sin buda no podría ser cristiano (3)

noviembre 14, 2016 Comentarios desactivados en sin buda no podría ser cristiano (3)

Un ejemplo de la dificultad de Knitter con la imagen tradicional de Dios, una dificultad común por otra parte, es el que experimenta con el típico modo de considerar esto de la voluntad de Dios. Así, desde el punto de vista del catolicismo habitual, Dios sería algo así como un interventor que desde lo alto dirige la vida de los hombres, a menudo de manera insondable. Ciertamente, esto hoy en día resulta difícil de tragar. Y, en parte, la crisis de la cristiandad tiene que ver con la crisis del imaginario sobre el que se sostuvo desde el principio. Sin embargo, bíblicamente, a pesar del inevitable recurso a las imágenes de la época, la voluntad de Dios no se entiende tal y como se hace habitualmente. Desde la óptica monoteísta, Dios carece de entidad, por decirlo así. La crítica profética a la idolatría podría comprenderse, en este sentido, como una crítica a la sensibilidad religiosa que hace de Dios un dios. Dios es, en verdad, el Tú que se encuentra fuera de campo —aquel que está esencialmente por venir. De ahí que bíblicamente la realidad de Dios se decline siempre en futuro —que el más allá de Dios deba comprenderse no tanto en términos espaciales como temporales. Por eso, en el presente, no contamos con ninguna presencia de Dios, sino con aquello que queda de Dios, una vez no queda ya nada de Dios. Fácilmente, podríamos decir que ese resto es, de hecho, el Espíritu. Pero, desde la óptica de Israel, el Espíritu de Dios es la Torá. Pues lo que queda de Dios —ese resto— es, bíblicamente hablando, la Ley, el mandato de Dios, su voluntad —y no tanto un etéreo espíritu de interconexión como sostiene Knitter. Pues, toda voluntad es, al fin y al cabo, imperativa. Y lo que Dios manda —lo que Dios quiere— es que los hombres no se maten entre sí, sino que cuiden unos de otros como los hermanos que, en definitiva, son. Moisés no regresa del Sinaí con el rostro del iluminado, aunque su rostro brille en la oscuridad, sino con las tablas de la Ley. Ciertamente, podemos imaginar esta voluntad como si un padre espectral nos ordenara desde el más allá que nos abrazáramos como iguales. Pero, en realidad, el otro solo se nos revela como igual donde sufrimos la desaparición de Dios. Es cuando papá nos ha abandonado que nos convertimos en rehenes de nuestros hermanos –cuando nos vemos obligados a responder a su demanda. Pues aquí no se trata tanto de dejarse llevar por el espíritu de interconexión como de convertirnos en aquellos que se encuentran sujetos al Señor. Y el Señor —aquel que gobierna por entero nuestra existencia— es, desde una sensibilidad creyente, la víctima con la que Dios se identifica —la huella de Dios. Es así que el mandato de Dios se expresa siempre con la voz de los que claman por Dios. Quien escucha la voz imperativa de Dios no escucha la voz espectral de Dios, salvo que sufra de esquizofrenia, sino el llanto de los oprimidos por un mundo sin piedad. Bíblicamente, la presencia de Dios no es, por tanto, de Dios, sino de aquellos que ocupan su lugar: por un lado, los huérfanos de Dios; por otro, los que se encuentran sujetos a su voluntad. Knitter, como teólogo, debería saber de estos asuntos. Por qué no parece que este sea el caso es, ciertamente, una buena pregunta.

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