judaicas (8)

diciembre 10, 2016 Comentarios desactivados en judaicas (8)

Judaísmo es cruz sin resurrección. La resistencia visceral al consuelo del mito pertenece a la esencia de Israel. Hay en su sufrir el sufrimiento una cruda falta de fe en las posibilidades espirituales del hombre. Sin embargo, de esta falta de fe nace la genuina invocación de Dios. Por eso, y al menos en tanto que la invocación se dirige a un Dios del que ni siquiera podemos hacernos una idea —un Dios que se niega a mostrarse como dios—, la esperanza de Israel sea una esperanza sin expectativa. La fe de Israel se sostiene sobre la paradoja de que Dios en verdad no aparece como dios —de que la verdad de Dios no es la del dios de la religión. Incluso con respecto a la verdad de Dios —y la verdad de Dios es el porvenir de Dios— estamos en manos de Dios. La posibilidad de la redención, en tanto que depende de un Dios que, en el presente, guarda silencio, no se sostiene sobre nuestros ideales, sobre la necesidad tan humana de un final feliz. Pues no cabe creer en el ideal sin hacer del ideal un mito, una ilusión. De ahí que el silencio de Dios sea la condición de nuestro estar ante Dios. Dios guarda silencio para preservarlo de la profanación. Y es que profanamos el silencio donde lo convertimos en ocasión para nuestra paz espiritual. No es casual que en el judaísmo no encontremos algo parecido al yoga y no por falta de sensibilidad espiritual, sino porque el silencio del creyente es un silencio arrodillado, humillado, despojado de cualquier intención espiritual. No hay aquí propósito de elevación. El silencio de Dios es un silencio santo, esto es, no susceptible de ser instrumentalizado, y, en este sentido, el duro silencio de Dios, el cual escuchamos sobre las fosas comunes de la historia, es la antesala de una redención imposible, pero que, por eso mismo, queda en manos de Dios. En cualquier caso, lo que está en nuestras manos es erigir diques de contención que nos liberen provisionalmente del tsunami de una violencia sin límite. La elevación espiritual del hombre es, desde la óptica de Israel, una obra de ingeniería, una elevación político-moral. De ahí que el judaísmo no pueda tomarse en serio la resurrección del crucificado. Inevitablemente, Israel tiene que crucificar a sus mesías. Al menos, en tanto que la irrupción del mesías, supondría el final de la historia y, por extensión, de la verdad de Dios. Pues, Dios en verdad es el eterno porvenir de la historia. Israel es el pueblo que, quizá a su pesar, ha hecho de la historia un absoluto. Y ello en nombre de Dios.

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