un Dios de psiquiatra

noviembre 30, 2016 Comentarios desactivados en un Dios de psiquiatra

De tan acostumbrados, hemos dejado de escandalizarnos ante la idea de un Dios capaz de amar a los hombres. Pues, solo en tanto que hemos perdido de vista qué significa la palabra “Dios” podemos decir, como quien no quiere la cosa, que Dios es amor. Pues, originariamente, la distancia que media entre un dios y los hombres es análoga a la que pueda mediar entre especies distintas. Sencillamente, Dios y el hombre no poseen la misma naturaleza. De ahí que la tesis de que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios resulte, a oídos antiguos, bastante sorprendente, por no decir ininteligible. Al menos, en tanto que dicha tesis implicaría que Dios, hasta cierto punto, se reconoce en el hombre. Es cierto que habitualmente se entiende el relato de la creación del hombre como si en lo más profundo de cada uno habitara la sustancia, la bondad de Dios (y que, por tanto, solo fuera cuestión de desprendernos ascéticamente de la crosta de maldad que la encubre). Pero también podríamos entender el texto bíblico, quizá más adecuadamente, como si se nos dijera que, en tanto que imagen de Dios, el hombre se encuentra esencialmente referido a Dios. Sin embargo, el hombre existe como imagen… separada del original. En este sentido, el hombre como imagen de Dios sería, propiamente, el símbolo de Dios. Pues, un símbolo, si tenemos en cuenta la etimología de la palabra, siempre remite a la parte que fue dejada atrás. Sin embargo, igualmente podríamos decir que, debido a esta separación, el hombre se sitúa, de hecho, ante Dios. Y es que situarse ante Dios es, al menos bíblicamente hablando, situarse ante la extrema trascendencia de Dios y, por tanto, ante un Dios en falta. Es desde esta óptica que deberíamos entender, si es que no queremos caer en una especie de gnosticismo, el amor de Dios: Dios ama al hombre en tanto que va en busca del hombre, con el propósito de restaurar la unidad perdida. Dios no acaba de ser Dios —Dios no posee la entidad de Dios— donde pierde vista aquel en el que se reconoció originariamente. De ahí que, cristianamente, la realidad de Dios dependerá de la respuesta del hombre a la entrega de Dios. No cabe, por consiguiente, leer esto del amor de Dios como si el amor, entendido como una especie de energía cósmica, fuera divino. Ahora bien, un Dios que va en busca del hombre no puede ser un dios al uso. Bíblicamente, el concepto de Dios, y por consiguiente, la experiencia que hay detrás, no es homologable al concepto religioso —pagano, campesino— de dios. Pues, desde una sensibilidad típicamente religiosa, un dios permanece en su mundo… como si el hombre no fuera más que un bicho con el que entretenerse. Un Dios que va en busca del hombre solo puede encontrarlo cayendo como dios. Un Dios en busca del hombre no puede aparecer como dios, sino como hombre. Y si es verdad que Dios va en busca del hombre, entonces un dios al uso es siempre un falso dios. La experiencia bíblica de Dios, en este sentido, constituye algo así como la superación del dios de la religión. Sin embargo, desde la experiencia religiosa de lo divino, un Dios que desciende con la intención de recuperar al hombre es un Dios enloquecido. Es como si se nos dijera que hubo una vez un hombre que, se sacrificó a sí mismo, para rescatar a los chimpancés de su mera animalidad. Ciertamente, el cristianismo no dice exactamente esto, sino, por seguir con nuestra analogía, que ese hombre se hizo chimpancé… sin dejar de ser humano. Pero ahí está el problema: que esto, sobre todo hoy en día, o se explica bien, o no se entiende. En cualquier caso, una vez irrumpe el cristianismo, esto de Dios ya no vuelve a ser lo mismo. Y ello a pesar de la misma tradición cristiana, pues parte de su éxito se debe al hecho de haber hecho las paces demasiado pronto con la religión que supera.

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