ens a se o una pizca de metafísica hard

noviembre 29, 2016 Comentarios desactivados en ens a se o una pizca de metafísica hard

Según Max Scheler, lo divino es, formalmente, el ente absoluto, omnipotente y santo. En principio, podemos estar de acuerdo con esta definición formal. Sin embargo, la cuestión es de qué estamos hablando. Pues uno puede fácilmente ponerle imaginación al asunto y creer que nos estamos refiriendo a un superman espectral y, de paso, lleno de amor hacia sus criaturas. Pero, estrictamente, lo absoluto, en tanto que enteramente otro (pues absoluto significa literalmente separado, lo que no se da en relación con) es lo que se encuentra más allá del ente, y, por eso mismo, carece de aspecto o imagen. Entonces ¿cómo podemos decir que hay absoluto, si carece de entidad? Veamos. Por definición, lo real es eso otro que se hace presente a una determinada sensibilidad y, por consiguiente, relativamente, esto es, nunca del todo. Con otras palabras, nada se hace presente si, de facto, no deja atrás su alteridad radical, su carácter de algo enteramente otro. En este sentido, la alteridad del ente solo puede ser supuesta, dada por descontada en todo cuanto es, en modo alguno dicha alteridad puede ser percibida como tal. Si vemos las cosas que vemos es porque hemos perdido de vista su carácter de algo enteramente otro ahí. Lo enteramente otro es, de por sí, invisible. O, por decirlo de otro modo, cuanto existe solo es posible por el paso atrás de su alteridad, al menos en tanto que todo se da, como decíamos, en relación con un punto de vista o sensibilidad y, por tanto, relativamente. En este sentido, el aparecer de lo real es siempre aparente: nada acaba de ser lo que parece; nada acaba de ser en verdad otro (aunque, por eso mismo, se nos haga presente). Así, el tener lugar del ente va con el acontecimiento de lo enteramente otro como absoluto —como algo dejado atrás, al fin y al cabo, como trascendencia. Pues la verdadera trascendencia no es la que se concibe como otro mundo, al menos en tanto que ese otro mundo es tan solo una imagen de la verdadera trascendencia, sino como lo otro del mundo, de cualquier mundo, incluyendo el sobrenatural. Y lo otro del mundo es, precisamente, lo enteramente otro. La verdadera trascendencia se nos ofrece, pues, como ese continuo diferir de lo real, en tanto que alteridad radical, con respecto a su hacerse presente. De ahí la omnipotencia de lo absoluto —pues todo es posible en relación con la des-aparición de lo absoluto. Hay mundo porque el otro se da como no-otro, porque su presencia es la de un echar en falta, y, por eso mismo, el otro queda, mientras haya mundo, fuera del mundo —como eso que, en sí mismo, no se da, no se muestra a una sensibilidad. Y lo que queda fuera del mundo como su condición de posibilidad es lo siempre pendiente del mundo. Desde esta óptica, el enteramente otro está esencialmente por venir. Pues bien, aun cuando esto sea así —que lo es—, lo cierto es que resulta demasiado abstracto como para que podamos hacerlo nuestro. De entrada, el único modo de incorporar el carácter absoluto de la alteridad es por medio del imaginario que nos habla de fantasmas, por decirlo así. Es a través del imaginario religioso que podemos alcanzar un conocimiento sensible de lo que, en verdad, solo puede ser pensado in abstracto. Pero el fantasma es, en cualquier caso, una figura de lo absoluto-trascendente, no el absoluto como tal. El fantasma posee demasiada entidad como para que sea real. El fantasma es un dios en falso —un dios aparente, un dios que en su aparecer como dios no acaba de ser dios. De ahí que, bíblicamente, quien incorpora en realidad el carácter absoluto de la alteridad radical sea aquel que sufre, precisamente, la falta del enteramente otro: el huérfano, el desahuciado, el sin Dios.

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