judaicas (9)

diciembre 11, 2016 Comentarios desactivados en judaicas (9)

En el judaísmo, la redención es una restauración. Como escribe el rabino Alexandre Safran, el futuro mesiánico irá al encuentro de los orígenes de la historia. Sin embargo, dicha restauración será el fruto de una interrupción. En palabras de Benjamin, el Mesías rompe la historia; el Mesías no viene al final de una evolución. Hay aquí no tanto una concepción de lo histórico como de la verdad. Pues si el prius de la verdad no es la representación, sino lo que en verdad tiene lugar, entonces no puede haber verdad en el presente. Pues los hombres en el presente tan solo podemos tratar con las cosas, reducirlas al estrecho marco de nuestra receptividad o interés, perdiendo así de vista su carácter santo, su extrema alteridad, su milagro. Nuestro estar arrojados al mundo tiene un precio y es el de pasar de largo de lo que en verdad tiene lugar, del acontecimiento. En este sentido, no es causal que entendamos la verdad como adecuación a nuestra representación del mundo. Y aquí lo primero no es un estar expuestos a la alteridad, al exceso de lo real, sino el contenido de una representación subjetiva de lo real. La exterioridad es, para el sujeto de la representación, algo por demostrar y, por eso mismo, algo esencialmente problemático. Para dicho sujeto el acontecimiento de lo real solo podrá darse con el hundimiento del mundo. Ahora bien, en la catástrofe, la verdad solo se revelerá como lo que tuvimos ante nosotros y no supimos ver, esto es, como lo perdido, mejor dicho, como lo necesariamente perdido de vista. La verdad es pasado absoluto y, por consiguiente, algo por restaurar. De ahí la importancia decisiva en el judaísmo del memorial, pues en el memorial no está en juego propiamente el recuerdo de ciertos momentos especiales, sino nuestra relación con la verdad y, por extensión, con Dios. Dios, para Israel, no se declina en presente indicativo. La pregunta que Israel no supo responder, la pregunta que le dirigieron una y otra vez sus enemigos, fue, precisamente, dónde está Dios. Para Israel, Dios está presente como huella, esto es, presente en aquellos que soportan la falta de Dios, su trascendencia (y, por tanto, presente como la Ley, el mandato, que se desprende de dicha trascendencia y nos convierte en rehenes del huérfano). En este sentido, la esperanza de Israel fructifica en el suelo de una radical desconfianza en las posibilidades emancipadoras de la humanidad. Así leemos en un antiguo midrash: “Israel habla a Dios: ¿cuándo nos redimirás? Él responde: cuando os hayáis hundido al más bajo nivel, en ese momento Yo os redimiré”. Evidentemente, estamos lejos de creer que la liberación del sufrimiento dependa del perfeccionamiento espiritual del hombre.

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