la roca del ateísmo

noviembre 5, 2016 Comentarios desactivados en la roca del ateísmo

Es conocida la sentencia de Georg Büchner a propósito del problema de Dios frente al mal: “yo sufro, esta es la roca del ateísmo”. En este mismo sentido, el teólogo Walter Kasper escribió que las experiencias del sufrimiento inocente e injusto constituyen un argumento existencialemente mucho más fuerte contra la creencia en Dios que todos los argumentos basados en la teoría del conocimiento, en las ciencias, en la crítica de la religión y de la ideología y en cualquier tipo de razonamiento filosófico. O como también dijera Albert Camus: no se puede creer en un Dios que permite el sufrimiento de los inocentes. Hasta aquí uno de los tópicos de nuestra modernidad. Sin embargo, bien pensado, no estamos propiamente ante un dato que pruebe que no hay Dios —o que, de haberlo, no merece la fe, la confianza del hombre en Dios. Si creemos que de la existencia del mal se desprende que no hay Dios que pueda valer como Dios es porque Dios ya no se da por descontado. Pues, solo modernamente, la dura opacidad del mal se revela como una prueba contra Dios. La sentencia de George Büchner, por tanto, es más un síntoma de nuestra dificultad con Dios que un argumento. Hasta la irrupción de la modernidad, el mal nunca funcionó, por lo común, como una impugnación. De ahí que Tomás de Aquino llegara a escribir  que si malum est, Deus est. O que el bueno de Job acabase frente a Dios sumido en una enorme perplejidad , en vez de admitir, sencillamente, que no hay Dios. Estrictamente, la realidad  del mal —de la devastación o el desastre— fue el terreno sobre la que se asentó el desplazamiento del Dios de la religión, aún presente en los textos bíblicos anteriores a la deportación de Israel, al Dios del monoteísmo, cuya presencia solo llegará a revelarse sin ambivalencia en el futuro absoluto de los tiempos finales. En este sentido, el Dios bíblico, debido precisamente a que, en el presente, no se muestra como un Dios al uso, no encaja en el famoso dilema de Epicuro (“o Dios es omnipotente y no quiere evitar el mal; o quiere y no puede”, en definitiva, o Dios es malvado o impotente). Al menos, en tanto que dicho dilema afecta al Dios palpable, al Dios de la religión, al Dios como ente. Ciertamente, hoy en día nos resulta más fácil —más natural— negar simplemente la existencia de Dios. Pero para quienes sufren en sus carnes la injusticia del mundo, la relación con Dios no se establece sobre lo que podamos decir razonablemente acerca de la existencia de Dios, sino sobre su invocación. Dios es, para ellos, aquel al que se dirige su clamor, bajo el riesgo de que, al final, no haya nadie en medio de la tiniebla. De hecho, cuando se hunde el cielo, no somos mucho más que una invocación de Dios (en el doble sentido del genitivo). De ahí que los intentos de la teodicea de justificar a Dios no lleguen a buen puerto. Pues parten, por defecto, de una idea equivocada de Dios.

Anuncios

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo la roca del ateísmo en la modificación.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: