente cruzarían dicho umbral. Pero siempre cabe la posibilidad de que, admitiendo el punto de partida, digamos que la definición no implica las consecuencias que el filósofo dice que implica. Al menos, como acabamos de decir, en tanto que la chica puede seguir creyendo que su amigo es un amigo de verdad, según la definición dada por el filósofo, y, por consiguiente, creer que el filósofo no tiene razón al dar por hecho que no puede haber verdadera amistad entre hombre y mujer. Por tanto, si el filósofo convence no será por lo que dice, sino porque ha logrado, como el sofista, seducir con sus palabras a quienes le escuchan. Aquí, podríamos decir, no hay diferencia entre el filósofo y el sofista, al menos en su modo de proceder. Ambos construyen un mundo con las palabras: una amistad verdadera no es así algo que podemos constatar como quien constata que una vaso de vino es un vaso de vino y no de calimocho. Una amistad verdadera es lo que debe ser una amistad. Ahora bien, es posible que, sin embargo, el filósofo esté en lo cierto y la chica en cuestión no sepa de lo que está hablando. Pues la razón por la que del concepto de amistad se desprenda que no puede haber amistad entre hombre y mujer, no es propiamente hablando lógica, esto es, no reside en el concepto formal de amistad. Si el filósofo puede sostenerlo es solo en virtud de la experiencia acumulada, mejor dicho, de cómo la comprendemos y por medio de la cual pasamos de una definición formal a una definición operativa, esto es, con sentido. Esto es, la última palabra del filósofo no será la que exponga, por lo común brillantemente, un sistema, sino la que apele a la experiencia que dan los años. Así, del mismo modo que un niño, porque no ha vivido lo suficiente, no puede comprender la diferencia que pueda haber entre el apetecer y el desear, un joven difícilmente puede comprender la diferencia que media entre una amistad de bajo nivel y otra de alto nivel. Bajo el impacto de la novedad, fácilmente creerá que su primer amigo es un amigo de verdad. Ahora bien, esto implica que las razones del filósofo, en última instancia no son racionales, sino sapienciales, y, por consiguiente, razones que arraigan en un determinado modo, culturalmente determinado, de evaluar la experiencia. En este sentido, si la relación entre los amantes dejara de comprenderse tal y como la comprendemos hoy en día, posiblemente la conclusión sería que hombre y mujer pueden ser perfectamente amigos. De ahí que el filósofo al final tenga que reconocer, contra las pretensiones del platonismo, que no hay algo así como una matemática de la vida evaluada y que, por consiguiente, no podemos trascender el horizonte de las apariencias, el cual se halla epocal o culturalmente determinado. O, cuando menos, parafraseando a Kafka que hay verdad, pero no para nosotros. Ahora bien y a diferencia del sofista, el filósofo es aquel que confiesa esto último, esto es, aquel que sobre las últimas palabras pronunciadas proyecta públicamente la sombra de la duda.

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