sin buda no podría ser cristiano (y 5)

diciembre 9, 2016 Comentarios desactivados en sin buda no podría ser cristiano (y 5)

El capítulo que Knitter dedica a comparar las figuras de Buda y Jesús de Nazareth constituye algo así como el centro de gravedad de su discurso. En él se concentran los esfuerzos por actualizar el kerygma cristiano según las categorías del budismo. Su punto de partida es, una vez más, nuestra dificultad para tomarnos al pie de la letra el credo cristiano. A grandes trazos, dicho credo sostiene que la naturaleza de Jesús es tan divina como humana, pero que su persona es únicamente divina. Y precisamente porque, siendo hombre, es al mismo tiempo Dios, su sacrificio nos rescata del pecado. Pues solo Dios puede reconciliar al hombre con Dios. Pues bien, Knitter sostiene, con razón, que no cree en ello porque no puede creerlo. Y aquí, ciertamente, Knitter pone el dedo en la llaga: el lenguaje del credo cristiano pertenece a un mundo que ya no es el nuestro —un mundo en donde la división entre el cielo, la tierra y el inframundo se daba por descontada, un mundo en donde los dioses tenían cabida. De ahí que tomarse en serio dicho lenguaje suponga tomarlo como símbolo, esto es, como un modo de decir… lo que debería poder ser dicho de otro modo. Así, la pregunta acerca de quién es Jesús para nosotros exija otro marco categorial, marco que nos proporcionaría, según Knitter, el budismo. En este sentido, gracias al budismo el cristiano de hoy en día dispone de un lenguaje que le permite proclamar el credo sin renunciar a la razón. Es verdad que Knitter es consciente del peligro de reducir el kerygma cristiano a una variante del budismo y, en concreto, del budismo mahayana. De ahí su interés en concretar, en los párrafos finales del capítulo, qué puede aportar el cristianismo a la tradición budista. Pero a pesar de su esfuerzo —a pesar de que el budismo nos permite adaptar el símbolo cristiano a nuestra mentalidad moderna—, uno puede perfectamente preguntarse si Knitter no habrá tirado al niño con el agua sucia, esto es, si con su adaptación, Knitter no habrá utilizado el budismo como un lecho de Procusto, en el que el cristianismo encajaría solo a condición de amputarle las extremidades que quedan por fuera. Veamos, pues, hasta qué punto esto es así. La clave de bóveda del edificio cristiano que Knitter pretende reconstruir sería la consideración de Buda como maestro —de Buda como revelador de la verdad. Como es sabido, Buda fue el que alcanzó, literalmente, el despertar, un estado de conciencia que nosotros también podemos alcanzar, si de algún modo, seguimos sus pasos. Y el despertar supone un caer en la cuenta de que, al fin y al cabo, la individualidad es un espejismo y que, en definitiva, todos terminaremos integrándonos en el espíritu de interconexión. Vivir conforme a la verdad supondría, en este sentido, un dejarse llevar por dicho espíritu. Por otro lado, y desde la tradición del budismo mahayana, un budismo accesible al común de los mortales, la compasión va con la iluminación, y aquí Knitter encuentra, con razón, el nexo con la tradición cristiana. El bodhisattva es aquel que, por decirlo así, pospone su despertar con el fin de salvar a los demás. Buda, en este sentido, salva porque es un maestro de la compasión, mejor dicho, porque encarna la compasión que predica. Y es aquí Knitter donde da el paso decisivo: proclamar que Jesús es divino sería algo parecido, por no decir lo mismo, que proclamar que Jesús es el despierto. La divinidad de Jesús no podría entenderse, pues, como la de un Dios que descendió sobre el hombre que fue Jesús, al menos en tanto que dicho lenguaje fácilmente nos conduce al monofisismo que muchos cristianos tienen aún en la cabeza, esto es, a creer que Jesús fue un dios paseándose por la tierra. Desde esta óptica, Jesús encarnaría la Sabiduría de Dios de un modo parecido a como Buda encarna, simplemente, la Sabiduría. Jesús, por consiguiente, no es que fuera divino, sino que se hizo divino. Análogamente al caso de Buda, el despertar de Jesús de Nazareth fue un logro del hombre. Y este hacerse divino consiste, en última instancia, en experimentar nuestra inmediatez con Dios, en dejar que fluya la energía —la potentia divina— del amor. En tanto que seres finitos capaces de lo infinito somos los llamados a realizar nuestra naturaleza divina. Esto, ciertamente, se halla muy cerca de la convicción gnóstica de que somos algo así como una chispa divina cubierta con la crosta de la materia, la cual nos ata a la impiedad de una vida entregada a la satisfacción del propio deseo. Y ya sabemos el difícil encaje que tiene el gnosticismo en la tradición cristiana. Pero, en cualquier caso, la revelación, en tanto que supone la aceptación de un fundamental no-ser, comportaría una liberación de la cárcel del egoísmo, un olvido de sí que nos convertiría, casi de inmediato, en seres abiertos al sufrimiento de los demás. Y llegados a este punto, Knitter, siendo consciente de que la resurrección es la piedra angular de la fe cristiana, considera que la fidelidad a los textos neotestamentarios que nos hablan de la exaltación del crucificado, exige hoy en día desvincularlos de las historias de zombies buenos. El cuerpo del resucitado, siguiendo a Pablo, sería un soma pneumatikon, un cuerpo espiritual, y esto, según Knitter, sería lo mismo que hablar de una resurrección en el espíritu. Desde esta óptica, el carácter corporal de la resurrección a la cristiana se entendería según la doctrina de los tres cuerpos de Buda: el espíritu del resucitado, del mismo modo que el espíritu de Buda, se encarnaría —se haría cuerpo— en quienes viven según dicho espíritu. Del mismo modo que Jesús sigue vivo en quienes viven en Cristo, el espíritu de Buda sigue presente en aquellos que han llegado a ser un bodhisattva. Sin duda, estamos ante una propuesta atractiva —de hecho, tan atractiva como convincente actualmente. Knitter pone encima de la mesa el lenguaje que hace viable que muchos cristianos pueden decirse a sí mismos que aún pueden ser cristianos. Su cristología, por decirlo así, sería una cristología pneumática, una cristología que aquellos cristianos que no saben qué hacer con una cristología del logos encarnado a la griega pueden fácilmente admitir. Y este es, sin duda, uno de los méritos de Knitter. Pues es cierto que el cristianismo dice mucho de lo que sostiene Knitter. Sin embargo, me atrevería a añadir un par de notas al margen que, cuando menos, ponen entre paréntesis el carácter cristiano de esta actualización a la Knitter. Es verdad, según escribe el mismo Knitter, que “lo Divino, por lo menos tal y como se nos da a conocer en Jesús, nos llama precisamente en y a través del sufrimiento de los demás.” Es verdad que “aquí lo Divino se vuelve real para nosotros.” Ahora bien, uno puede preguntarse si, bíblicamente hablando, este hacerse capaces de responder al sufrimiento de los demás pasa por un previo despertar a la budista. Sobre el papel, no lo parece. Pues, desde una óptica neotestamentaria, los capaces de responder a la demanda de quien sufre no son los espirituales —en la jerga cristiana, los sacerdotes del Templo, los fariseos, aquellos que creían estar en sintonía con Dios—, sino las putas, los publicanos —esos afectos al régimen—, los lumpen, es decir, los incapaces de Dios de tan hundidos que están en su miseria humana. Ciertamente, podríamos objetar que, en tanto que se trata de alcanzar un desprendimiento de sí, caben dos vías: por un lado, la vía meditativa a la Buda; por otro, la de un desprendimiento a la fuerza. Esto es, o bien nos desprendemos de nosotros mismos ascéticamente, o bien somos despojados violentamente de nosotros mismos por la impiedad del mundo. En ambos casos, podemos entender que, al estar de vuelta, como quien dice, nos hacemos sensibles al sufrimiento ajeno. Y aquí podríamos estar de acuerdo. Sin embargo, el lenguaje que nos permite dar cuenta de la respuesta de las putas, los publicanos, los lumpen al sufrimiento del prójimo no es el que nos permite comprender esa respuesta como algo al alcance del hombre. La cuestión es si el hecho de que existan estas dos vías nos permite prescindir del Dios cristiano —del Dios que es un Tú y no tan solo un ello. Y a mí me parece que no. Pues, lo que decimos cristianamente es que si el hombre se hace capaz de Dios —de responder a su demanda— es porque Dios va en busca del hombre. Pues, los sin Dios se encuentran sujetos al poder de la muerte. Esto es, en tanto que muertos son incapaces de cualquier elevación. Es cierto que el modo habitual de entender que Dios vaya en busca del hombre va ligado a una imagen de Dios que desciende a la manera de un fantasma bueno, cosa la cual resulta, hoy en día, difícil de tragar, tal y como sostiene Knitter con razón. Sin embargo, desde una óptica cristiana, aun cuando es verdad que el cristianismo tradicionalmente ha jugado con esa imagen, la identificación de Dios con Jesús hace difícil que en realidad podamos seguir jugando con ella. Un Dios que va en busca del hombre solo puede encontrarse con el hombre cayendo como dios. Un Dios que va en busca del hombre no puede aparecer como dios, sino como hombre capaz de Dios. Pero, como ya hemos dicho en otras ocasiones, el capaz de Dios es, bíblicamente hablando, el sin Dios —el que clama por Dios. Y el que clama por Dios es aquel que experimenta a Dios, por decirlo así, como ese Tú aún pendiente. En el presente, no hay otra presencia de Dios que la del crucificado en nombre de Dios. Así, cristianamente no decimos que Jesús se hiciera divino, sino que el logos de Dios se hizo hombre, esto es, que Dios es Jesús —que Dios se entrega como Jesús— y no tanto que Jesús es Dios. O, mejor dicho, que si Jesús es Dios es porque Dios es Jesús. Tiene razón Knitter cuando afirma que el peligro de este modo de entender la Encarnación es el de caer en manos del monofisismo —de hacer de Jesús un dios paseándose por la tierra, como decíamos antes—. Pero no es causal que el cristianismo, ya desde sus inicios, rechazara esta interpretación como un modo válido de entender la Encarnación. Y es que la identificación de Dios con Jesús supone una mutación de la noción típicamente religiosa de la divinidad. En este sentido, para un cristiano no cabe un estar ante Dios que no sea un estar ante el crucificado. No cabe, pues, una relación directa con Dios que hiciera de Jesús un ejemplo, entre otros, de vida transformada por Dios. Confesar que Jesús es el Señor significa que el creyente se encuentra por entero sujeto a la demanda que nace de un estar al pie de la cruz. O, por decirlo con otras palabras, que no hay otro Dios que el crucificado. Y esto es, ciertamente, muy distinto a creer que Dios es algo así como un poder de interconexión que se sostiene a sí mismo. Como trasunto cristiano de dicho poder, el Espíritu es el espíritu de aquel que cuelga de un madero como un perro. En este sentido, el Espíritu sería un resto, aquello que queda de Dios donde no queda ya nada de Dios. Más aún: quien se encuentra sujeto a Jesús como Señor de su entera existencia, se encuentra sub iudice, y esto es algo que Knitter rechaza frontalmente. Desde el punto de vista del budismo, el hombre no se halla sujeto al juicio de Dios. En cambio, para una sensibilidad cristiana, la compasión no se entiende como aquella reacción que nace de una sensibilidad transformada, sino como respuesta a una interpelación, la que nace precisamente de la mirada de aquellos que no cuentan para el mundo. Cristianamente, el sí o el no de la existencia se decide frente a esa mirada, al menos en tanto que Dios, a través de Jesús, se identifica con ella. Un cristiano es aquel que cree que su vida se encuentra en manos del pobre —aquel que cree que el pobre es su Señor porque Jesús es el Señor, algo en lo que difícilmente podemos creer mientras sigamos confiando en nuestra posibilidad, incluso si esta se entiende como la posibilidad de una transformación espiritual. En este sentido, lo que decimos cristianamente es que un Dios encarnado es un Dios que se pone en manos del hombre como abandonado de Dios y que, por eso mismo, que haya Dios —que Dios sea el Señor del mundo— dependerá de la respuesta del hombre a la demanda que nace de aquellos dejados de la mano de Dios con los que Dios se identifica. Esto es, puede que al final no haya Dios. Pero si no lo hay, será por culpa del hombre, como quien dice. Dios —o, por decirlo a la Knitter, el poder de interconexión— no es, por consiguiente, algo que se encuentra por ahí a la espera del hombre. En último término, me atrevería a decir, que la diferencia entre una actualización a la Knitter y el credo cristiano pasa por el lugar que ocupa en ambos la esperanza. Como es sabido, según Pablo somos salvados en la esperanza. Esto es, que sin esperanza no hay salvación aquí y ahora. Knitter podría estar de acuerdo, siempre y cuando, entendamos esta esperanza como la expectativa de que, al final, el hombre siga la senda de la iluminación. Pero la esperanza cristiana no consiste en una confianza en las posibilidades espirituales del hombre. Pues, la esperanza cristiana es la esperanza en la increíble resurrección de los muertos por parte de Dios. Mejor dicho, la esperanza mesiánica de que, en el fin de los tiempos, se les devuelva la vida a quienes murieron injustamente antes de tiempo, a quienes tienen la vida que Dios les dió —o si se prefiere la vida que les fue dada como milagro desde la nada de Dios— aún por vivir. Y la vida que Dios les dió no es una vida de espectros, sino una vida en carne y hueso. Ciertamente, se trata de un esperanza en la que no podemos sensatamente creer. Pero, como ya hemos dicho, el sujeto creyente no es aquel que todavía confía en sí mismo, en su posibilidad, sino aquel que se encuentra en manos de un Dios que, en sí mismo, está por ver. Incluso con respecto a la verdad de Dios nos hallamos en manos de Dios. En este sentido, diría que lo que hay detrás de la esperanza cristiana es una antropología que no puede comprenderse a la budista. Pues si somos quienes no somos nada sin el cuerpo, entonces la redención no puede consistir en una vida espectral en vete a saber qué mundo. Ni tampoco en acabar disolviéndonos en el océano de la divinidad como muñequitos de sal. Dios nos llama por nuestro nombre. Y si nos llama por nuestro nombre es que no somos muñequitos de sal. Diría que la propuesta de Knitter resulta demasiado convincente hoy en día como para que sea verdad, mejor dicho, para que la podamos comprender como la verdad de Dios. Pues si Dios es el que llama a la existencia a lo que no es (Rm 4, 17) —si Dios es lo que hace posible lo imposible: que las estériles conciban, que resuciten los muertos—, teniendo en cuenta de que no estamos hablando de un deus ex machina, sino de un Dios que se hace uno con el que muere como un abandonado de Dios, entonces la fe en Dios es, humanamente, una fe que no podemos alcanzar donde aún confiamos, como hemos dicho, en el supuesto poder que habita en lo más profundo de cada uno.

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