a menos cristianismo, más budismo

noviembre 25, 2016 Comentarios desactivados en a menos cristianismo, más budismo

Es posible que el budismo o cualquiera de sus variantes estén en lo cierto. Esto es, que al final todo acabe bien y que, tras el interminable ciclo de las encarnaciones, el mundo sea un mundo repleto de espectros felices (o algo parecido). Es posible que la tierra que habitamos sea un campo de pruebas en el que hay que purgar el fondo de nuestro ser, antes de pasar a otra dimensión. Como si el cosmos fuera, al fin y al cabo, un inmenso vientre en donde los fetos que en definitiva somos son gestados para que puedan nacer a un nueva realidad, aunque sea como las olas de un océano. Sin embargo, cuando los profetas bíblicos dejan este fin de la historia en manos de Dios —de un Dios que, curiosamente, se da como el por-venir de Dios— demuestran poseer un crudo escepticismo con respecto a la posibilidad de un final feliz que se sostenga sobre la naturaleza misma de las cosas. Pues, con respecto a la naturaleza de las cosas, mejor dicho, con respecto a la cuestión sobre de qué va tot plegat, sabemos muy poco, si es que sabemos algo. Creer que todo acabará bien porque damos por sentado que el mundo es, como acabamos de decir, un enorme vientre es quizá creer demasiado. En este sentido, aquellas expectativas que juegan espontáneamente a nuestro favor —aquellas que, en tanto que fácilmente creíbles, disuelven nuestros últimos interrogantes como azúcar en el café— están más cerca del opio del pueblo, aunque en este caso se trate de un opio de segunda generación, que de la verdad, la cual está, como decíamos de Dios mismo, por ver. Con otras palabras, puede que haya verdad, pero, en cualquier caso, no para nosotros. Es como si, en relación con la verdad, siempre habláramos antes de tiempo. Incluso cuando decimos que no hay verdad. En este sentido, diría que lo que hay detrás del escepticismo profético no es tanto una crítica de la credulidad religiosa como una concepción del hombre muy distinta a la que hallamos, pongamos por caso, en el hinduismo o el budismo, por no hablar de aquellas espiritualidades de corte platónico en donde el alma va por libre. Y es que, desde una óptica bíblica, el yo no es el envoltorio de una especie de espíritu autosuficiente, sino aquel cuerpo que recibe un nombre: Ibrahim, María, Grégorie, Helena…  Así, aquello que exige ser salvado no es tanto el espectro que se supone habita en nuestro interior —esa cosa etérea—, ni siquiera en el caso de que se conciba dicho espectro como parte de un espíritu universal, sino el hombre en cuerpo y alma, como suele decirse. De ahí la esperanza cristiana en una increíble resurrección de los muertos. Que digamos que, en última instancia, sobreviviremos siendo algo muy distinto a lo que fuimos en vida es algo que no puede valer para las víctimas de la Historia. Que digamos que aquí existimos como fetos que purgan sus impurezas es algo que difícilmente podemos decirles a quienes empujaron a sus hijos al interior de los hornos crematorios. Pues, si no podemos reconocernos en lo que fuimos —del mismo modo que ahora solo sobre el papel podemos reconocernos en el feto que fuimos— la redención a la oriental no tiene que ver con nosotros. Si me dicen que tras la muerte, siempre y cuando haya conseguido purgarme, el gusano que soy acabará siendo una especie de crisálida fantasmal, lo primero que se me ocurre es desearle mucha suerte a la crisálida, pero difícilmente esta solución podrá valer para mí. Y ello, con independencia, como decíamos al comienzo, de que el budismo y sus variantes estén en lo cierto.

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